martes, 5 de mayo de 2015

RICARDO I

No le aceptan el cansancio moral como excusa. Y tampoco que se haya hecho firmar la acordada de su recontrareelección (acá a los republicanos la recontra les parece formidable) por un señor que ya no sabe en qué día vive.
Lo ratifican, con lo que, en la práctica, lo coronan.
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Como dice Roberto Caballero ¿quiere Ricardito su 18F?
Por otro lado, habría que mandarle algunos verbos a Clarín.
Se repiten demasiado.

¿LES SERVIRÍA UN RIÑÓN? TENGO DOS, EL CORAZÓN NO PORQUE EL ACTUAL ME RESULTA INDISPENSABLE

¿Y qué esperaban?
Calculo que se vienen excediendo
Y ya es demasiado
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¿Qué buscan?
Esa es la gran pregunta

TODOS SON ESTO Y AQUELLO, NOSOTROS QUEREMOS SER, HUMILDEMENTE ORLANDO Y RODRIGO CAMACHO Y NÉSTOR FERMENÍA


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Muchos caracteres han corrido esta semana intentando explicar el apoyo de los votantes porteños a Mauricio Macri. Incluso nosotros hemos degranado algunas explicaciones parciales, insuficientes a todas luces. En el primero de esos análisis este que mueve los dedos escribió que "una gestión que propicia la expulsión de una cantidad importante de ciudadanos, la destrucción de los lazos de contención social y el desmantelamiento de la infraestructura pública termina (y los ejemplos abundan) en una tragedia."
Esas palabras no terminaron de enfriarse cuando por desgracia comenzamos a tener razón. Dos niños, Orlando y Rodrigo Camacho, murieron quemados en un incendio en un taller clandestino de Flores. Taller que ya había sido denunciado, denuncia que el gobierno de CABA había pasado por alto como con tantas cosas. 
Luego ocurrió lo previsible: Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal dijeron que ellos y su administración no habían tenido nada que ver con el incendio (quizás el taller estaba en Singapur y hasta allá no tienen jurisdicción, ponele) que no había denuncias. Que la culpa la tenía la justicia. Y comprobamos que mentían (como en tantas cosas).
Luego escuchamos azorados (creo yo) las explicaciones que brindó Mauricio Awada acerca del incendio en el taller clandestino que el gobierno porteño no había inspeccionado.
Y sin más trámite comprobamos hasta qué punto el ingeniero y sus asesores de campaña están preocupados por el tema: "Macri va a Europa a buscar fotos con Tévez y Messi". Leimos "la foto es política. El líder del PRO se garantiza así una foto que le permitirá llegar a un electorado que era demasiado joven cuando Boca, bajo su conducción, ganó 8 campeonatos. Por eso, en La Matanza –el distrito que el candidato visitará antes de partir– hombres de su partido reparten panfletos de Macri abrazado a Ramón Díaz, a quien sí reconocen como hombre del fútbol." Y para completar "tres de los mejores jugadores del planeta suman más votos que Angela Merkel."
Hasta ahí la sensibilidad del líder del PRO.
En el análisis chapucero que emprendimos del voto porteño indicamos que el votante del PRO no es culpable, pero si responsable por su voto (como todos). Por tanto, votar al PRO implica de uno u otro lado compartir sus valores, el proyecto que lleva adelante, sus prácticas. E insistimos que no podían evitar esa responsabilidad. Que esa responsabilidad devenía del voto. Brienza había usado la figura del flaco del quinto que es un tipazo y votó al PRO. Yo digo que puede ser un tipazo, pero voto al PRO compartiendo con ese partido su mirada del mundo. No es culpable de quemar a los niños, pero si es responsable por la continuidad de un proyecto de ciudad en la que un taller clandestino no es inspeccionado y se incendia (así como yo soy responsable por la misma razón del estado de cosas que permite que una beba de dos meses esté desnutrida en el Chaco y que varios bebés y niños hayan muerto por la misma razón en esa provincia y puteo a los tipos que se rascan el higo y no hacen una mierda al respecto y los cagaría a patadas en el culo). Estoy harto de los tipos que miran para otro lado y dicen "yo no fui".
Hace poco asistimos a una marcha en nombre de un fiscal cuya muerte desató la furia del indignatorio. Todos eran Nisman. Hubo gente que lloraba por el sujeto elevando sus ojos al cielo y solicitando al supremo una santificación inmediata, sin más trámite (claro, está el asunto del conflicto de intereses entre dos religiones que apenas se miran a la cara, pero bueno, la intención estaba).
No he podido ver lo mismo en estos días. Los indignados de ese día parecen estar dispuestos a enfurecerse por Nisman pero no por Orlando y Rodrigo Camacho. Si eran Nisman. Pero no Orlando y Rodrigo Camacho.
En el fondo, ahí donde están las cosas que no se confiesan en público, no se indignan porque comparten las opiniones de Mauricio Macri acerca de los talleres clandestinos. Y de tantas otras cosas. Porque aunque no desearan la muerte de los dos niños (quiero suponer que nadie lo deseaba) piensan que se lo buscaron por ser inmigrantes, encima bolivianos. Para la consideración de los indignados de Nisman, están varios escalones por debajo de su status. No merecen marchas ni jaculatorias. Ellos no son Orlando y Rodrigo Camacho ¿cómo se te ocurre? Ellos son Nisman. Todos son Nisman.
Nostros, aquí, humildemente, queremos ser sin merecerlo, Orlando y Rodrigo Camacho (y Néstor Fermenía). Nosotros, que somos nadies, seremos esos tres nadies que tienen nombre y apellido, Orlando y Rodrigo Camacho y Néstor Fermenía. Al menos para que el pobre eco de nuestras palabras haga que esos nombres permanezcan un poco más en el aire: Orlando y Rodrigo Camacho y Néstor Fermenía..
Nosotros no somos Nisman. Ni siquiera somos todos. Al menos somos algunos.
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Nota: las explicaciones de Capitanich tampoco alcanzan, ya que me lo preguntan. También son excusas. No tiene que haber desnutridos y mucho menos muertos por desnutrición. Vivan donde vivan.



domingo, 3 de mayo de 2015

LA VIOLENCIA PRO NO ESTÁ EN SUS PALABRAS SINO EN SUS ACTOS

Tiene razón la Vidalita. Las palabras, el discurso del PRO destila una miel empalagosa de lugares comunes referidos al diálogo, el consenso y esas menudencias que se esfuerzan por desparrramar a los efectos de que los boludos que siempre hay crean que son la encarnación viva del Sri Sri Ravi Shankar (al que le pagaron un fangote para que convenciera a otros boludos acerca de la importancia de respirar).
La agresión, la violencia, está en las acciones del PRO. Ahí el PRO se puede sopesar en toda su perversidad. Con una sonrisa taimada te mandan al féretro sin mayor problema. Luego TN dirá que te prendiste fuego solo como un bonzo, que te tiraste encima el entrepiso de un boliche por descontrolado, que los pobres en la calle agarraron los bastones de la UCEP a carazos.
Y lo peor es que se lo van a creer. Como algunos desprevenidos y otros no tanto piensan que estos tipos representan un cambio, y son, a lo sumo, una restauración al estilo Metternich.
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sábado, 2 de mayo de 2015

DAME UN TIRO EN LA PATA

Dale, tirá, tirá
Alguna forma tiene que haber
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Sospecho que el irresponsable serial está aplaudiendo
Debe estar preparando los championes para salir corriendo
A pagar lo que piden esos filántropos

CLARO, SE ENOJA LA MUJER

Se le arma en la casa pobre Mauricio
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Hacerse cargo de alguna cosa, asumir la responsabilidad de algo, indicar que no están haciendo los controles necesarios vaya uno a saber porqué, de eso nada, ni una palabra. Decirle cretino es casi un elogio.

viernes, 1 de mayo de 2015

LOS GRINGOS

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Hoy, además del ser el día del laburante, es el aniversario número 74 del club en el que tengo depositada mi alma. Esa institución se llama Club Social y Deportivo California del Este, y a sus adherentes, simpatizantes y socios se los conoce como Los Gringos.
Resulta ser que el club es la creación de una diáspora de inmigrantes italianos y españoles con unas muy particulares ideas políticas (que iban desde el socialismo hasta el anarquismo más duro). No es casualidad que su fecha oficial de nacimiento sea el 1ro. de mayo. Y no es casualidad que esos gringos, casi todos provenientes de la zona agrícola norte del distrito de La Dormida, en el departamento de Santa Rosa, Mendoza, tuvieran unas prácticas al estilo de la comuna de París en un lugar remoto en donde nadie les iba a romper las pelotas por su ideología.
De esos personajes nació el Club California del Este del que soy, si esta palabra cabe, un fanático.
Alguna vez escribí un cuento o una crónica, depende del punto de vista, relatando un partido entre el club y su rival de toda la vida, el Club La Dormida.
Como hoy es un día especial, el mentado aniversario, lo traigo de vuelta a la consideración del público lector (revisado y parcialmente corregido) y de paso le mando un saludo a la distancia a los gringos que andan por todo el mundo y al Club que hoy cumple años y lo festeja con un almuerzo que voy a extrañar.
Con uds., el relato.
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 Iluminados por el juego
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En mi pueblo había (hay, porque no se ha muerto que yo sepa) un jugador de fútbol de excepción: Armando Natel, alias "El Rafucho". Deportista de características inusuales, habilidoso, con una pegada que envidiaría cualquier jugador de primera y además, con una puntería cercana a la infalibilidad papal. Para contrabalancear tantas virtudes, El Rafucho era un juerguista consumado, poco afecto al entrenamiento, amigo de la noche, las bebidas espirituosas y la concupiscencia reiterada, cosa ésta que enojaba a sus ocasionales entrenadores que no lograban que El Rafucho se tomara algo en serio, incluso su propia carrera.
En eso estaba, digo, haciendo equilibrio entre el cielo y el infierno, cuando se presentó uno de esos momentos irrepetibles en la vida de un pueblo chico infierno grande: uno de los clubes que partían en dos a la afición de la localidad había instalado por fin la iluminación en su cancha. Y para inaugurarla a toda orquesta, el partido del campeonato local contra el archirrival, el otro club del pueblo, fue reprogramado para ser disputado de noche, aprovechando las luces antes citadas.
El anfitrión, Club La Dormida, estaba al tope de las posiciones en el campeonato y le sacaba cinco puntos al segundo (en esa época eran dos puntos por partido ganado). El rival de siempre, Club California del Este, estaba de mitad de tabla para abajo, con una serie de malos resultados que se repetían.
Para el clásico los anfitriones desplegaron una parafernalia enorme: adornaron los costados de la cancha con banderas que hablaban de la inauguración, se habían provisto de abundante cotillón, sombreros, pirotecnia y hasta una banda que amenizaba los cantos de la hinchada. Se sentían seguros del triunfo dada la coyuntura. Conjeturaban que, una victoria en la inauguración contra el clásico adversario, merecía un festejo apoteótico.
Por otra parte, el alicaído California intentaba recuperar algo de ánimo para enfrentar la ocasión. Olfateaban, sus hinchas y jugadores, que los habían elegido como sparrings para que el club La Dormida se luciera mostrando además de la superioridad en infraestructura, la solvencia deportiva que los mantenía en lo alto.
La única carta que tenían los visitantes era El Rafucho. Una carta incierta dado que el jugador estaba a prueba en un club de la primera mendocina y no había certeza de su participación en el match. Aunque, hay que decirlo, los californianos mantenían sobre el asunto un silencio pertinaz que apuntaba, entre otras cosas, a minar la tranquilidad de los locales.
En esa guerra de nervios estábamos cuando llegó el día del partido.
Hubo encuentros previos de las divisiones inferiores, ganados ambos por el Club California del Este. Quizás por la cabeza de algún hincha de La Dormida transitó la idea de presagio. Pero como los oráculos a esa hora estaban cerrados por el clásico, nadie pudo consultar ninguna fuente de sabiduría superior.
Y entonces se vino el partido de primera. Ante la mirada extasiada de su público ingresó a la cancha el Club Social y Deportivo La Dormida. Sus jugadores estrenaban camiseta y auspicio. Se los veía pletóricos de entusiasmo, contagiados por el fervor de la multitud. Posaron seguros de sí mismos bajo el intenso reflejo de las luminarias.
Luego todos en la cancha contuvieron la respiración: entró al campo de juego el Club California del Este. Y la peor pesadilla de los rivales, El Rafucho, venía a la cabeza, portando el balón.
De todas formas, tanta era la eficacia que había demostrado La Dormida, que la presencia de Natel era, quizás, un ingrediente más para aderezar la ensalada del triunfo (“les ganamos con el Rafucho y todo”).
El árbitro, ya concluidos los trámites previos, dio comienzo al match. Para beneplácito de los locales su equipo marcó el primer tanto apenas a los diez minutos de comenzado el encuentro. Y durante los cuarenta y cinco minutos iniciales dominaron el juego de punta a punta. Solo la habilidad del arquero (y el culo que lo asistió) evitó que el marcador se agrandara.
Los quince minutos de entretiempo sirvieron para que los inauguradores, con ojos brillantes, disfrutaran lo que parecía un triunfo abrumador e inapelable.
Llegó el second half. Y pasó lo inesperado. La Dormida se lanzó en un ataque coordinado que parecía terminar en la red. Pero la pierna del cinco se interpuso providencialmente enviando por rebote el balón a la mitad de la cancha.
Allí estaba El Rafucho que hasta ese momento había sido neutralizado con éxito por la defensa rival. Pero ¡ay las parcas!, su marcador lo perdió de vista un segundo y el Rafucho paró la pelota y encaró el campo contrario. Evadió a un marcador de punta y, desde el borde del área grande, lanzó un zurdazo inapelable. Disparo que se hundió en el ángulo derecho del arquero que, como dice la tradición, se tiró para la foto.
Como era de esperar, el silencio se apoderó de la hinchada de La Dormida. La otra parcialiad, recuperada la esperanza, le dio más énfasis a sus arengas contagiada por el inesperado regalo que el cielo le había hecho al equipo.
Pero la cosa recién comenzaba: aprovechando el estupor de los locales, la delantera del Club California recordó la esencia de su misión en la cancha y comenzó a jugar como si supiera. Y en uno de esos lances dejó otra vez al Rafucho de frente al arco, solo como Adán en el paraíso antes de perder su costilla. Casi paladeando el momento, el jugador apuntó y disparó hundiendo la pelota en el ángulo izquierdo del arco. Esta vez el arquero decidió que era inútil incluso posar para la foto y se quedó inmóvil, contemplando el gol.
A esta altura la parcialidad visitante tocaba el cielo con las manos mientras los locales sudaban la gota gorda. Sin advertirlo el festejo se estaba trocando en tragedia.
Y como a todo postre le viene bien una frutilla, ahí estaba El Rafucho para hacerle los honores.
Perdida la compostura, un enojado marcador central se lanzó contra las piernas de Natel, que había recibido un pase quirúrgico del 10. El Rafucho lo miró de reojo y lo dejó venir. En el momento del impacto desplegó en el aire la clásica bicicleta, haciendo pasar al marcador por debajo, quedando otra vez de frente al arco. Pero Natel estaba dispuesto a cerrar el asunto con un espectáculo. Entonces, en vez de patear y terminar con la agonía, enfrentó al otro marcador que venía desesperado a su encuentro. Amagó a la izquierda, luego a la derecha y cuando el desorientado jugador quedó con las piernas abiertas de par en par por el súbito cambio de dirección le tiró un caño que lo dejó fuera de juego tratando de explicarse por dónde había pasado la redonda. El arquero que había comprendido que El Rafucho quería deslumbrar salió a cortarlo en el borde del área chica. Natel venía a la carrera, observándolo. Esperó que el guardameta se arrojara a sus pies para elevar la pelota y pasársela con delicadeza por encima del cuerpo, a una altura suficiente para que no la alcanzara pero para dejarle la sensación que podría tocarla. La pelota cayó tras el arquero y El Rafucho la volvió a poner bajo su pie.
Así, con porte de rey o al menos de príncipe, entró trotando con pelota y todo en el arco del rival.
En ese instante pasaron varias cosas: la numerosa hinchada local inició la retirada cuando faltaban más de quince minutos para que terminara el encuentro, la barra visitante se pellizcaba para saber si era cierto o estaba soñando, El Rafucho recorría la cancha mostrando una sonrisa de oreja a oreja que quedó inmortalizada en las fotos que sacaban los periodistas que cubrían el evento. Y lo más importante: la fiesta de inauguración se suspendió por acuerdo tácito de los locales. Ahí quedaron los fuegos artificiales y las vituallas preparadas al efecto.
Una vez finalizado el partido, apenas los protagonistas se perdieron en los vestuarios, las luces se apagaron prontamente, como para olvidar lo ocurrido.
La hinchada visitante en cambio, recorrió una y otra vez las calles del pueblo en caravana de triunfo y muchos se fueron a dormir de madrugada con varias copas de más. Incluido el Rafucho, claro está.
Luego el mundo siguió su curso: California del Este persistió en su mala campaña y el Club La Dormida ganó el campeonato con una diferencia de puntos considerable. Pero la caravana del triunfo que intentaron no fue del todo entusiasta, a pesar del esfuerzo de los protagonistas.
Pasa que, cuando atravesaron las calles algunos vecinos salieron a la calle enarbolando linternas encendidas. Con ese solo gesto les recordaron que la verdadera batalla había tenido lugar unos meses antes y la habían perdido. Y que esa derrota no era una derrota cualquiera. Que esa derrota era superior al campeonato que trataban de ensalzar sin éxito. El Rafucho fue uno de los que prendieron linternas esa noche. Aunque, tal como la batalla, esas luces las había encendido unos meses antes.
Yo, que soy parte todavía de la hinchada visitante, cuento esto porque la objetividad no existe y además, para prolongar el festejo en el tiempo. Este gesto escrito sería el equivalente a la linterna que esgrimí con fiereza durante la caravana de los campeones.
Quizás, con suerte, haya algún hincha del Club La Dormida leyendo y viéndose en la obligación de recordar.