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viernes, 24 de marzo de 2017

"PABLITO"

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"Pablo Míguez es un adolescente de 14 años, secuestrado en 1977 de su casa de Avellaneda, a la madrugada, por una patota de la última dictadura. Se lo llevaron junto a su madre, Irma Sayago, y a su compañero. Pablo pasó varios meses en el centro clandestino El Vesubio. Era flaquito, alto y delgado. Vio cómo torturaban y violaban a su mamá. También a él, a Pablito -como lo llamaban allí otros prisioneros-, lo torturaron delante de su madre para que ella diera los datos de una hipoteca de la casa que tenían. Al chico lo hicieron deambular por diferentes centros de tortura. Hasta que llegó a la ESMA, su último destino. Allí, en Capuchita, donde lo tiraron sobre una cucheta, pudo tomar contacto durante un mes con Lila Pastoriza, periodista y sobreviviente, que en juicios de lesa humanidad y en artículos de prensa evocó en más de una oportunidad aquella historia de horror. Pablo –dijo Lila– pedía que lo lleven con su papá, que no era militante político. “A la gente la matan”, cuenta Lila que Pablo le dijo en la penumbra de ese submundo de la Marina, sobre los crímenes que vio en El Vesubio. “Era un chico alegre y vivaz. Tenía pesadillas, soñaba con su mamá, de quien no se pudo despedir”.
No sabían qué hacer con él. Un día de varios traslados, se lo llevaron. Pablo "había visto demasiado" en ese derrotero de infierno. Estaba condenado. Ni los sicarios de la ESMA se atrevían a cumplir la condena. Continúa desaparecido. Se cree –en un final plagado de silencios impunes– que fue “trasladado” en un vuelo de la muerte.
La imagen muestra una escultura flotante de acero inoxidable, sobre el río. La construyó la artista Claudia Fontes (de la misma edad de Pablo, cuando éste fuera secuestrado). Está ubicada en el Parque de la Memoria. Se llama “Reconstrucción del retrato de Pablo Míguez”. Un niño que flota en el Río de la Plata, a tamaño real, mirando el horizonte (que le birlaron), de espaldas al espectador. Es un ejercicio de memoria colectiva, representando en Pablo a los más de 500 niños secuestrados junto a sus padres durante la última dictadura."
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Héctor Rodríguez

jueves, 24 de marzo de 2016

LA MEMORIA Y LOS MONSTRUOS

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El director de cine Oliver Hirschbiegel y Bruno Ganz, actor que encarnó a Hibler, recibieron un aluvión inmenso de críticas por la película "La caída". 
Los mayores cuestionamientos se centraban en el Hitler que el filme había mostrado. Lejos de construir un personaje malvado, demonio de los infiernos, súcubo e íncubo, el retrato de Hitler era inquietantemente humano. Humano en el sentido de cotidiano: Hitler no era un tipo que desayunaba pollitos vivos, sino un señor achacoso que acariciaba un perro. Esta humanización del mito demoníaco era profundamente inquietante, porque esa humanidad era similar a la humanidad de los espectadores. Y ahí estaba el problema. Ahí está el problema: los monstruos se parecen mucho a nosotros. Tanto que cualquiera podría serlo. El mal abandona las figuras aterradoras y se encarna en un Adolf Eichmann, un oscuro funcionario burocrático alemán que ejecutó la política de exterminio de Hitler como un problema burocrático (Hannah Arendt trazó la mejor definición de este mal cotidiano, al definir la banalidad del mal "Comprendo –escribió– que el subtítulo de la presente obra (Un informe sobre la banalidad del mal) puede dar lugar a una auténtica controversia, ya que cuando hablo de la banalidad del mal lo hago solamente a un nivel estrictamente objetivo, y me limito a señalar un fenómeno que, en el curso del juicio, resultó evidente. Eichmann no era un Yago ni era un Macbeth, y nada pudo estar más lejos de sus intenciones que ‘resultar un villano’. Eichmann carecía de motivos, salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso”.
Eichmann, culpable de crímenes ominosos, era un hombre común, cuya “normalidad es mucho más aterradora que todas las atrocidades reunidas”, como subraya Arendt. La autora sostiene que eran muchos los “terriblemente normales” y que los crímenes cometidos por Eichmann no fueron consecuencia de una mente diabólica y enferma, o la pintoresca encarnación del mal sobre la tierra, sino de algo más rutinario y banal: la mediocridad absoluta de un burócrata incapaz de desobedecer las órdenes de sus superiores.")
¿Por qué cuento todo ésto?
Porque estamos de nuevo otra vez, ante la banalidad del mal. El triunfo de Mauricio Macri lo indica. Las políticas que Macri promueve y el apoyo que recibe de parte de la mayoría de sus votantes así lo indican. Políticas de exclusión, políticas de negación, políticas de segregación. Que reciben el aplauso de sus votantes.
Luego, cuando la historia se escriba, algunos tendrán la tentación de tildar a Macri de monstruo, intentaran diluir su responsabilidad apelando a la figura de Macri. Tratando de demostrar que el señor en cuestión era un monstruo. Pero no. Al igual que Hitler, los Macri de este mundo son emergentes de una sociedad que los forma, contiene y alienta.
Una sociedad en donde todos y cada uno pueden convertirse en psicópatas. 
Por eso, a cuarenta años de un golpe de estado en donde tampoco hubo monstruos, la memoria sigue siendo imprescindible. Entendiendo que la memoria es además un acto de voluntad.

viernes, 16 de octubre de 2015

UN JUGADORAZO

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Lástima alguna que otra manchita. Esta ponele:
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"Ricardo Casal fue designado agente del Servicio Penitenciario Bonaerense en septiembre de 1973, con 18 años recién cumplidos, a través de gestiones de familiares directos. Su designación se efectuó con destino en la Unidad 9 de La Plata.

Al poco tiempo, y luego de efectuar los cursos correspondientes, fue designado en el primer cargo de oficial del servicio.

Sucedido el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, Casal permaneció en la Unidad 9 y fue ascendido sucesivamente en la carrera penitenciaria.

Entre 1976 y 1982, varios de los presos políticos que pasaron por la Unidad 9 lo habrían reconocido participando en interrogatorios realizados en salas especiales dispuestas en el penal. Hay quienes lo sindican dependiendo del área de “inteligencia” dentro de la Unidad 9, tesis que se refuerza en la actualidad con la defensa realizada recientemente (durante el 2009) por Casal de Julio Barroso, ex jefe de Inteligencia del Servicio Penitenciario.

Julio Barroso es sindicado como uno de los jefes del centro de detención clandestina denominado como “La Cacha” (ubicado en la localidad de Olmos, en La Plata), donde entre otros se habrían desempeñado varios agentes y oficiales del Servicio Penitenciario provincial. Por esos años habrían sido frecuentes los intercambios de detenidos entre la Unidad 9 y La Cacha.

Varios militantes de esa época señalan que Casal habría tenido otras participaciones más complicadas en la represión ilegal de esos años. Algunos juran haberlo visto integrando las “patrullas de civil” que en varios autos recorrían la ciudad “marcando caras”, pero sólo podría comprobarse si en el proceso oral que se está por iniciar declaran estos viejos militantes.

Casal continuó desempeñándose como agente del Servicio Penitenciario hasta 1987, año en el que pasó en comisión a la Subsecretaría de Justicia, dependiente por ese entonces del Ministerio de Gobierno. Posteriormente, ingresó en política acompañando a Graciela Giannettasio en la Dirección General de Escuelas de la Provincia.

Cuando Casal asumió a principios del gobierno de Daniel Scioli como ministro de Justicia, varias organizaciones de Derechos Humanos alertaron sobre su pasado. Sin embargo, fueron misteriosamente silenciadas y prácticamente no hubo repercusiones en casi ningún medio.

“Es más –sostienen algunos militantes-, compañeros suyos están procesados por ser participes de secuestros de personas, y lo increíble es que trabajaron con él en la misma Unidad, en la misma oficina”. “¿Cómo desconocía todo lo que pasaba? ¿O si fue cómplice de secuestros, quién lo protegió?", se preguntan..
“En un periodo en que se habla de justicia y Derechos Humanos, un ex represor conduce a la Policía de la Provincia, y para nosotros que perdimos compañeros en la militancia es un dolor muy grande”, cuestionan."
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La verdad, un seleccionado Daniel
Ahora que llega Jalogüen...
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Bonus Track: Fuerte repudio por la presencia del carapintada Centurión en Cambiemos. Todo el mundo enojado e indignado (menos Macri, claro está que debe estar soñando con las vacaciones post-elecciones). No veo la misma reacción por la posible designación de Casal como Ministro de Justicia. Y si me preguntás, los dos, Centurión y Casal, parecen pertenecer a la misma pandilla. Y uno de los dos va a tener poder sí o sí. Que se yo. Digo.
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Estoy pensando cuál será el destino de las causas de Lesa Humanidad que están en marcha con Casal en el Ministerio de Justicia. Mejor, no quiero ni pensar.

jueves, 26 de marzo de 2015

¿QUERÉS UN ARGUMENTO VIEJO BAJO UN RAZONAMIENTO ORIGINAL?

Acá lo tenés a Guillermo Kohan jugando a condenar el golpe de estado de 1976 (hace como que, porque ni bien uno rasca la pintura ve que no está convencido de lo que dice) y a su vez, equiparando la dictadura militar nacida al calor de tipos que pensaban o piensan como Kohan con el rol del estado en la economía bajo otros parámetros que no sean los neoliberales.
Es un asco desde que arranca hasta que termina. Pero hay que reconocele a Kohan el esfuerzo de torcer la realidad para acomodarle sus argumentos: eso mismo de lo que los tipos como Kohan nos acusan todos los días "el relato".
Merecen especial mención los sofismas todísticos de Kohan sobre la historia argentina. No hay una sola prueba, todo se sustenta en un gran "porque lo digo yo". O sea, la imposición de dogmas neoliberales a la que nos tienen acostumbrados los friedmaníacos de todos los tiempos.
Peor me quiero parar a los efectos de aplaudir esta acrobacia retórica: "Pero aún en medio de este debate, y fuera de las posiciones extremas por derecha y por izquierda sobre la violencia de los 70 en la Argentina, parece existir hoy, a 40 años del regreso de la Democracia, un consenso mayoritario en el país que rechaza la idea de los Golpes de Estado, mucho menos aceptaría convivir con el terrorismo de Estado o la violencia política ejercida desde el Estado contra individuos particulares. La reacción masiva de la sociedad que se movilizó tras la muerte del fiscal Alberto Nisman tiene algo que ver con ese sentido de preservación."
Grande Kohan. Haceme de tu pandilla.
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Cualquier coincidencia con aquel discurso de Joe Martínez de Coz acerca de que "Se abre, señores, un nuevo capítulo en la historia económica argentina. Hemos dado vuelta una hoja del intervencionismo estatizante y agobiante de la actividad económica para dar paso a la liberación de las fuerzas productivas. [...]
La inflación en la República Argentina es provocada esencialmente por los gastos improductivos del Estado [...] Debe pues [...] encararse la realización conjunta y gradual en los plazos fijados de un trípode de medidas: reducción del gasto fiscal, aumento de los ingresos o recursos presupuestarios, incremento sustancial de la inversión productiva del país. [...] La reducción del gasto fiscal debe realizarse a través del redimensionamiento de la actividad estatal atacando simultáneamente cuatro áreas: a) la racionalización de la administración central, b) la eliminación del déficit de las empresas estatales, c) la reducción gradual y eliminación del aporte federal para cubrir los déficits en los presupuestos provinciales, d) el encuadramiento de las obras públicas en los límites máximos posibles permitidos por una financiación genuina y no inflacionaria.[...]
Hay una Argentina que muere, la del Estado elefantiásico que subsidia empresas ineficientes y cobija tanto a empresarios indolentes como a sindicalistas inescrupulosos [...]" es pura coincidencia.
¿Ves Kohan para qué sirven la memoria?

martes, 24 de marzo de 2015

GRACIAS CLARÍN POR TANTA POESÍA

Será complicado superarlo.
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Gracias Eduardo Paladini.
Un capo fiera.

MEMORIA DEL HORROR IV

A veces parece que el pedido constante de memoria, de ganarle al olvido es demasiado insistente. Pero no lo es. Porque aún quedan cosas como éstas, que son síntomas de que los monstruos cuentan todavía con la aprobación y el beneplácito de algunos, de varios.
Por eso seguiremos insistiendo.
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Insistiremos todo el tiempo que haga falta.
Ni olvido, ni perdón.

MEMORIA DEL HORROR III

Radio Colonia
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MEMORIA DEL HORROR II: PONELE LA TAPA

 Adiviná qué tema no figura en la tapa de estos dos ejemplos de periodismo serio e indepentiente.
Tan distinto al 24 de marzo de 1976
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MEMORIA DEL HORROR I

24 de marzo, 3.10 hs de la madrugada.
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lunes, 24 de marzo de 2014

LOS MUERTOS QUE VOS MATÁIS

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Quisieron destruirnos y sepultar nuestra existencia. Luego intentaron reducir a escombros los sitios en donde perpetraron sus crímenes.
A pesar de los desmemoriados que añoran el tiempo de los monstruos.
(Foto: El Atlético, Centro Clandestino de Detención, justo al lado de todo en Capital Federal, tan cerca que uno se pregunta cómo pudimos no escuchar y no ver. La foto la saqué yo, si gustan usen nomás)

lunes, 25 de marzo de 2013

MIENTRAS TANTO...

Dos noticias que salieron pegaditas la portada on line de ayer en Inforburdo.
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¿Cosa del pasado?
A muchos la dictadura les duerme bajo la almohada.
Cada tanto la sacan a pasear y la dejan refocilarse.
Luego se dicen republicanos.
Dialoguistas.
Consensuadores.
No confrontadores.
Y un montón de mentiras más.
Acá y Acá las notas.

domingo, 24 de marzo de 2013

LA ERA PARIÓ UN CORAZÓN

Publiqué esta nota en la revista Mavirock, el año pasado. La volví a leer y decidí que vale la pena publicarla de nuevo. En este caso en este humilde blog y con un pequeño epílogo necesario. Disculpen Uds. la autoreferencia.
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LA ERA PARIÓ UN CORAZÓN
Por Marcelo Daniel Fernández Olivares
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No me resultó fácil escribir este artículo. Para nada. Quería decir algo sobre el 24 de marzo de 1976, pensar en voz alta, explicar algunas cosas como una forma de explicarme a mi mismo lo que todavía no termino de entender. Pero me resultó imposible quitarme de en medio, restarme de esa época maldita y poner la distancia necesaria que se requiere para ser un buen cronista.
Por tanto, desistí de la pretensión de objetividad. Porque esos años están tan entrelazados con mi propia historia que no hay forma de hablar de ellos sin hablar de mi. Y cuando intento comprender esa historia, inevitablemente intento comprenderme a mi mismo, aunque no lo quiera, aunque el dolor sea el precio que tenga que pagar por ese atrevimiento.

Dolores de parto

Nací cronológicamente un 25 de marzo. 25 de marzo de 1968. El Che había muerto en Bolivia un año antes y el Mayo Francés estaba a la vuelta de la esquina (el 22 de marzo se había iniciado el movimiento que desataría la rebelión). El 16 de marzo de 1968, soldados de EE.UU. perpetraron en Vietnam la matanza de My Lai. En abril de ese mismo año asesinaron a Martin Luther King y en octubre tuvo lugar en México la Matanza de Tlatelolco.
En Argentina gobernaba el dictador Juan Carlos Onganía quien a fines de julio de 1966 decretó la intervención de las universidades nacionales, ordenando a la policía que reprimiera para expulsar a estudiantes y profesores. La destrucción alcanzó los laboratorios y bibliotecas de las altas casas de estudio y la adquisición más reciente y novedosa para la época: una computadora. A esto le siguió el éxodo de profesores e investigadores y la supresión de los centros de estudiantes. Una feroz persecución se desplegó hacia los militantes de izquierda en las facultades. Este hecho se conoció como "La Noche de los Bastones Largos". Fue el 29 de julio de 1966.(www.elortiba.org).
Algo de todo eso debe haberse grabado en mi subconsciente o quizás mi origen vasco haya sido el culpable de la tendencia a desconfiar de los que tienen la sartén por el mango, los que enarbolan el “palito de abollar ideologías” (Mafalda) dándole por la cabeza a todo aquel que se atreva a cuestionar la realidad tal como está.
Sin ánimo de brindar pistas a los buscadores de rebeldes, diré que esa intuición primera se reforzó con la lectura. Leer es despertarse, es el equivalente a tomar la pastilla roja de Matrix. No es que “sólo sé que no sé nada”, lo que uno sabe es que desconfía, porque descubre que la realidad no es lo que aparece a simple vista, que el Billiken trata de desviar la atención y que Anteojito más que anteojos tiene anteojeras.
Esas primeras búsquedas contaron con la complicidad de un pueblo en el que literalmente, no pasaba nada. Un lugar en donde el tiempo transcurría (aún transcurre) con parsimoniosa lentitud. Algunos miles de habitantes alejados de las grandes ciudades, entregados a sus menesteres, tratando de sobrevivir. Recibiendo los coletazos de cada crisis pero sin estar en medio del huracán. Creo que por eso pude hurgar con libertad entre los libros que me acompañaban, sin que ninguna censura de orden gubernamental empañara aquellos primeros acercamientos a la realidad.
Pero todo cambió cuando entré a “la secundaria”.

Los años del silencio

Para ir a la escuela secundaria viajaba 120 kilómetros por día. En mi pueblo trepaba a un colectivo que depositaba mi humanidad en la ciudad más cercana. Ahí concurría a las aulas de una colegio prestigioso e imponente. De acuerdo a la moda (castrense) imperante era imprescindible portar el uniforme reglamentario. Además el pelo de la nuca no debía tocar el cuello de la camisa y los zapatos tenían que brillar como espejos. En la solapa portábamos el distintivo de la institución. La falta de alguno de éstos elementos acarreaba sanciones que se incrementaban con la reincidencia.
Comencé primer año en 1980 y terminé en 1984. O sea, arranqué en plena dictadura y terminé con la democracia fresquita y balbuceante. Acostumbrado como estaba a leer a todos los autores que se me ocurriera (y que mi madre accediera a comprar dado que no era un ente autárquico) tuve mis primeros encontronazos con la realidad al descubrir que los libros que analizaban la “literatura universal, hispanoamericana y argentina” no mencionaban casi a ninguno de los autores que yo había leído. Quizás lo que yo devoraba no era literatura seria y aquellos señores castizos y rebuscados sí lo eran.
También, al repasar el libro de historia de Alfredo Drago (texto obligatorio para todos los años) descubrí que me faltaban protagonistas o que la historia que yo conocía sobre muchos de ellos difería de la que el señor Drago me contaba sin lujo de detalles. No entendía la razón de esos olvidos. Sobre todo porque, sin esos protagonistas obviados, eludidos, la cosa se ponía aburrida. Ya no era un relato de tipos de carne y hueso sino la cronología del nacimiento de un busto de bronce con gesto amenazador.
Lo mismo pasó con geografía, materia en donde había sido aleccionado por Salgari y Verne y que, en manos de Alemán y López Raffo (los autores del libro obligatorio) se volvía aburrida, estática, sin relación con eso que transcurría allá afuera y que algunos optimistas denominan vida. Como estaba en primer año supuse que eso era la cultura académica de la que se quejaba Miguel Cané en Juvenilia. De todas formas me mantuve expectante porque suponía que una vez pagado el derecho de piso alguien me abriría las puertas del conocimiento. La fama cuesta, decían en la serie del mismo nombre. Pero las puertas permanecían cerradas, herméticamente. Y no se veía luz alguna filtrándose por las rendijas. Hasta que la casualidad me salió al encuentro.

Despertares

Un día que no voy a olvidar más, un compañero de curso trajo de contrabando un libro. Un libro que fue una bisagra y que nos dejó, a mi y a un par de curiosos como yo, con la boca abierta. El ejemplar tenía en su tapa un título provocador: “Manual de Zonceras Argentinas” y su autor era Arturo Jauretche. El audaz adolescente vio una caja sospechosa escondida en la biblioteca de sus padres y encontró ahí, tapado con diarios, el libro. Un libro que leí con fervor, con el entusiasmo de quien por fin abre los ojos y comienza a ver. En ese libro me enteré (más bien confirmé) que nos estaban vendiendo gato por liebre, que gran parte de las verdades que propalaba la historia oficial eran, lisa y llanamente, mentiras que con el paso de los años y los actos escolares habíamos naturalizado.
De esa misma caja prodigiosa salieron también los cinco tomos de “Revolución y Contrarrevolución en Argentina” de Jorge Abelardo Ramos, “El hombre que está solo y espera” de Raúl Scalabrini Ortíz, “Las Venas Abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano y varios más. Me enteré que existía un tipo que se llamaba Marx y que con su amigo Engels habían escrito el “Manifiesto del Partido Comunista”. Conocí también al Che Guevara, mil veces ocultado, un nombre que no debía pronunciarse. Encontré a Mariátegui, a un Sartre desconocido, a un tipo que hablaba de aparatos ideológicos de estado llamado Louis Althusser. Transité páginas que a veces aprehendía y a veces no, pero que traían luz, una claridad que llegaba como un soplo de aire fresco.
Y comprendí por fin la época de oscuridad en la que estábamos metidos. Y fue el fin de la inocencia.
Por fin entendí porque varios alumnos de los últimos años dejaban de venir de un día para el otro, porqué en los equipos deportivos de básquet y volley había cambios de último momento cuando alguno no aparecía por varios días y nadie preguntaba nada y la mayoría simulaba una normalidad artificial. Entendí la razón de esos libros de texto tan anodinos y recortados con los que trataban de sepultar la memoria.
Y tuve miedo. Con trece años tuve un miedo feroz. Porque advertí que animándome a mirar del otro lado del espejo arriesgaba algo más que una noche de insomnio. Pero ya no había retorno, y tampoco quería volver, dicho sea de paso. Por lo que seguí arriesgando el lomo para descubrir lo que nadie nos contaba. Por suerte, para mi y para el país, la dictadura comenzaba a desmoronarse y muchos controles se aflojaron. Pudimos escuchar a León Gieco y a un desconocido que decía “para el pueblo lo que es del pueblo”. Pero no éramos demasiados. El resto, la mayoría, estaba hipnotizado por ese valhalla fantasmagórico que prometía el consumo: la obra de ingeniería social que los dictadores habían ejecutado daba sus frutos. Los lazos de solidaridad, de trabajo colectivo, la sensibilidad social que empujaron a una generación a trabajar por una sociedad mejor habían sido pisoteados y en nuestras filas predominaba un egoísmo ciego, que perseguía la satisfacción individual a cualquier precio. De esa enfermedad recién hemos empezado a curarnos.
En fin.
Perdí amigos que se esfumaron de la noche a la mañana, entre ellos una muy querida amiga que tenía alma de artista.
Perdí la fe en las instituciones religiosas.
Perdí la confianza en las instituciones de cualquier tipo (confianza que desde siempre estoy tratando de reconstruir).
Perdí la capacidad de dormir como un tronco. Porque las imágenes del horror volvían una y otra vez.
Dejé atrás los mitos que me contaron y asumí la dolorosa tarea de revisar las certezas que hasta ese momento me habían guiado.
Dejé también de pensar en mi cumpleaños, porque yo cumplía el 25 de marzo y un día antes era 24 y todo lo que me quedaba en el alma la jornada siguiente era dolor. No tenía ganas de reír ni festejar.
Llegó la democracia en 1983.
En 1984 otro libro, el “Nunca Más” confirmó la dimensión del espanto.
Lloré cuando un tribunal sentenció a los comandantes.
Lloré cuando un sátrapa sin escrúpulos los absolvió regalándoles una amnistía que no merecían ni merecen.
La justicia se escapaba. Pese a los esfuerzos de muchas personas los genocidas seguían andando por ahí con la frente en alto, reivindicando sus acciones. Además, también estaba la indiferencia. Otro resultado buscado por la dictadura que también cuajaba en las nuevas generaciones.
De eso también, por suerte, nos estamos recuperando.
Llegó la justicia. Los asesinos que torturaban en nombre de dios comenzaron a perder la impunidad. Sus pasos abandonaron la soberbia y en sus caras el gesto de autoritaria superioridad cayó bajo el peso de la ley.
Y hace algunos años pude empezar a reconciliarme con el pasado. No es que crea en esos pedidos hipócritas de los genocidas y sus simpatizantes solicitando consenso y olvido. Perdón. Como si el perdón fuese un producto que sale de una máquina poniendo una moneda y apretando un botón. No es esa reconciliación de la que hablo. Me refiero a terminar de entender y aceptar que estaba vivo y que esa vida era un triunfo sobre la muerte de aquellos años.
Deje que mis muertos, los muertos que siguen naciendo (como dice Galeano del Che) pudieran descansar de tanto llanto.
Se equivocan los que dicen que tener memoria es mirar siempre al pasado, observar el futuro con la nuca. Nada está más lejos de la verdad. La memoria permite conjeturar el futuro y decidir el presente. No es un lastre, es una guía. No nos aferramos al pasado, construimos con lucidez sabiendo quiénes somos y sobre todo, quiénes no somos ni queremos ser. Claro que eso sigue molestando porque nada es más peligroso que un pueblo con memoria.
Cada tanto me despierto sobresaltado. Algunos monstruos de aquellos años han transitado mis sueños. Entonces recuerdo que, como dice la canción de Serú Girán hay que encender los candiles porque los brujos piensan en volver a nublarnos el camino.
En eso estamos, encendiendo candiles.
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Epílogo:
Esta pequeña crónica tiene un año de antigüedad. Algunas cosas han pasado que vale la pena recordar- Anteayer condenaron a varios asesinos de la dictadura en Mendoza por lo que la justicia se anotó un pequeño poroto.
También fueron condenados a lo largo de un años varios otros genocidas de la dictadura en todo el país.
Pero José Alfredo Martínez de Hoz se murió sin terminar de pagar sus culpas, la mano civil que fogoneó y sostuvo a los dictadores aún permanece impune (claro que Blaquier es un avance).
Pero lo peor, ahora hay un papa de nacionalidad argentina y, a caballo de un catolicismo atávico, un montón de sujetos han decidido que es mejor olvidar. ¿Por qué lo digo? Porque si Bergoglio no colaboró con la dictadura al menos pecó de omisión. Pero esa omisión será sepultada paulatinamente debajo de razones diplomáticas o de estado.
Yo no tengo dudas ni medias tintas: la iglesia católica colaboró con la dictadura y Bergoglio estaba dentro de esa jerarquía. Y no dijo nada. Y si lo dijo esa declaración permaneció en el ámbito privado cuando hacía falta hablar, gritar a toda voz lo que pasaba.
Pero además Bergoglio confirmó su calaña cuando, en plena represión durante del 19 y 20 de diciembre de 2001 llamó a Mathov y le pidió que distinguiera entre activistas y simples ahorristas. Indicar que en su lógica prima el "algo habrán hecho" sería redundante.
Lo peor son los aplausos que legitiman esas acciones.
Lo peor son las sonrisas de satisfacción chovinista que, en pos de un supuesto orgullo nacional, han decidido olvidar y cubrir con un manto de palabras esplendorosas los crímenes de la dictadura y sus cómplices.
Cada 24 de marzo siento que algo mejor estamos.
Cada 24 de marzo siento que todavía falta mucho.
Por eso sigo acá, jodiendo hasta perder el resuello.     

sábado, 1 de diciembre de 2012

HABLANDO DE MANIPULACIÓN HISTÓRICA

El excelentísimo señor periodista Don Ceferino Reato, autor de varios libros de apoyo a la dictadura de Videlita (no son otra cosa aunque indique lo contrario) formuló en su libro "Operación Primicia" la hipótesis de que ese intento de copamiento por parte de Montoneros "causó" el Golpe de Estado de 1976.
Como sabemos de su honestidad intelectual y su escasa rigurosidad histórica, le habíamos dejado pasar semejante barbaridad, pero ya está bueno Cefe.
El golpe de estado de 1976 estaba cantado desde mucho antes de Operación Primicia. Cosa que cualquiera, absolutamente cualquiere, puede comprobar revisando documentos periodísticos, oficiales, cables reservados del Departamento de Estado de EE.UU. (desclasificados hace poco) y otro montón más de información disponible.
Decir que la reserva moral de la nación respondió a un ataque, y que por eso vino el golpe es al menos una burda simplificación. Digo al menos, porque se parece tanto a una manipulación que da un asco infinito.
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Decir que esa operación "provocó" le saca el peso de la espalda a los militares de la nación que ya tenían en su mente y acciones, desde mucho antes de octubre de 1975 apoderarse del gobierno. No fueron justicieros que actuaron indignados por el ataque. No reaccionaron y por eso asaltaron el poder. No Reato. La cosa estaba cocinada desde mucho antes.
Y Ud. Don Reato lo sabe, y lo sabe muy bien.
Y después hablan de manipular el relato. Lo parió.

jueves, 7 de junio de 2012

NO SE VAN A ANDAR PISANDO LAS CARPAS, CUCHAME

¡Una preciosura, mire vea!
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-."Me pregunto, ¿es uno de los temas más importantes que tiene el país hoy?. Al menos personalmente, institucionalmente y familiarmente, me preocupa llegar a fin de mes"
-."Siempre se cumplen con las directivas del Ministerio de Educación y es parte de nuestra historia. Pero siempre se procura que los temas sean tratados con la objetividad que se pueda tener. Yo tengo casi 70 años y viví en democracias y dictaduras. Y viví en dicta-blandas y en democra-duras. La democracia necesita consolidación y madurez, es tarea de todos los argentinos"

sábado, 24 de marzo de 2012

LOS VUELVEN A MATAR

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Los vuelven a matar cuando algunos cretinos dudan de su condición de idealistas. Dicen "Los llamaban jóvenes idealistas..." poniendo en tela de juicio la dimensión de entrega que habitaba a cada uno de los desaparecidos. ¿Qué otra cosa puede empujar a cientos de personas a entregar su vida en la búsqueda de una sociedad mejor sino un profundo idealismo? ¿Qué otro motor podría haberlo hecho? Por supuesto que eran idealistas, en el sentido fuerte del término. Sus convicciones, su propia imagen de lo que debía ser un país más justo, su concepción acerca de la necesidad de un hombre nuevo, su compromiso que era nada más y nada menos que la comprensión profunda de la doble dimensión de la utopía (como meta a alcanzar pero también como motivo para impulsar a la acción). Claro que eran idealistas, que nadie lo dude.
Los vuelven a matar tipos como Ceferino Reato o Nicolás Márquez cuando escriben libros que sugieren verdades que dependen de una óptica determinada. No hay tal óptica. El genocidio y la desaparición de cientos de miles de personas es tan dolorosamente real como puede serlo un asesinato masivo, planificado y ejecutado fríamente. Al igual que robar los hijos de los asesinados y entregárselos a los verdugos o a los amigos de los verdugos. No hay ningún atenuante en ese sentido. Indicar que semejante genocidio está sujeto a la interpretación que se haga de él equivale a matar al muerto, destruyendo, primero su existencia y luego cuestionando la necesidad de la memoria.
Los vuelven a matar todos los que piden "memoria completa": una de las cosas contra la que los desaparecidos lucharon es la memoria incompleta, renga, tuerta, El relato unilateral que desde 1810 en adelante nos había contado la existencia de un país de fantasía en donde todos se parecían a todos, occidental y cristiano, tierra de oportunidades y promisión, de criterios más bien homogéneos, liberal en economía y llena de padres, tutores y encargados que velaban por la salud ideológica de los ciudadanos. Una memoria construida a punta de bayonetas y sablazos, que proclamaba con pompa y boato las glorias de los próceres establecidos en el altar de la patria, que desconocía lisa y llanamente la existencia de una porción importante de la sociedad, que ocultaba las luchas de los postergados, que desestimaba como delirios del populacho la constante pelea por los derechos sociales básicos, que consideraba una veleidad que el pueblo decidiera comer todos los días. Y que además declamaba con voz hueca las supuestas virtudes de un pueblo mítico: sus raíces cristianas, su laboriosidad, la sumisión a la autoridad, pronunciando "pueblo" con voz de locutor de festival folklórico y glosas de acto escolar prefabricado. Contra todo eso lucharon los desaparecidos. Para mostrar que había otro país, distinto y sufriente. Un país por el que valía la pena arriesgar la vida. Si alguien peleaba por la memoria completa eran los desaparecidos. Los otros, los que ahora piden memoria completa, en realidad, piden volver a mutilar la memoria, piden otra vez, que los molestos memoriosos desaparezcan.
Los vuelven a matar los que piden reconciliación, perdón y consenso: Los matan porque en realidad esas palabras encubren la apelación al olvido. Es otra vez matar la memoria, porque la memoria, a pesar del perdón, nos debería ayudar a navegar mares turbulentos en donde el interés del asesino es que olvidemos la espantosa naturaleza de sus actos. El perdón que solicitan es el perdón unilateral, es perdonarlos a ellos aunque sabían y saben muy bien lo que hacen. Desean sepultar sus culpas, que tienen castigos jurídicos estipulados, para no pagarlas con la cárcel. No es que estén interesados en algún tipo de reparación moral y la ética no les interesa ni un poco. Su apelación a la reconciliación, al perdón y al consenso es la búsqueda apenas velada de la impunidad que impida individualizarlos, juzgarlos y castigarlos con las penas que la ley establece. No hay bellas almas conmovidas, hay monstruos atroces buscando en la ética de los demás el amaparo para su crueldad.
Los vuelven a matar cuando un periodista le otorga a un genocida, cuya responsabilidad en el asesinato de miles de personas está largamente probado, el grado de preso político. Porque ésa es la intención del periodista que entrevistó a Jorge Rafael Videla en Cambio 16. Detrás de una supuesta entrevista exhaustiva, Ricardo Angoso pretende sugerir que Videla está preso por sus ideas y no por sus actos. Son sus actos los que lo han llevado a la cárcel. Porque hay muchos que piensan como Videla, que no participaron en la masacre ejecutada por la dictadura del ´76 (aunque habría que definir qué quiere decir participar, porque la omisión es casi  complicidad) y nadie los ha metido presos por su forma de pensar. Cosa muy distinta a la que hicieron Videla y CIA que mataron a mansalva a miles de sujetos por su forma de pensar. Dice Videla que no salieron a cazar pajaritos. Le contestamos a Videla que el aparato militar de la gerrilla urbana y rural estaba casi desmantelado antes de comenzar la dictadura (acá algunos mirarán para otro lado porque las torturas y desapariciones habían comenzado mucho antes del 24 de marzo de 1976). Lo que Videla y sus amigos de todos los estamentos hicieron fue intentar borrar del mapa a una generación completa, la mayor parte de la cuál no estaba comprometida con la opción armada (militantes de base, trabajadores sociales, laburantes, sindicalistas, artistas, todos ellos munidos con una sensibilidad social que ahora se extraña) No, claro que no salieron a cazar pajaritos, salieron a exterminar a las personas que podían oponerse al nuevo orden que querían fundar, orden creado para favorecer a la oligarquía, las multinacionales, el sector financiero, al poder, en definitiva. No fueron, no son héroes: fueron los ejecutores de un genocidio planificado a los que el poder les soltó la mano una vez que el trabajo sucio ya estaba hecho.
Los vuelven a matar los obispos, arzobispos, monjas y curas rasos cuando invocan como fuente de sus sinrazones el carácter occidental y cristiano de la sociedad argentina. Porque esa petición de principio exige (como el 24 de marzo de 1976 y antes también) la eliminación de todos los que no comparten esa supuesta esencia y de los que lisa y llanamente la discuten en las aulas, en la calle, en los recintos en donde la política tiene lugar, en las ideas, en la investigación. Ahora no tienen el poder de empujar a los monstruos para que ejecuten infieles, pero siguen añorando aquellos tiempos en donde su palabra se parecía a la ley, una ley de vida y muerte, esos años en los que su falsa piedad y su misericordia de utilería les allanó el camino a la estafa moral que ejecutaron con la mayor frialdad y desparpajo.
Los vuelven a matar cuando deciden obviar la coherencia entre el gesto y la palabra que pusieron en acto los desaparecidos. La enorme culpa colectiva que pagaron fue intentar esa coherencia. Porque la doble moral que es de uso común proclama como valores una colección de conceptos metafísicos y carentes de sustancia y en la vida cotidiana practica otros bien distintos, opuestos a los que pone en su boca como tapadera para la mezquina persecución de la satisfacción individual. Y lo que le interesa a gran parte de la sociedad es que nadie ponga en evidencia ese encubrimiento. Cualquiera que se atreva a acercar los gestos a las palabras, el valor a su práctica, que sostenga una ética en donde los valores no se declaman sino que se practican, quiebra ese tácito acuerdo en donde lo que importa son las formas y no el contenido. Vale más que se esconda ese temerario dado que no es bien recibido. Matemos a ese incordio. Y así, lo vuelven a matar. Los vuelven a matar.
Los vuelven a matar cuando los argumentos de los genocidas vuelven una y otra vez en boca de "la gente".
Los vuelven a matar cada vez que alguien dice "negro de mierda", "zurdo", "trolo", "villero".
Los vuelven a matar cuando los que pusieron los huevos de la serpiente siguen escondiéndose detrás de un inagotable manto de complicidades.
Los vuelven a matar en el instante mismo en que olvidamos que luchaban por una sociedad más justa, inclusiva y solidaria, y les torcemos el brazo para que justifiquen objetivos espúrios e inconfesables.
Los vuelven a matar cuando se reprime una protesta, cuando se mata a un hermano que defiende sus derechos, cuando se expulsa a un campesino de su tierra, cuando un niño cae muerto explotado por el capitalismo y los capitalistas, cuando se garantiza el saqueo.
Los volvieron a matar con la ley antiterrorista.
Los vuelven a matar cada vez que alguien decide reirse de los demás, burlarse del más débil, disfrutar con la desgracia ajena.
Los vuelven a matar en cada noticiero con la ración de miedo cotidiana que difunden los que aplaudieron a los genocidas y ahora simulan una humanidad que no poseen.
Los vuelven a matar con cada libro que habla de volverse hacia uno mismo y no buscar al otro para solucionar problemas que son colectivos.
Los vuelven a matar.
Y ya estamos cansados de tanta muerte.
Porque los muertos siempre los ponemos nosotros, los nadies, los olvidados, los que no valemos ni la bala que nos mata.

viernes, 26 de marzo de 2010

EL LADO OSCURO

La Jeraquía de la Iglesia Católica insiste con la remanida excusa de que hay una campaña en su contra. Parece que trae amplios beneficios modificar el papel de victimario por el de víctima. No tienen un pelo de víctimas todos estos tipos que abusaron y abusan de niños al amparo de las Instituciones Católicas y de la misma jerarquía eclesiástica que se encarga con todo cuidado de ocultar sus propios delitos. No es nuevo este accionar. En absoluto. 

Y la Iglesia Católica Argentina sigue la línea de ese razonamiento. Algunas pintadas en uno de sus edificios le sirve para colocarse en el lugar que más le gusta: víctima. 
Los mártires de la religión católica están claramente en otra parte. Por ejemplo en las mazmorras de la Dictadura en donde murieron asesinados dando la vida por los últimos orejones del tarro, mientras los obipos argentinos (con algunas raras excepciones) le daban la comunión a los genocidas y además bendecían sus acciones. Eran sus cómplices en definitiva.
Al fin algo bueno hay en esas paredes llenas de podredumbre: la figura de El Eternauta que nos recuerda que el héroe es colectivo.