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Hace no mucho tiempo, un par de años ponele, un señor -industrial naviero el- en una de esas celebraciones de fin de año que lo juntan a uno con tipos con los que no se comería un asado, me dijo: "-Es que los negros ahora tienen derechos y no los quieren largar". Este comentario fue la culminación de una serie de barbaridades expelidas por la buena gente decente presente que se cagaba en los negros de mierda mientras engullía champán y salmón ahumado. Y no es que estos dos últimos manjares me molesten, conste.
Horrorizados ante el avance del aluvión zoológico desgranaron en más o menos media hora toda la batería de prejuicios políticos, económicos y raciales de rigor, aunque estos últimos pueden muy bien resumir los dos primeros.
No pidieron matarlos lisa y llanamente porque se sabe de mi zurdéz empedernida y no quedaba bien empañar la celebración de paz y amor y todas esas fantochadas con las que las buenas y bellas almas se perdonan a sí mismas prestas a seguir pisando cabezas sin que se les corra el moñito del smoking.
Además, mi mal humor en estos casos es previsible y, digamoslón de una vez, cierto tamaño que natura non presta, me transforma en alguien al que una persona sensata no haría enojar.
Me acordé de esta situación hace un par de semanas cuando abandoné uno de esos grupos de guasáp en donde a uno lo invitan para compartir ciertas afinidades. Debo aclarar que en general no soy un tipo muy popular al que todos solicitan para animar sus conversaciones vía fonófono. Asi que consideremos ese grupo como uno de los tres en los que estoy involucrado. Dos, ahora.
¿El motivo del abandono? Otra sarta de barbaridades de la misma naturaleza de aquellas que escuché en esa fiesta de nochebuena, proferidas en torno a un robo o algo parecido. El nivel de agresión de mandíbulas sangrientas desparramándose en cada palabra me llevó a desistir de compartir un círculo tan ameno y tolerante.
En las dos anécdotas citadas me sorprendió y apabulló el odio. Y su consecuencia inmediata: el deseo de venganza. De esto se ha hablado mucho, largo y bien, pero bueno, tengo que repetir medio de queruza: el huevo de la serpiente no es una excepción, no hay monstruos inesperados como Godzilla que aparecen de la profundidad del mar alterando la normalidad. No, hay gente común, decente, que dícese de sí misma "laburante" que incluso tiene hasta cierta sensibilidad, en cuyo interior no tan adentro contiene todo ese odio y está dispuesto a dejarlo circular a la primera oportunidad que tenga. Claro, oportunidad educadita, porque no es cuestión de andar perdiendo las formas.
Por eso, cuando el anonimato, o pseudo-anonimato tecnológico lo permite, lanzan vía red todo el ectoplasma junto.
¿Por qué tienen todo ese veneno adentro? Los motivos son muchos, varios y largos de enumerar. Y no es el objetivo de este post.
El objetivo es, si alguno tiene, resaltar ese volumen de odio anidando en el pecho de personas tan urbanas. Quizás digo esto a modo de advertencia a mi mismo. Para seguir rumiando las palabras de Rodolfo Walsh cuando señaló que no había que dejarse conmover por las bellas almas de los verdugos. Ni por sus cantos de sirena.