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viernes, 4 de septiembre de 2015

¿Y POR CASA COMO ANDAMOS?

Una nada despreciable porción de argentinos y me animo a decir, habitantes del vicariato independiente de CABA se siguen golpeando el pecho y arrancándose las extensiones por la foto de Aylan Kurdi ahogado en las costas de Turquía. Y uno puede creer que semejante indignación es la muestra de una sensibilidad favorable a los inmigrantes que salen de sus países para buscar un futuro mejor, es más, para tener un futuro distinto a morir en media hora.
Pero no se dejen engañar. No es tan así.
Apenas la realidad de los inmigrantes los confronta en plena calle, a la luz del día, en la persona de inmigrantes concretos de carne y hueso todas esas buenas intenciones que lanzan en las redes sociales seguros de la distancia que los separa de la playa de Turquía se diluyen y les aparece la misma cretinidad que mató a Aylan.
¿Creen que exagero?
...
...
Delicioso
¿Así que no somos racistas?
Mirá vos
...
Nota: dos cosas más.
1.-No vi la misma indignación por la muerte de Orlando y Rodrigo Camacho. Quizás porque son bolivianos y murieron en un incendio en un taller clandestino y ya se sabe lo derechos y humanos que somos en estos casos.
2.-Lean por favor los comentarios que tuvieron que cerrar en esta nota de La Nación que nos arrimó el lector Luiggi (al que agradecemos por el aguante de siempre).
3.-Si, pueden vomitar.

domingo, 2 de agosto de 2015

LA VENGANZA

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Hace no mucho tiempo, un par de años ponele, un señor -industrial naviero el- en una de esas celebraciones de fin de año que lo juntan a uno con tipos con los que no se comería un asado, me dijo: "-Es que los negros ahora tienen derechos y no los quieren largar". Este comentario fue la culminación de una serie de barbaridades expelidas por la buena gente decente presente que se cagaba en los negros de mierda mientras engullía champán y salmón ahumado. Y no es que estos dos últimos manjares me molesten, conste.
Horrorizados ante el avance del aluvión zoológico desgranaron en más o menos media hora toda la batería de prejuicios políticos, económicos y raciales de rigor, aunque estos últimos pueden muy bien resumir los dos primeros.
No pidieron matarlos lisa y llanamente porque se sabe de mi zurdéz empedernida y no quedaba bien empañar la celebración de paz y amor y todas esas fantochadas con las que las buenas y bellas almas se perdonan a sí mismas prestas a seguir pisando cabezas sin que se les corra el moñito del smoking.
Además, mi mal humor en estos casos es previsible y, digamoslón de una vez, cierto tamaño que natura non presta, me transforma en alguien al que una persona sensata no haría enojar.
Me acordé de esta situación hace un par de semanas cuando abandoné uno de esos grupos de guasáp en donde a uno lo invitan para compartir ciertas afinidades. Debo aclarar que en general no soy un tipo muy popular al que todos solicitan para animar sus conversaciones vía fonófono. Asi que consideremos ese grupo como uno de los tres en los que estoy involucrado. Dos, ahora.
¿El motivo del abandono? Otra sarta de barbaridades de la misma naturaleza de aquellas que escuché en esa fiesta de nochebuena, proferidas en torno a un robo o algo parecido. El nivel de agresión de mandíbulas sangrientas desparramándose en cada palabra me llevó a desistir de compartir un círculo tan ameno y tolerante.
En las dos anécdotas citadas me sorprendió y apabulló el odio. Y su consecuencia inmediata: el deseo de venganza. De esto se ha hablado mucho, largo y bien, pero bueno, tengo que repetir medio de queruza: el huevo de la serpiente no es una excepción, no hay monstruos inesperados como Godzilla que aparecen de la profundidad del mar alterando la normalidad. No, hay gente común, decente, que dícese de sí misma "laburante" que incluso tiene hasta cierta sensibilidad, en cuyo interior no tan adentro contiene todo ese odio y está dispuesto a dejarlo circular a la primera oportunidad que tenga. Claro, oportunidad educadita, porque no es cuestión de andar perdiendo las formas.
Por eso, cuando el anonimato, o pseudo-anonimato tecnológico lo permite, lanzan vía red todo el ectoplasma junto.
¿Por qué tienen todo ese veneno adentro? Los motivos son muchos, varios y largos de enumerar. Y no es el objetivo de este post.
El objetivo es, si alguno tiene, resaltar ese volumen de odio anidando en el pecho de personas tan urbanas. Quizás digo esto a modo de advertencia a mi mismo. Para seguir rumiando las palabras de Rodolfo Walsh cuando señaló que no había que dejarse conmover por las bellas almas de los verdugos. Ni por sus cantos de sirena.

martes, 26 de marzo de 2013

¿DÓNDE ESTÁ EL HUEVO DE LA SERPIENTE?

Por supuesto, los cinéfilos advertirán que el título de este post hace referencia a la película "El Huevo de la Serpiente" de Ingmar Bergman. En ese filme Bergman intenta responder la pregunta acerca del fermento social que favorece el surgimiento del nazismo en Alemania. La pregunta que sobrevuela las escenas es ¿dónde está el huevo de la serpiente? ¿En qué lugar, momento, circunstancias la mayoría de un pueblo como el alemán decide apoyar y elegir a Adolf Hitler y luego legitimar por acción u omisión sus actos, incluído el Holocausto?
Hannah Arendt ensaya una respuesta:
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"Cuando Arendt se pregunta qué tipo de mal está detrás de este horror, que tipo de maldad es la maldad de quienes participaron en él o de quienes lo permitieron, concluye que detrás de de ese mal ejercido no hay ni perversión, ni patologí­a ni tampoco razones ideológicas o convicciones morales, lo que hay en las mentes de aquellos hombres es más bien una ausencia de cualquier posibilidad de referencia a criterios de juicio, se trata de una "incapacidad de pensar" de una insensatez radical que afecta finalmente nuestra capacidad de juicio. El criminal del totalitarismo no es un monstruo ni un alienado, tampoco un loco, es simplemente alguien a tal punto superfluo que se ha vuelto incapaz de dar respuesta a una situación moral conflictiva desde su propio juicio. Es por eso que Arendt llama a este fenómeno banalidad del mal, o mejor del mal banal pues tras él no hay más que superficialidad. Este mismo concepto se opone al concepto moderno de "mal radical" que hace residir el mal en una incapacidad í­nsita a la naturaleza humana de conciliar el deseo de su inclinación sensible con el mandato de su máxima racional, tal impotencia serí­a natural al hombre y sólo se subsanarí­a con el progreso de su razón (Kant). En el caso de Arendt, es imposible pretender que el mal sea algo natural al hombre, consubstancial a su ser dual, caí­do o contradictorio, se trata más bien de que el mal atraviesa el divorcio entre una libertad no soberana y una irrecusable responsabilidad. El mal se cuela por entre las debilidades de la libertad y las impotencias del juicio. (Ver Essays in Understanding, 1930-1954, Eichmann in Jerusalem, Responsability and Judgment)"(Fuente)
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Estas conclusiones de Arendt son inquietantes. Y lo son porque dan por tierra con la teoría de los monstruos excepcionales que son capaces de cualquier cosa. Lo que existe, lo que está ahí, es el mal causado por "alguien a tal punto superfluo que se ha vuelto incapaz de dar respuesta a una situación moral conflictiva desde su propio juicio."
Cuando uno piensa en cosas como la UCEP, por ejemplo, o la xenofobia abierta y expuesta de la ultraderecha suiza, fenómenos ambos que concitan adhesiones, aparece el concepto anterior. Gentes que dificilmente puedan ejercer violencia bendicen su utilización porque son incapaces de responder a una situación moral conflictiva desde su propio juicio. En su propia insensatez radical anida el huevo de la serpiente. Justo en donde uno no buscaría o donde no sospecharíamos que está. Larvado, esperando una conjunción de circunstancias que le permitan prosperar y ser al fin, el terror que contiene como posibilidad agazapada.
No es otra cosa la solicitud constante de represión contra los inmigrantes, contra los "negros de mierda", contra "los zurdos", la justificación de las torturas policiales, el aplauso cerrado con ovación ad hoc cada vez que reprimen manifestantes, etc. No es otra cosa la legitimación de cualquier violencia posible que expresan los tranquilos ciudadanos de clase media en cualquier reunión social.
De estas reflexiones en voz alta quiero extraer dos conclusiones parciales e incompletas:
1.-El mal contiene una alta dosis de miedo a la libertad.
2.-El "sentido común", la "opinión pública" y otros conceptos acuñados por los medios masivos de comunicación contribuyen a crear las condiciones para que el huevo de la serpiente (que está ahí previo a todos estos esfuerzos) sea incubado con éxito.
No en vano en este blog intentamos señalar los desatinos (siendo nosotros mismos un gran desatino) que lanzan al ruedo medios, instituciones, personajes y otras aberraciones, porque esos desatinos intentan impedir que el sentido moral responda al mal cotidiano presente en las relaciones sociales de toda índole. 
También por eso tratamos, sin éxito como se ve, de proponer la reflexión, el pensamiento como acción, el análisis, para que el juicio silenciado por tanto grito de animador compulsivo o panelista sin argumentos, no obstruya la capacidad de pensar.
Nada más eso.
Humildemente. 

jueves, 3 de enero de 2013

VILLEROS

Es hora de revisar las palabras con las que conjeturamos el mundo. Porque eso que está afuera y recibe taimadamente el nombre de realidad (gracias Julio) nos aparece no solo cuando la vemos sino cuando nos representamos simbólicamente su existencia. Y para eso recurrimos a las palabras. Al decir de algo “esto es algo” no solo lo describimos sino además lo hacemos aparecer simbólicamente de un modo particular. Ese sesgo particular que se funda en una mirada que es la mirada del que ve y cuenta, ve y se representa ese mundo del afuera de un modo singular y luego hace extensiva esa descripción al resto de los sujetos.
Se ha puesto de moda decir, para calificar alguna costumbre, o mejor, para descalificarla: “No seas villero”. La expresión es de una violencia espantosa. Al decirle a alguien que parece “un villero” decimos que los villeros son indeseables, infrahumanos, sucios, deshonestos, promiscuos, sin sensibilidad estética, etc. Y que bien haríamos en no parecernos a un “villero”.
El racismo que contiene la frase es más que obvio.
Cuando escucho semejantes palabras me vienen a la cabeza otras cosas escuchadas, tales como “Negro de mierda”. Esa expresión en particular me remite a la infancia.
Me crie en un pueblo pequeño de Mendoza. Todos mis amigos, incluyéndome, podríamos haber sido tachados de “negros de mierda”. Embarrados de pies a cabeza, con la piel curtida de tanto sol y agua de acequias, corriendo desaforadamente por los callejones de las fincas, jugando al fútbol en un potrero, persiguiendo barriletes chúcaros a través del campo, etc.
Nuestro aspecto y costumbres podrían ser ubicados en estos tiempos tan contemporáneos en el rubro “negros de mierda” o “villeros”.
Y más: mis amigos al igual que yo no derrochábamos dinero, a muchos les faltaba y andaban justos. Se vestían con la ropa de sus hermanos mayores y comían gracias al ingenio de los padres y la generosidad de algún vecino anónimo. Mis amigos y yo mismo éramos, en sentido actual “negros de mierda”.
Al decir negros de mierda, además de todo el desprecio que contienen esas palabras, están insultando mi infancia.
Hay que revisar las palabras con las que nombramos el mundo. Porque si tenemos la aspiración de mejorarlo tenemos que dejar de lado esas taxonomías racistas que impregnan el lenguaje.

jueves, 23 de diciembre de 2010

martes, 14 de diciembre de 2010

EL ASCO

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En estos últimos días estoy muy poco orgulloso de la humanidad que me rodea. Con pocas y escasas excepciones, eso si.
Desde la semana pasada vengo escuchando una barbaridad tras otra, una peor que otra. Gentes que antes de decirte algo informan con un gesto de disculpa "-mirá que no soy facha/o, pero..." y a continuación desgranan una serie de argumentos racistas que de verdad asustan.
¿Cómo pueden pensar y creer lo que piensan y creen?
Me he pasado gran parte de mi vida adulta tratando de entender la forma, la manera en que un grupo de anodinos ciudadanos se transforma en una multitud racista y xenófoba. El ejemplo más acabado de ese proceso es la conversión del pueblo alemán a la fe nazi. El período que abarca desde el fin de la primera guerra mundial al ascenso de Hitler a la cancillería alemana es clave para comprender los mecanismos que se ponen en juego para lograr la adhesión fanática de los ciudadanos "comunes" a una teoría que estigmatiza al otro, al diferente, y lo culpa de todos los males de la humanidad.
Indagué e indago mucho sobre esa época funesta. Buscando respuestas.
Trataré de enumerar ahora algunas cosas que sí comprendí o creo haber comprendido que no es lo mismo pero se parece:
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1.-El Otro es lo desconocido, lo extraño, lo que no es cotidiano. Por eso en principio genera inquietud, en algunos casos miedo. Miedo a lo que no se conoce.
2.-Ese miedo básico es explotado para lograr cohesión.
3.-El Otro es transformado en un enemigo, un chivo expiatorio, en donde se pueden descargar las culpas de la sociedad.
4.-El Otro amenazante es una construcción, una representación (gracias Louis), que se asienta en prejuicios. Funciona a la manera de un arquetipo. Un arquetipo al que se le teme, al que no se interroga porque no se esperan respuestas de su parte.
5.-El Otro es malo a priori y por tanto, no merece consideración alguna. Su condición humana no es tal, dado que es un enemigo de lo humano, representado en este caso por un nosotros, víctima de este victimario.
6.-Cuando estos prejuicios son legitimados por un proyecto político asistimos al nacimiento del racismo institucionalizado. Los problemas del sistema, problemas generados por todo el colectivo social, se adjudican al colectivo agredido, a la otredad amenazante. Esto es una forma perversa de conservadurismo, en donde los privilegios de clase se consolidan usando dispositivos racistas: el "orden" debe conservarse dado que el Otro amenazante acecha nuestra forma de vida. Un doble recubrimiento en este caso: de la verdadera naturaleza del proceso social y de los privilegios que subyacen a este orden.
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Tal como se ve, no es mucho lo que entendí.
Ayer me decían: "-Esto se parece a La Ola". Este comentario hace referencia a la película "La Ola" que está basada en La Tercera Ola, el nombre de un experimento que el profesor Ron Jones llevó a cabo en el Cubberley High School, un colegio de Palo Alto, California, durante la primera semana de abril de 1967, tratando de recrear la alemania nazi.
Tiene razón. Se parece.
Además, una película me ronda la cabeza desde hace días: "El Huevo de la serpiente" de Ingmar Bergman. Una de las frases del Dr. Vergerus, al final de la película suena como una profecía: "-Cualquiera puede ver el futuro: es como el huevo de la serpiente".

lunes, 13 de diciembre de 2010

SE RÍE EL MUERTO...


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Hace mucho tiempo, cuando era un purrete adolescentoide, trabajaba esporádicamente en Mendoza durante la temporada de verano. Luego de terminar el año escolar, era costumbre que nos pusiéramos a laburar para tener algunos mangos. Con mayor o menor necesidad, era casi una ceremonia de iniciación entrar a un Galpón Agroindustrial para desempeñar tareas más o menos livianas (acordes al tamaño y capacidad física del ingresante). Luego, cuando el cuerpo podía soportar el peso del tacho de uva lleno y el trajinar por los surcos bravos, metíamos nuestra humanidad en la cosecha de vid. Y en cuanta cosecha hubiera a mano: tomate, pera, durazno, aceituna, damasco, papa, etc.
Acá nos vamos a ocupar de la cosecha de l´uva, como decimos a las apuradas los menducos de tierra adentro.
"La Cosecha" requiere la incorporación masiva de mano de obra, dado que el volumen de fruta, de racimos de uva a recoger es enorme y la ventana de tiempo para completar la recolección es acotada. Como esa mano de obra no puede ser cubierta por los trabajadores locales se recurre a los Obreros Golondrina. Los "Golondrina" son obreros que recorren la zona de cuyo (y el país) siguiendo las distintas cosechas que tienen lugar a lo largo de la temporada. Casi siempre provienen del norte. Vienen con su familia, que se incorpora como una unidad al trabajo: hombres, mujeres, jóvenes, adolescentes y niños, sin excepción.
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En temporada de "Cosecha", estos obreros golondrina conviven con los trabajadores locales. Trabajadores locales que tienen los mismos problemas que los "golondrinas". Comparten la precariedad laboral, la escasa o nula cobertura social, los problemas de vivienda, el acceso a salud y educación, la falta de oportunidades endémica, etc.
Los "golondrina" viven en condiciones infrahumanas, hacinados, sin servicios sanitarios, comiendo salteado, sin instalaciones para la higiene corporal, etc. Estas escasas "facilidades" son provistas por los dueños de las fincas que trasladan al personal temporario y lo ubican en carpas o galpones que no cubren los requisitos mínimos para alojar persona alguna.
En este marco ocurrió lo que contaré a continuación:
Una temporada con mi padre comenzamos a cosechar en una gran propiedad de Mendoza. Una finca que asustaba por el tamaño y la cantidad de fruta a recolectar. Había muchos obreros trabajando, entre ellos, una nada despreciable cantidad de "golondrinas". Casi todos habían llegado desde Jujuy. Sus características corporales correspondían a lo que peyorativamente se califica en el norte como "coya".
Uno de los grupos de obreros locales que venían todos los días en el mismo transporte manifestaba una profunda aversión hacia los "golondrinas". Una bronca que se expresaba en comentarios descalificadores de toda índole, desprecio y hasta golpes, cuando forzaban algún encontronazo.
Una mañana de abril, mientras luchábamos con el frío de las siete de la mañana tratando de calentar el cuerpo, uno de los locales desgranaba sus prejuicios hablando mal de "los bolitas" que venían a ensuciar la provincia. También como de costumbre, los obreros golondrina hacían caso omiso de esos comentarios, guardando silencio, sin mirar al provocador.
En ese momento un niño, hijo de uno de los "golondrina", de dos o tres años, volvía de los galpones con un jarro de agua en la mano y pasó frente al grupo que insultaba. El más alterado de los locales levantó un cascote de la tierra reseca y lo arrojó contra el niño, dándole en la pierna. El niño rompió en llanto mientras los "piolas" se reían a los gritos. El padre del niño encaró a los agresores. Endureció el gesto y los enfrentó. Los miró de hito en hito y les dijo "-Cobardes hijos de puta". Tenía los puños tensos, y la bronca le hacía temblar el cuerpo. Su compañera se adelantó hacia el niño y lo tomó en brazos. Se acercó al hombre y le dijo algunas palabras al oído. El hombre los volvió a mirar y se fue a comenzar la tarea del día.
Los idiotas quedaron en silencio por unos minutos y luego retomaron los insultos con más intensidad que antes. Algunos festejaban sus "bromas" y otros guardaban silencio.
Muchos decían "No puede ser". Otros "bueno, ellos son los que vienen a quitarnos el trabajo". Otros, en voz más baja y culpable "son bolitas ¿qué querés?". Pocos, unos pocos muy pocos, se arrimaron a la familia agredida para charlar. Pocos, muy pocos se atrevieron. Pocos muy pocos se bancaron la mirada reprobatoria de la mayoría, no tan exaltada pero igual de racista. Pocos muy pocos.
Pobres, llenos de pobreza, miseria y exclusión, segregando a otros pobres.
Muertos que se ríen de degollados.
Siempre traté de entender cómo es que el huevo de la serpiente crece en los lugares más insospechados. ¿Cómo es que alguien puede sostener y creer cosas que terminan por perjudicarlo? ¿Por qué desprecia y ataca a tipos que tienen sus mismos problemas, sujetos con los que comparte penurias? ¿Por qué no puede verse como un espejo en los otros que son como él y sufren como él?
Nunca pude encontrar otra cosa que respuestas parciales, incompletas. Y la angustia sigue ahi, tan campante.

lunes, 30 de agosto de 2010

ESTO CON ROCA NO PASABA

La página 11 del diario La Nación del día de hoy no necesita explicación.
Lo único bueno de toda esta perorata racista es que por fin, de una vez por todas, se sacaron la careta de un solo tirón y mostraron lo que son, sin pudor, sin disimulo. Si alguien se confunde luego de ésto es nada más porque quiere confundirse.
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sábado, 28 de agosto de 2010