“El modelo económico basado en el consumo interno se agotó. No tiene nada de malo, cumplió un ciclo, ahora hay que promover de nuevo el de la exportación y de la inversión, como fue entre 2003 y 2007. Pero para eso se necesita más zanahoria que látigo, más conocimiento y menos órdenes.”
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Esto leía ayer en un artículo del ¿periodista? Tomás Bulat. Semejantes afirmaciones me recordaron una discusión que tuve allá lejos y hace tiempo con un economista del Opus Dei en el lejano pueblo de Mendoza en donde viví hasta hace algún tiempo.
Resulta que, en el marco de un debate sobre el destino del departamento (el equivalente a partido en territorio bonaerense) que tuvo lugar en un club de esa zona me topé con un economista ultraortodoxo. El señor economista, que era del Opus Dei, tenía el aspecto inequívoco de los miembros de esa prelatura: una especie de sacerdote secular vestido con traje de calle, con el infaltable pin de una prestigiosa universidad privada en la solapa.
El eje central del debate era proponer alternativas para que el departamento despegara de su condición “parasitaria”, entendida ésta como la dependencia fiscal y operativa del lugar de la administración central que financiaba a la municipalidad. No se podía, no se puede todavía, autofinanciarse, dada la escasa recaudación impositiva que se obtiene. Y de paso cañazo, mejorar las condiciones de vida de los habitantes que son los que sufren la mishiadura. Los motivos de ese estado de cosas deben buscarse en las sucesivas crisis agrarias que dejaron al lugar culo pa´rriba, la modificación de la matriz productiva que determino la cuasi desaparición de las pequeñas unidades productivas reemplazadas por modos de producción intensivos que concentraron la tierra y expulsaron trabajadores. Además, y el punto central del problema, la ausencia de un proyecto acerca del rumbo a seguir que junte en un acuerdo mínimo a los partidos políticos, incluso cada uno de ellos carece de ese proyecto y en las campañas políticas sólo tienen un arsenal de promesas vacías (sobre este tema me extenderé en otra ocasión, prometido).
Cuando le toco el turno al opusdeista expuso sus propuestas para sacar del ostracismo al lugar, propuestas que podemos resumir diciendo que había que “hacer atractivo” al departamento para que vinieran inversiones, se asentaran industrias y así comenzara a girar un círculo virtuoso que daría por resultado un departamento pujante y lleno de sonrisas. La zanahoria de Bulat. Las medidas que detalló consistían en una batería de exenciones impositivas, disminución de costos laborales ¡a cargo de la municipalidad!, así como lo escuchan el señor proponía que el municipio se hiciera cargo de parte del salario de los obreros rurales de las grandes firmas vitivinícolas para lograr que vinieran en patota al departamento, facilidades para ayudar a esas empresas a exportar, etc. O sea, y en castellano, proponía que para “hacer atractivo” el departamento se financiaran los costos de las empresas que tuvieran la deferencia de venir al lugar. Abrirse de piernas es una expresión cruda pero notablemente más eficaz. Todo esto dicho con la atildada seguridad de quien enarbola una verdad indiscutible.
Pensando que alguien con un poco de lucidez le iba a retrucar esos argumentos, me quedé en silencio digiriendo el discurso en medio del aplauso que le brindaron los incautos de la concurrencia. Como no hubo preguntas, a continuación, sabiendo que iba a arar en el desierto, me dispuse a refutar esas paparruchadas.
Le pregunté en primer lugar si las propuestas no eran parecidas a la “promoción industrial” que tantas satisfacciones había causado en los bolsillos de políticos y empresarios de San Luis. Promoción industrial que consistió en unas exenciones impositivas negociadas bajo cuerda, fábricas con “rueditas” que producían en sus locaciones originales y facturaban en San Luis y que, luego del período de gracia, huían a toda velocidad dejando inmensas estructuras vacías y un reguero de desocupados para sumar a los existentes de ahí y de otros lugares.
Me dijo que si se establecían reglas claras eso no pasaría porque había que controlar y además, la prosperidad de las empresas se derramaría sobre el lugar como se derramó en San Luis.
A lo que objeté que lo que se derramó obedece muy poco a beneficios genuinos y que San Luis más bien se parecía a un Phillips Whirlpool enorme, cosa que explicaba muy bien la aparición de fastuosas obras como el estadio Ave Fénix y el sostenimiento del equipo de básquet GEPU, y así (cabe acotar que el tiempo me da cada vez más la razón, dado que la supuesta pujanza industrial de San Luis se sigue diluyendo y las obras faraónicas continúan apareciendo milagrosamente).
Contestó que eso era evidencia de mal funcionamiento, que fallaron los controles, pero que la propuesta era buena, porque, a pesar de todo, había generado “empleo”.
Objeté que el empleo en realidad había sido tomado por trabajadores industriales ya formados. Trabajadores que en San Luis no existían al momento de establecerse la promoción industrial. Entonces, las plazas, las escasas plazas que aparecieron, fueron cubiertas por obreros industriales de otras provincias y los puntanos casi quedaron excluidos del asunto. Que la promoción no había desarrollado a la provincia porque, asunto básico, las industrias que habían levantado sus galpones en principio no venían a producir y segundo, no desplegaban ninguna actividad que tuviera relación con la matriz productiva original.
Respondió con astucia que en el caso del departamento, ese problema podía ser evitado dado que las empresas que debían convocarse eran agroindustriales, o sea, relacionadas con la matriz productiva del departamento.
Rebatí diciendo que en ese sentido, el problema no era la actividad, el ramo: el inconveniente mayor era la forma, distinta, que asumía la explotación agraria del departamento y la que llevaban adelante las grandes empresas agroindustriales. La primera arraigaba al obrero a la tierra, le permitía desarrollarse en función de sus saberes y de esa forma desarrollar el territorio y la segunda expulsaba mano de obra aplicando tecnología en forma intensiva y terminaba de remachar el problema que no se solucionaba sino que se agravaba. Más que nada teniendo en cuenta que los métodos de producción intensiva agotan la tierra y los recursos y a cambio, no dejan ninguna compensación impositiva porque se las ha eximido de las mismas.
Entonces contraatacó con la pregunta esperada: ¿qué propone Ud.?
Expuse: en principio comprender cabalmente cuál es la realidad con la que se va a trabajar: cuáles son los saberes de los productores, cuál es el estado de las tierras, régimen de tenencia, el estado de la red de riego, las deudas que pesan sobre los productores, los métodos que se están aplicando en la producción, elaboración y empaquetamiento de los productos, antigüedad de las herramientas de producción, etc. O sea, un diagnóstico exhaustivo. Luego, con esa información (para no laburar sobre arena movediza) formular un proyecto viable que rearticule a los productores con el mercado mediante estrategias que permitan situar la producción sobre ejes que no se vean afectados por las variables habituales que impactan a la producción agrícola: o sea, desarrollar una zona productiva con características diferenciadas, con una producción conformada por productos que no tengan competencia en virtud de sus condiciones particulares, etc., etc.
Luego, consensuar un proyecto o varios proyectos, entre todas las instituciones del departamento y establecerlos, mediante las fuerzas políticas existentes, como políticas de estado que sean acuerdos básicos para orientar el trabajo en la dirección deseada.
Y laburar en función de esos proyectos, tratando de que todas las acciones de cualquier orden se encaminen a concretarlos. Por ejemplo, impulsar la formación de profesionales tales como ingenieros agrónomos, veterinarios, etc., que puedan ayudar a desarrollar la producción agroindustrial, desalentar la venta “a granel” de productos intentando que todo producto cultivado en el departamento sea al mismo tiempo, elaborado, empaquetado y comercializado en el mismo para de esa forma retener el valor agregado y otro montón de cosas así.
Eso que propone es una utopía, me dijo el economista.
A mi no me lo parece, le contesté. Es mucho más utópico apelar a la buena voluntad de una empresa y a su responsabilidad social. Cierto es que mi propuesta requiere mucho más trabajo, mucho más compromiso, y ante todo, una mirada distinta de la economía.
Es lo mismo que le contesto a Bulat. El problema es que el desarrollo no es una consecuencia de la buena voluntad de una empresa, ni de su aprovechamiento de “oportunidades de negocio”. El desarrollo entendido como tal, consiste en desplegar las capacidades productivas del país y proyectarlas hacia adentro y hacia afuera, en un doble movimiento que involucra esfuerzos privados y públicos. Eso que propone Bulat, como lo que proponía el economista del Opus Dei, ya lo probamos: el país fue todo lo “atractivo” que se pudo durante mucho tiempo y terminó vaciado por una razón muy básica: una empresa no viene a desarrollar nada, viene a obtener ganancias lo más rápido posible y con la menor cantidad de controles. No quiere, no está entre sus objetivos promover la industrialización de ningún lugar ni mucho menos mejorar las condiciones de vida de los laburantes. Quiere hacer una diferencia, rápido, si es posible ayer y es más, si esa diferencia está subsidiada mejor (el hecho de que esas ganancias veloces se obtienen en el rubro de servicios me exime de explicar porqué no “invierten” en fábricas o cosas así. Y si desean “invertir” en el rubro industrial, reclamarán flexibilización del obrero industrial, para ser “competitivas”, tal como piden los cretinos locales, que ante todo son capitalistas).
El desarrollo bien entendido necesita mucho laburo, muy complejo, superar obstáculos, articular, consensuar pero además, enfrentarse con quienes impiden por conveniencia o ignorancia, alcanzar los objetivos fijados. No es imposible, pero no es milagroso. No hay milagro, hay mucho sudor y lágrimas.
Un bife atractivo es un buen plato de comida, pero una vez deglutido sólo queda un hueso solitario con la nostalgia de esplendores esquivados.
No hay que dejarse engañar por sofistas como Bulat o como el opusdeista: el camino más rápido, el más simple, es a la vez el más doloroso y al final no hay nada que se parezca a un paraíso.
Nota:
El departamento sigue igual: ni una cosa ni la otra. Exploraron la propuesta veloz del opusdeista (era economista ¿entendés? y hablaba con palabras difíciles y vendía milagros) y se llevaron por delante la renuencia de la administración provincial que consideró que ese camino la llevaba de cabeza a financiar una festichola en la que no participaría y nutriría los bolsillos de algunos vivos, sin lograr otra cosa que un fracaso doble: para el departamento y para el erario provincial (calculo también que no se deslizó el diego correspondiente pero eso lo agrego de mal pensado que soy).
Por supuesto, lo contrario o sea, el proyecto que alentábamos varios y yo, fue supinamente ignorado. Las razones, supongo que son obvias.