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domingo, 25 de septiembre de 2016

LAS HAZAÑAS DE SUPERMAURICIO


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Estas han sido semanas exitosas para el jefe de la administración Cambiemos.
En la cumbre del G20 Mau estuvo a punto de conseguirnos una guerra nuclear con Rusia por hacerle un chiste pelotudo a Vladimir Putin (los amigos de Infobardo la venden cambiada diciéndonos que Putin malinterpretó el chiste de Macri). 
Unos días después su canciller en busca de la silla papal en la ONU, Hola Susana Malcorra, le propuso al Reino Unido cambiar votos por islitas, entregando de hecho las Islas Malvinas a cambio de un gesto de buena voluntad para con ella.
Luego, munido de un humor desopilante, Mau se mandó otro de sus chascarrillos frente a Clinton, con un éxito arrollador: nadie entendió su fino sentido de la ironía.
Y como no estaba conforme con la perfomance obtenida, se mandó otra jodita con el alcalde de Londres Sadiq Khan repitiendo el coro de carcajadas ausentes que había logrado en ocasiones anteriores. 
Pero le pareció poco todo ésto, entonces casi nos consiguió una nuevas invasiones inglesas inventando una charla con la primer ministra británica Theresa May, informándonos con la bocota que lo caracteriza que el Reino Unido estaba dispuesto a sentarse a discutir acerca de la soberanía de las Islas Malvinas. La desmentida de su propia canciller y la del Reino Unido lo despertaron de su frívolo sueño de Isidoro Cañones (y nos ahorraron el uso de aceite hirviendo, ahora que está tan caro).
Para la prensa amiga, lo de Macri fue "un traspié semántico" que no opacó el éxito de la gira. Y sí, es complicado superar el show del chiste descripto anteriormente.
También como parte de su agenda internacional, se sacó una foto besando a su esposa en el recinto de sesiones de la ONU, actividad cuyos alcances diplomáticos no pudieron ser establecidos por este humilde blog y paseó con la susodicha en bicicleta por el Central Park de Nueva York, suponemos que con fines recreativos. Tampoco este insignificante blog logró deducir porqué estos dos hechos centrales de la gira presidencial fueron difundidos por Presidencia, como si fueran tratados bilaterales de comercio y cooperación, quizás es este blog más bien deplorable el que no puede entender la sagacidad presidencial.
A esta loable gesta internacional les faltaban los aciertos de cabotaje: asi que, ni bien bajado del avión que lo había llevado a la ONU, se subió a un colectivo inmóvil de la línea 520, relleno de extras y simuló un viaje en bondi que nunca existió
Uno pensaría que con tanta actividad, el día viernes tenía que descansar. Nada más lejos de la realidad. Ese día Mauricio se subió al helicóptero que lo tenía que llevar a la quinta de Olivos, supuestamente tocó una palanca con la rodilla y casi estrelló el aparato (el helicóptero digo). Dicen las malas lenguas que nunca faltan que en realidad Macri quiso manejar el vehículo y la cagó, como es su costumbre.
Pero a la saga le quedaba el sábado. Ayer salió de gira con sus consortes y para que no le reventaran la cabeza a ladrillazos, llevó al timbreo a su hija Antonia (como escudo humano, claramente). Las fotos de la actividad son tan espontáneas como una foto de la revista Caras.
Así no se puede che. No hay forma de escribir una crónica decente con tantos hechos para enumerar. ¿Viste? Ahora podés ver la novela, la de Mau digo.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

ACELERACIÓN=LOCURA x TIEMPO

Días atrás, por motivos estrictamente personales, tuve que viajar a Mendoza City. Hacía bastante que no me dejaba caer por el pago. No fue una visita turística, por lo que apenas pude pispear la ciudad y las viejas rutinas que he perdido en medio de las mudanzas.
Lanzado a la vorágine de mis actividades, tuve que abordar un colectivo urbano que me trasladó desde Godoy Cruz a Mendoza Capital y viceversa, un viaje de no más de quince minutos.
Ninguna novedad en el asunto, excepto que ahora en Mendoza también se usa un sistema de tarjeta similar a la SUBE, que por supuesto no tenía, por lo cual recurrí a las monedas que siempre faltan en el bolsillo de la dama o la cartera del caballero.
Por supuesto, el tráfico en las calles de Mendoza, más que nada a la siesta, es bastante escaso por lo que disfrutaba mirando a izquierda y derecha como quien se aprende la ciudad de nuevo, cosa que estaba haciendo, sin la presencia de los bocinazos de rigor en las tumultuosas calles de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Pero algo alteraba la calma chicha del viaje, una cierta inquietud, una molestia imperceptible, una alteración que entorpecía el ánimo. ¿Qué cosa podía ser? Pensando que era una siesta de primavera, en Mendoza, en un colectivo al que le sobraban asientos.
Medité algunos minutos y lo descubrí, observando a las personas que bajaban del vehículo.
Me explico.
La secuencia ocurría de esta forma: el pasajero llegaba a la puerta trasera (jamás la de adelante) y tocaba el timbre. A continuación y en la parada correspondiente el colectivo se detenía por completo. El pasajero aguardaba que el vehículo estuviera inmóvil y bajaba.
¿Qué tiene de raro? ¿No se dieron cuenta?
El pasajero esperaba que el colectivo se detuviera por completo, que se quedara quietito quietito, sin amagar ni una sola vez con descolgarse apenas las puertas se abrieran (puertas que efectivamente no se abrían hasta que el bondi estaba detenido).
¡Los tipos esperaban que el micro parara por completo antes de bajarse!
Para un acelerado bonaerense que se lanza al vacío apenas ve que la puerta del bondi se abre dos centímetros, esto era una novedad. La sensata práctica de esperar a que el mamotreto de lata y caucho frene al todo para abandonarlo se estrelló contra la percepción del tiempo (enloquecido) con el que me muevo y se mueven todos los días millones de tipos que corren vaya uno a saber porqué.
Desde la anormalidad cotidiana a la que me enfrento, la adusta normalidad de los pasajeros de un bondi urbano de Mendoza me pareció una excentricidad cuasi insoportable. Me costó otros cinco minutos adaptarme a ese ritmo que me resultaba extraño. Tuve que contenerme para no lanzar alguna invectiva a las personas que, en mi coleto, demoraban el viaje.
Mientras decrecía la impaciencia que me agarrotaba los músculos, fui redescubriendo la alienación que no era la de los lúcidos pasajeros que esperan como corresponde a que el colectivo detenga su marcha para bajar con seguridad y aplomo, sino mía.
Era yo el alterado, el que estaba fuera de mis cabales, como estamos casi todos en esta selva que nos tapa como el agua, en la que sobrevivimos sin saber hasta dónde nos estamos degradando.
No es que crea en los cuentos del buen salvaje o que en el exotismo de una costumbre esté la respuesta a todos
nuestros problemas. De ninguna manera.
Pero si estoy seguro que corremos y no sabemos muy bien para llegar a dónde ni para qué.
¿Moraleja? No. No hay ninguna. De eso también me estoy curando.

lunes, 11 de junio de 2012

JORGITO FRÍAS

Esta pequeña anécdota busca interlocutores, cómplices diría yo.
Lo que voy a contar ocurría en los colectivos de la fenecida Cooperativa TAC. Puede parecer trivial, quién sabe. Pero las imágenes asoman su nariz húmeda cada vez que subo a un bondi, así que, mejor las dejo salir y ya.
Allá lejos y hace no tanto tiempo, comienzo de los años setenta ponele, para no andar mezquinando años, viajábamos con mi madre, que era y es maestra, desde mi pueblo a la capital de Mendoza, o sea, a Mendoza.
El trayecto lo cubría una unidad que conocíamos con el esperanzador título de “Colectivo de La Paz”. No porque fuera una misión en pos de la armonía universal sino porque unía la ciudad homónima de Mendoza con la capital de la misma.
Más de cien kilómetros de pura aventura carretera, sometidos a la crueldad del asfalto y la voluntad esquiva del vehículo que cada tanto expiraba.
Pensemos que no había ruta internacional en ese momento y que la cinta pavimentada a la que todos llamábamos camino era más bien la unión, a la que te criaste, de varios caminos vecinales que atravesaban pueblos y ciudades.
Una de esas ciudades era Palmira. Ubicada a pocos kilómetros de una urbe más importante, San Martín de Mendoza. Era (fue) una ciudad ferroviaria. Por lo tanto la urbanización se extendía siguiendo las vías del tren. Además contaba con una fábrica de pintura, “La Duperial”, ubicada en los márgenes del Río Mendoza y que anunciaba su presencia emanando unos olores pútridos, desagradables y penetrantes que uno no podía dejar de olfatear si atravesaba el lugar. Y el colectivo en el que viajábamos con mi madre lo hacía.
Justo al salir de la zona urbana estaba el puente que cruzaba el río mencionado.
Y al comienzo del puente, una parada.
En ese lugar, en ese refugio subía al colectivo Jorgito Frías.
¿Quién era Jorgito Frías? El se presentaba como “Jorgito Frías, no vidente de Palmira”. Siempre venía acompañado de una mujer, supongo que era su esposa, y llevaba un estuche de acordeón en bandolera.
Tirando a petiso, de pelo negro, no usaba anteojos para ocultar sus ojos. Siempre de impecable traje y con una chalina en los hombros durante el invierno.
Y la voz. Jorgito Frías tenía una voz ronca pero afinada. Una especie de Satchmo local. Como ya habrán sospechado, Jorgito se ganaba la vida cantando en los colectivos.
Seguramente llevaba bastante tiempo en el oficio porque todos los choferes lo saludaban como a un amigo. Él tenía para cada uno una deferencia especial. Los conocía por su nombre, preguntaba cómo estaba la familia, recordaba los nombres de los hijos, etc.
Yo, el niño que era yo en aquella época, miraba con sorpresa a Jorgito cada vez que subía al colectivo. Nunca dejé de asombrarme. Así como tampoco nunca pude dejar de apreciar la precisión de Jorgito cuando tocaba y cantaba, pulsando su acordeón con la soltura de un profesional.
Más tarde en la vida vine a caer en la cuenta que la ejecución del instrumento que desplegaba Frías era de las mejores que he escuchado en la vida: sabía modular la potencia, la calidez de las notas y además, complementar su canto para que resaltaran sus mejores virtudes y ayudara a cubrir los baches vocales.
Cuando cantaba, repito, era como oír a Louis Amstrong entonando tarantelas, cumbias del Cuarteto Imperial y otros temas de su repertorio.
Durante veinte minutos, más o menos, actuaba, luego pasaba recogiendo el dinero “a voluntad” y a continuación, ocupaba un asiento, casi siempre adelante y charlaba con los choferes hasta llegar a su destino. En la terminal de Mendoza bajaba y subía a otro colectivo que hiciera el recorrido inverso.
Lo pude ver durante muchos años, mientras acompañaba a mi madre a “la capital” para realizar trámites y compras. Silenciosamente, alguna vez dejó de aparecer.
Quizás la política hacia los músicos ambulantes se endureció o quizás no pudo viajar más por algún otro motivo.
Sea cual fuere la causa nunca más lo volví a ver.
Y, como ya dije por allá arriba, cada vez que subo a un bondi miro la puerta con ojos de pibe esperando que suba y cante una antigua tarantela fraseada al estilo jazz, acompañado de un ligero “scat” con el que cerraba siempre cada una de las canciones.
Tengo ganas de volver a escuchar “Jorgito Frías, no vidente de Palmira”.
Decía que este relato buscaba cómplices.
Si alguien lo vio, como yo en aquellos años, cuente cuente.
Si alguien sabe qué paso con Jorgito Frías, cuente cuente.
Este tipo que soy ahora sumergido en el torbellino de Buenos Aires agradecerá esa caricia.

martes, 20 de diciembre de 2011

EXAGERADOS

En esa simpática maquinita que se encuentra dentro mismo de los colectivos urbanos, campea una petición que, francamente, es incumplible. Dice así: "Indique su Destino al chofer". Es demasiado, jamás podré responder, y mucho menos a un bondisero que, en definitiva, es un ilustre desconocido.

domingo, 18 de diciembre de 2011

EL CASCABEL AL COLECTIVO

Hay algunas cosas que deben ser revisadas. Varias. Entre las más triviales (o no) se encuentran las tarifas de los colectivos de Larga Distancia. 
¿Por qué?
Lo voy a explicar con un ejemplo del día de hoy, fresquito (el ejemplo, el día más o menos):
Para comprobar que la tarifa de los colectivos de larga distancia es cara, comparé el precio de dos pasajes, ida y vuelta, Buenos Aires-Mendoza. Se simuló la compra on line de los tickets correspondientes. Las empresas elegidas fueron Lan en el rubro aéreo y Andesmar en el de colectivos. Se tomó como referencia el pasaje más barato disponible al día de hoy en avión y el pasaje más cómodo disponible al día de hoy en colectivo, para tratar de compensar la cantidad de horas de viaje con la comodidad del servicio.
Y el resultado fue el que sigue:
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LAN: ida y vuelta, dos pasajes: $ 1.679,76 $
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ANDESMAR, ida y vuelta, dos pasajes:  $ 2.100
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O sea, en contra de la lógica, ir en colectivo a Mendoza cuesta $ 420,24 más que en avión. Y los pasajes de avión no están baratos. Tienen un precio razonable para el tipo de servicio. El problema es que el valor de los pasajes de colectivo de larga distancia están inflado hasta el paroxismo. 
Aumentan silenciosamente todo el año y cuando llega la temporada de vacaciones (invierno y verano) vuelven a aumentar. Y cuando llega la temporada baja los precios no disminuyen, desde ahí arrancan para los próximos aumentos.
Yo creo, pienso, que alguien debería hacer algo. Pero conociendo el paño, seguramente aumentarán los precios de los pasajes de avión para equiparar.

viernes, 4 de febrero de 2011

ANATOMÍA PERIODÍSTICA

Calculo que los periodistas del Diario Los Andes de Mendoza andan necesitando una clase intensiva de Anatomía. Digo, de pronto, me parece. Interesados enviar CV al mencionado pasquín.
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