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lunes, 11 de septiembre de 2017

"PAGARÉ CON MI VIDA LA LEALTAD DEL PUEBLO"

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Sobre el otro 11 S, nunca aceptamos la explicación oficial.
Por varias cosas: entre otras por ésto, por ésto y por ésto
Para arrancar

domingo, 11 de septiembre de 2016

"LA HISTORIA ES NUESTRA Y LA HACEN LOS PUEBLOS"

Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo
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Este es el único 11 de septiembre que reconozco como tal. Porque viví la muerte cotidiana de tantos chilenos. Porque los vi sufrir y ahogarse en llanto. Porque vi, en un vagón trasnochado rumbo a Temuco a un grupo de jóvenes con un grabador que escuchaban los discursos de Allende, aplaudiendo cada una de sus frases y llorando de rabia con las últimas palabras de Allende en Radio Magallanes, Porque vi por las ventanillas de ese mismo tren el rastro de la desigualdad que el golpe de Pinochet había lanzado sobre Chile: barriadas tristes, casas precarias y sobre todo, ocultas de la vista de una ciudad opulenta que se regodeaba de su sofisticación en Alto Las Condes.
Porque Chile fue lo que luego se desató sobre toda latinoamérica. 
Por eso, un 11 de septiembre recorrí las calles de lo que fue Santiago ensangrentada. Sin los dictadores con uniforme, pero sometida a la dictadura de los que instigaron el golpe.
"Algún día América tendrá una voz de continente, una voz de pueblo unido. Una voz que será respetada y oída; porque será la voz de pueblos dueños de su propio destino
A pesar de este presente.

viernes, 11 de septiembre de 2015

11 DE SEPTIEMBRE I

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Cuando llega el 11 de septiembre lo primero que me viene a la cabeza es Chile y el golpe de estado de Pinochet ese día. El Palacio de la Moneda bombardeado y el Chicho Allende suicidándose para no caer en manos del Departamento de Estado y sus cómplices.
Cuando llega el 11 de septiembre repaso la conspiración y los conspiradores y pienso que las conspiraciones y conspiradores no han dejado de aparecer.
Pienso en esa enorme dignidad y renuevo mi asombro.
Cuando llega el 11 de septiembre inevitablemente recuerdo que tuve contacto con la peor cara de esa tragedia, ayudando junto con otros a muchos chilenos a escapar de su país a través de los pasos escondidos de la Cordillera de Los Andes. El horror que conocí de primera mano me curó de toda inocencia. Para bien o para mal.
Cuando llega el 11 de septiembre recuerdo el día en que pude pisar las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada, para comprobar que los verdugos se habían escondido detrás de los famosos guantes blancos y que la liberación de Chile era solo aparente.
Cuando llega el 11 de septiembre pienso en todo eso, y no hay torre ni gemela ni solitaria que pueda imponerse a ese genocidio.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

YO PISÉ LAS CALLES NUEVAMENTE

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En Argentina se terminaba la dictadura. Corría el año 1983 y de a poco los primeros aires de libertad recorrían las calles. Había miedo, pero un poco menos. Algunos se animaban a decir esta boca es mía. Otros no.
Adolescente, transitando los últimos años de la secundaria, yo asistía a esa lenta mutación, esperando encontrar en acto aquellos ideales que había nutrido en lecturas secretas en medio de los años oscuros.
En Chile era otra cosa. En Chile nada hacía suponer que la dictadura fuera a aflojar un solo tornillo. Pese a las sucesivas crisis, Pinochet gozaba de excelente salud y del apoyo de una nada despreciable porción de los chilenos. La represión, aunque no tenía la ferocidad y extensión de los primeros años, daba muestras de su poder haciendo lo que había aprendido en la Escuela de las Américas: desaparecer hombres y mujeres, torturarlos, vejarlos y por último, matarlos, enterrándolos sin dejar huellas.
Ese horror habitaba justo detrás de la cordillera de Los Andes. Y eso en Mendoza, en donde vivía en ese momento, era muy cerca. Casi a la vuelta de la esquina.
Hundido en la vorágine de la transición, intentando acomodar esquemas, me encontré en una de esas extrañas vueltas que tiene la vida, con un grupo de católicos que no se parecía a los católicos que conocía (y conozco). Sus palabras no olían a naftalina ni a incienso. Decían cosas que sin duda eran un escándalo para la feligresía chupacirios y modosita en boga por aquellos días.
Y hacían otras que no solamente estaban reñidas con la rancia ortodoxia católica. Por ejemplo, daban misa entre el pobrerío apenas provistos de los elementos mínimos. Tomaban mate con esos olvidados, ¡los escuchaban!, les daban una mano cuando tenían que levantar una casilla, les curaban los hijos, etc.
Los conocí por casualidad, no interesa demasiado cómo. También de casualidad compartí con un par mi temprana afición por la montaña. En las cotas más altas de la cordillera uno puede encontrar cualquier cosa, incluso a uno mismo hurgando en su interior para comprender ese afuera que se nos viene encima.
Y como no podía ser de otra manera, nuestro zurdismo compartido nos llevó de cabeza a los comentarios acerca de la dictadura que terminaba y la que reinaba en Chile, apenas unos kilómetros al este de donde estábamos acampando.
Supongo, porque solo puedo suponer dado que jamás pregunté, que la suma de estas coincidencias alentó a mis interlocutores a pedirme ayuda. ¿Ayuda para qué?
Resulta que un grupo de sujetos tan locos como yo o ellos, ayudaba a sacar a chilenos perseguidos por la dictadura a través de los pasos de altura en la cordillera. Pasos que los andinistas usábamos, cuya existencia es un secreto que seguimos guardando para evitar la turistización tan temida.
De noche, al amparo del conocimiento del terreno y con la indispensable complicidad de otros más locos que nosotros del lado chileno, mujeres y hombres escapaban de Chile para salvar su vida en travesías que eran un alarde de imaginación y logística que dejarían en ridículo a “Misión Imposible”.
Además del previsible desgaste de enfrentar a la cordillera son sigilo y por lugares bastante peligrosos, los que huían traían encima las secuelas de la represión: huellas de torturas en el cuerpo, heridas recientes, los nervios a flor de piel, etc. La tristeza infinita de tener que salir de esa forma, la certeza de una pesadilla que podía ser conjurada pero que jamás olvidarían.
Los recibíamos en silencio. Apenas un abrazo, un apretón de manos, una sonrisa de bienvenida. No había tiempo para más. Porque del otro lado podían estar persiguiéndolos y había que andar con celeridad. Por otros pasos igual de tortuosos los guiábamos hasta un lugar seguro en donde se subían a algunos vehículos, desparramándose en casas de otros locos que los albergarían hasta que pudieran salir del país, nuevamente, esta vez rumbo a un exilio más profundo: Europa, México, etc.
Por seguridad (porque la cosa esa peliaguda) no conocíamos ni a los que venían a buscarlos ni a los que ponían el cuerpo y su casa para protegerlos en ese tiempo en que estaban en tránsito.
Como no podía ser de otra manera, en esas circunstancias me encontré con los efectos reales y palpables de la violencia, del terrorismo de estado, del odio puro y duro. En la persona de los que cruzaban tratando de poner a salvo su vida vi objetivado el resultado de las políticas que he combatido toda mi vida.
Si me quedaba algo de inocencia, la perdí en aquellos años. Una lucidez con la que uno debería encontrarse más tarde en la vida me llenó los ojos. Tuve que aprender a vivir con esas pesadillas. Tuve que superar (y no fue fácil) el pesimismo que aparece cuando uno ve a la humanidad golpeada y sufriente. Me costó tiempo y rumbos perdidos. Y tantas veces, demasiadas veces, aquellas imágenes me inundan las noches y tengo ganas de llorar y se me vuelve a anudar la garganta y me miro las manos y me pregunto si podría haber hecho más.
No me sirve la disculpa usual: era un adolescente, y además de todo tenía que llevar una vida más o menos normal y hacer como qué, aplaudir en los actos y festejar la democracia que supimos conseguir y perder.
No fui, no era, no seré un héroe. No lo éramos, ninguno de nosotros. Apenas humanos que, según la frase del Che, sentían en su mejilla el cachetazo que le daban a un hermano en cualquier parte del mundo. Y actuaban.
Han pasado muchos años de aquellos años.
Pese a todo, por las mismas razones, volvería a hacer lo mismo.
Sin dudarlo.
Porque la humanidad doliente, me sigue doliendo.
Hoy es 11 de septiembre.
Vuelvo a abrazar a aquellos que recibí huyendo de una pesadilla. Vuelvo a abrazar a los que extendieron su mano para ayudar a esos humanos profundamente lastimados.
De eso se trata la fe, la trascendencia. Confiar en la humanidad, pese al horror del presente. De eso se trata. Nada más, ni nada menos.
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Escribí este pequeño texto hace varios años. Ha sufrido correcciones, obviamente. Nunca me decidía a publicarlo por varias cosas. Entre ellas el temor al vedettismo que me sigue embargando y por otro, extender cierta proteccción a los que participaron en estos asuntos.
De lo primero me cuido solo.
De lo segundo ya no hay de qué preocuparse dado que los anónimos lo seguirán siendo y los otros, los no tanto, sonreirán al leer y leerse en este tanteo.
El epílogo explica el título del post.
Fui a Chile por fin. Cuando ya se habían librado de la dictadura. 
Viaje en un colectivo que me dejó en Terminal Los Héroes, en Santiago. Fiel a mis costumbres viajaba al sur de ese país a escalar volcanes. Quienes conocen Santiago saben que Los Héroes está a un paso del Palacio de la Moneda.
Hacia allí me dirigí, caminando despacio, mochila al hombro, temblando de emoción.
Quería ver el lugar en donde Salvador Allende se había suicidado, el lugar que había sido bombardeado por los esbirros de Pinochet. 
Y mientras caminaba una canción me acompañaba: "Yo pisaré las calles nuevamente..."
Llegué al frente de La Moneda. Miré el edificio y dos gruesos lagrimones mojaron mis anteojos.
Había pisado las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada. 
Lloré. Por mi, por los que estaban, por los que ya no estaban.
"En una hermosa plaza liberada, me detendré a llorar por los ausentes"
El hombre nuevo es posible. Eso decían mis lágrimas.
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lunes, 13 de mayo de 2013

NO TOQUE SU TELEVISOR

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"Si algo as­í pasa, si nos sacan, hagan algo. No sé qué. Hagan algo. No les pido que lo hagan por mi­. Se los pido, pero para que hagan algo por ustedes."
"Termino el programa de hoy sin saber si el domingo que viene vamos a estar acá. No tengo idea."
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Cuando leí lo anterior, dicho por Jorge Lanata en el programa del domingo próximo pasado, tuve la certeza de haber escuchado antes una construcción retórica similar. Me estuve exprimiendo la cabeza (las dos neuronas que me restan asesinar) y por fin lo recordé:
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"Seguramente, ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las antenas de Radio Magallanes. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas un castigo moral para quienes han traicionado su juramento: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, y que también se ha autodenominado Director General de carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡No voy a renunciar!
Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos." (últimas palabras de Salvador Allende)
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Hay una diferencia entre las dos declaraciones. Más allá de la obvia distinción entre un estadista de la talla de Salvador Allende y un periodista como Jorge Lanata.
Pero vamos desde el principio: el tono general de ambas declaraciones es dramático. Las dos expresan con claridad una situación final de la que problablemente no haya retorno (en el caso de Allende no lo hubo). Las dos contienen una apelación a un colectivo que será el depositario de un proceso social y en el otro caso, el agente del cambio por la decencia.
Hasta ahí las similitudes. Vamos a las diferencias.
La encrucijada de Salvador Allende era ominosa: alentar el derramamiento de sangre del pueblo chileno o derramar su propia sangre para cumplir la palabra empeñada ante el mandato de las urnas. Allende optó por sacrificar su vida, evitando de esa forma la destitución ilegítima que buscaba el golpe militar y además, intentó que no tuviera lugar una masacre en donde el pueblo fuera el blanco móvil del ejército, pidiéndole a los laburantes que no se armaran y lanzaran a la calle en defensa de la democracia.
Jorge Lanata en cambio presupone una intervención que cerraría el canal en donde se emite su programa. Indica que existe la posibilidad, que puede pasar, que puede ser. Que sus propias acciones podrían precipitar la intervención de ese canal. Le otorga a sus palabras el tinte de un perseguido o amenazado, se finge desamparado, simula el desamparo de la empresa para la que trabaja, torciendo la evidencia que muestra que el grupo al que pertenece está en una clara posición dominante, no solo a nivel mediático sino tambièn por su influencia en la justicia, que justamente, lo ha amparado exceptuándolo de cumplir la ley.
Lanata pretende que pensemos en una represalia contra un actor débil, alguien que está en inferioridad de condiciones. Y no lo está. No lo está y Lanata lo sabe con certeza.
Allende estaba a punto de morir, por decisión propia. Tenía plena conciencia de lo que ocurría y que la situación desembocaría en su muerte, de una u otra forma. Sus palabras no buscan asustar, crear tensión, sumar dramatismo al drama que tenía lugar en la calle. Al contrario. Tratan de apuntalar la esperanza a pesar del momento amargo y oscuro que se cernìa sobre Chile.
Lanata conjetura un momento oscuro, que supuestamente ha sido provocado por la exposición de las miserias del gobierno nacional y, al contrario de Allende, busca que "la gente" haga algo. La naturaleza de ese "algo" no es precisa. Por eso mismo, por su polisemia, por su amplitud, la propuesta es peligrosa, porque algo va desde salir a la calle con una pancarta a incendiar el congreso en el supuesto caso de que el Grupo Clarín sea intervenido.
Allende en cambio trata de evitar la muerte de los que lo apoyaron. Es más, segùn testimonios Allende se preocupó en sus últimas horas por la salud de todos sus funcionarios e instó a todos los que pudo a que se fueran y no cayeran junto a él. 
Lanata pide a un eventual "pueblo" que "hagan algo".
Hay en una declaración la tensión correspondiente a una situación extrema, dramática, final. En la otra está la pretensión de que la situación tenga la tensión de la primera. Pero en el fondo es nada más que una petición de principio, un armado. Un bluff.
Allende murió, por propia mano, ante el ataque del golpe militar comandado por Augusto Pinochet.
Jorge Lanata no morirá, y tampoco es ni será un héroe.
Y el domingo podrán volver a disfrutar de su programa. Como debe ser.

domingo, 11 de septiembre de 2011

YO PISARÉ LAS CALLE NUEVAMENTE

"Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos"
"Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor."
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sábado, 11 de septiembre de 2010

11 S

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"Ante estos hechos sólo me cabe decirle a los trabajadores: yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen, ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos."
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Salvador Allende, últimas palabras
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