...
Me
hablaron de una grieta que ponía a los buenos de un lado y a los malos
del otro. Me enteré que yo estaba en el hemisferio de los malos,
renovando aquella antinomia de la guerra fría en donde todo lo malo
estaba del lado de allá y todo lo bueno del lado de acá.
Debido a la topografía de esa grieta supe que, aunque no fuera malo por naturaleza, era boludo, utilizado, o boludo utilizado, ambos dos. O era un piola bárbaro que a cambio de algunas rupias vendía mi alma oscura y renegrida al lado malo de la grieta.
Por supuesto, de aquel lado residía la virtud, la inteligencia y la ecuanimidad. Ese "allí" estaba poblado de mujeres y hombre probos, luminosos, inteligentes, acicalados, educaditos, leídos y estudiados. Gente impermeable a cualquier influencia y prebenda. Personas ante todo decentes, en el más amplio sentido de la palabra.
Nosotros, pobres, cargábamos en nuestras gibas toda la maldad del mundo y planetas aledaños. Y más que nada conteníamos en nuestro ADN el gen de la inmutabilidad, o sea, éramos incorregibles.
A lo sumo se nos podía domar tantito, pero jamás transformarnos en tipos merecedores de aquel otro lado que brillaba con luz prestada.
Esa fue la buena noticia. Debido a la grieta me enteré de que la persistencia provenía del gen incorregible, porque en el ADN de este lado de la grieta predominaban las convicciones. Y una convicción pertenece al universo de los principios. Y un principio es irreductible porque, como dice Tomasito, es el primer motor inmóvil. Por eso aún estaba de este lado de la grieta y no del lado de allá.
Porque, y esto también me lo enseñó la grieta, ir de un lado al otro no era tan complicado. Bastaba con renegar del gen incorregible, abrazar con fuerza de converso la religión de mercado y el puente de oro aparecía solito. Si uno no se pasaba al lado oscuro (que era el iluminado) era nada más de puro tozudo, de puro coraje, porque de aquel lado la cosa era más simple.
Ni pensar tenía uno, solo alcanzaba con decir que sí a todo y a cada minuto aumentar la apuesta.
Gracias a la grieta comprendí que el camino estrecho y finito estaba de este lado, el que más costaba, porque por ese senderito tenía que pasar mucha gente, porque para que ese senderito se volviera una avenida abrigada por la sombra de los álamos, necesitábamos trabajo y más trabajo.
Del lado de allá, alcanzaba con cagarse en el otro, en el fementido prójimo y jugar a la supervivencia del más apto que es la ley del más fuerte. Decir que la naturaleza ésto, la naturaleza lo otro, y sanseacabó.
Todo el heroismo, toda la épica, estaba de este lado, en donde las cosas no eran fáciles, aunque lo fueran a veces.
En el lado de allá los gestos amanerados y la civilidad sobreactuada escondían una ferocidad sin límites.
Supe que pasarse para este lado de la grieta tampoco era tan jodido, lo jodido era quedarse en este lado en donde no hay amenities ni consuelos.
Supe que si algo parecido a la integridad existía en el mundo, estaba de este lado de la grieta.
Supe que si algo parecido a la dignidad existía en el mundo, estaba de este lado de la grieta.
Y existían porque intentábamos ser íntegros y dignos, aunque no siempre fuera posible.
Cuando entendí todo esto, agradecí la grieta, porque la grieta es, ante todo, un acto de voluntad.
Debido a la topografía de esa grieta supe que, aunque no fuera malo por naturaleza, era boludo, utilizado, o boludo utilizado, ambos dos. O era un piola bárbaro que a cambio de algunas rupias vendía mi alma oscura y renegrida al lado malo de la grieta.
Por supuesto, de aquel lado residía la virtud, la inteligencia y la ecuanimidad. Ese "allí" estaba poblado de mujeres y hombre probos, luminosos, inteligentes, acicalados, educaditos, leídos y estudiados. Gente impermeable a cualquier influencia y prebenda. Personas ante todo decentes, en el más amplio sentido de la palabra.
Nosotros, pobres, cargábamos en nuestras gibas toda la maldad del mundo y planetas aledaños. Y más que nada conteníamos en nuestro ADN el gen de la inmutabilidad, o sea, éramos incorregibles.
A lo sumo se nos podía domar tantito, pero jamás transformarnos en tipos merecedores de aquel otro lado que brillaba con luz prestada.
Esa fue la buena noticia. Debido a la grieta me enteré de que la persistencia provenía del gen incorregible, porque en el ADN de este lado de la grieta predominaban las convicciones. Y una convicción pertenece al universo de los principios. Y un principio es irreductible porque, como dice Tomasito, es el primer motor inmóvil. Por eso aún estaba de este lado de la grieta y no del lado de allá.
Porque, y esto también me lo enseñó la grieta, ir de un lado al otro no era tan complicado. Bastaba con renegar del gen incorregible, abrazar con fuerza de converso la religión de mercado y el puente de oro aparecía solito. Si uno no se pasaba al lado oscuro (que era el iluminado) era nada más de puro tozudo, de puro coraje, porque de aquel lado la cosa era más simple.
Ni pensar tenía uno, solo alcanzaba con decir que sí a todo y a cada minuto aumentar la apuesta.
Gracias a la grieta comprendí que el camino estrecho y finito estaba de este lado, el que más costaba, porque por ese senderito tenía que pasar mucha gente, porque para que ese senderito se volviera una avenida abrigada por la sombra de los álamos, necesitábamos trabajo y más trabajo.
Del lado de allá, alcanzaba con cagarse en el otro, en el fementido prójimo y jugar a la supervivencia del más apto que es la ley del más fuerte. Decir que la naturaleza ésto, la naturaleza lo otro, y sanseacabó.
Todo el heroismo, toda la épica, estaba de este lado, en donde las cosas no eran fáciles, aunque lo fueran a veces.
En el lado de allá los gestos amanerados y la civilidad sobreactuada escondían una ferocidad sin límites.
Supe que pasarse para este lado de la grieta tampoco era tan jodido, lo jodido era quedarse en este lado en donde no hay amenities ni consuelos.
Supe que si algo parecido a la integridad existía en el mundo, estaba de este lado de la grieta.
Supe que si algo parecido a la dignidad existía en el mundo, estaba de este lado de la grieta.
Y existían porque intentábamos ser íntegros y dignos, aunque no siempre fuera posible.
Cuando entendí todo esto, agradecí la grieta, porque la grieta es, ante todo, un acto de voluntad.
