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miércoles, 3 de julio de 2013

¿CON QUÉ SE MAMA?

Cambienle el remedio o por lo menos bajen la dosis.
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"Se ha elegido, además, privilegiar el proyecto egoísta de vida de adultos dispuestos a ejercer una autonomía que no reconoce límites".
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Insisto, tienen que cambiarle la medicación.

viernes, 3 de mayo de 2013

I NEED A BATHROOM

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El día viene torcido, en la calle hubo suelta de boludos y entre los nombrados me debo incluir ipso facto por lo que tenemos boludo suelto cordero atado parafraseando a Los Redondos y hoy habría que tener los ojos ciegos bien abiertos.
Cansado hasta el fondo de los huesos de tanto lugar común hecho música, harto de los gorgoritos que escupen palabras previsibles en el orden esperado, que se precian de interpretar lo que "quiere la gente" confundiendo lo popular con lo masivo, el gesto contrariado de una oreja lastimada por el martilleo continuo de esos éxitos que mienten una vida que escapa en la dirección contraria para no quedar atrapada entre las frases hechas que esconden la cimitarra bajo el poncho.
"Oh I need the bathroom"
Tarareo para mi mismo, siguiendo los compases de la canción de Focus.
"Oh keep on fighting"
Repito "Oh keep on fighting" como un mantra, casi como el grito de guerra maorí Ka Ora Ka Ora, Ka Oke Ka Oke ("quizás vivamos, quizás muramos"). Allí afuera está la bestia y yo soy la bestia, soy parte de esa bestia que supimos conseguir, ese animal resbaloso, la humanidad que corre tras su cola como el perro mientras conjetura que ese desplazamiento circular es un avance.
Ladra un replicante que el mundo es así que si la vida te da limones te hagas una limonada, si te da pólvora te hagas una granada, si te da cianuro te transformes en Yiya Murano y ¿esperas la respuesta a semejante falacia?. Pero esa respuesta adquiere la misma lógica de la afirmación, uno dice que la cosa es así y el otro que si es así habría que adaptarse a eso que es así. Están tan quietos, tan inmóviles, tan piedra y cemento, que da asco. Simulan moverse, los compases remedan la alegría pero no se dejen engañar, están muertos.
"Esta es la tierra muerta" dice Thomas S. Eliot en el poema "Los hombres huecos": "Somos los hombres huecos/los hombres rellenos de aserrín" esa letanía de ritmos que agitan apenas la superficie del agua "Los ojos no están aquí/no hay ojos aquí/en este valle de estrellas moribundas/en este valle hueco". Existe la tentación de pensar que la mirada surge de esos ojos que no están, pero no, son solo pantallas que repiten la mirada, la dirección y la intensidad de la mirada sugerida y no se apartan ni un ápice de lo indicado incluso cuando creen apartarse de lo indicado.
"Oh I need the bathroom"
Repito.
"Oh keep on fighting"
Se escurre la esperanza que es la posibilidad de conjeturar un paisaje distinto en algún punto que está más allá de las narices. Huye despavorida porque se pasea vestida con un imponente traje de color rojo con lunares amarillos pero los ojos huecos prefieren remedar al bufón que viaja sobre el caballo del comisario y no la ven, y cuando la ven la ignoran, y cuando la ignoran deciden volver a morir aunque no se pueda matar lo fallecido.
"Oh I need the bathroom"
Repito.
"Oh keep on fighting"
Es posible morir dos veces, es posible morir múltiples veces, una y otra vez morir, decidir morir hasta que la muerte sea una banalidad más, camuflada detras del horror que los saltimbanquis nos enseñan a despreciar todos los días. Hasta que pensemos que la muerte, el espanto que acontece a otros es la incomodidad del progreso, el daño colateral del confort. Hasta que esa muerte nos acontezca y la indiferencia, el mal verdadero de este mundo, nos golpee en el pecho.
Cuando se caiga la máscara y el diablo no sea más que una costumbre para asustar a los feligreses, veremos que somos el mal, así como el libre albedrío y también la excusa.
Sabremos que dios es una hipótesis de conflicto y el cielo un lugar para construir.
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miércoles, 24 de octubre de 2012

ENTRE PARÉNTESIS

Si uno lo piensa bien la eternidad es una porquería. Al menos desde el punto de vista humano. ¿Cómo es éso? Supongamos que el nacimiento es la apertura, un primer paréntesis de la existencia singular y que el segundo paréntesis es la muerte. Toda nuestra vida, al menos como sujetos de la especie, discurre dentro de esos paréntesis. Antes y después de ellos está la eternidad, o sea, el tiempo en el que no está nuestro tiempo particular. ¿Podemos aspirar a un tiempo distinto al tiempo contenido entre los paréntesis? Algunos opinan que si, otros que no. Unos postulan el agotamiento de la singularidad al final del segundo paréntesis y otros sostienen que la vida entre un paréntesis y otro es nada más que una etapa de una existencia mayor que contiene todos los tiempos, o al menos, un tiempo distinto.
Pero esta última discusión, dada la opacidad anterior al primer paréntesis y posterior al segundo paréntesis, es baladí. Apenas aparece, la hacemos aparecer, como territorio de especulaciones y deseos. Lo que tenemos, lo que persiste es el espacio-tiempo entre un paréntesis y otro.
Y el tiempo delimitado por cada uno de los paréntesis es pertentorio. Es único. Sólo tendremos este segundo por el instante que dura y luego no lo tendremos más, nos atravesará y será pasado.
¿Qué hacer entonces? ¿Cómo calmar la angustia de percibirnos finitos? ¿Cómo sanar el dolor que nos taladra cuando la muerte viene a corroborar la finitud del otro, de aquellos que han compartido nuestro trayecto individual entre los paréntesis existenciales?
Algunos tienen la fe como motivo y refugio: los existentes individuales persistirán y habrá nuevos encuentros exteriores al paréntesis final. En este caso, hay una certeza fundada en la confianza absoluta en una entidad de origen supranatural, que es en última instancia, la esencia misma de cada existencia individual para la cuál la mortalidad es nada más que la condición opuesta binaria de la inmortalidad. Pero, como ya hemos dicho, esta es una discusión que no podemos abordar dado que luego del paréntesis de la muerte hay para nosotros una oscuridad impenetrable, al menos como seres vivientes. La fe no es discutible, la confianza puesta en ese más allá contiene en sí misma su propia justificación.
Otros no tienen esa fe: postulan que sólo disponen del tiempo entre cada paréntesis y que no habrá luego más tiempo para su singularidad y que no hubo antes tiempo para ella. Que son mientras son y que no serán más cuando para ellos se cierre el paréntesis.
Adviértase que, pese a la diferencia de miradas, a unos y otros los une su persistencia entre los paréntesis. Que sigue siendo el espacio propio de la vida, al menos, de esta vida tal como la conocemos.
¿Entonces?
La clave está en la existencia. Una existencia que sea igual al despliegue del sujeto por el mundo intentando proyectar su interioridad, su subjetividad en el espacio tiempo. Ese despliegue, la conciencia de ese despliegue suele conocerse con el nombre de felicidad.
Y para que el despliegue sea efectivo debe ocurrir aquí y ahora, dentro de los paréntesis. Si alguna felicidad es posible tiene que ver con ese paulatino desenvolvimiento que nos envía al tiempo sin ser tiempo.
Hay que descartar entonces, combatir, refutar, destruir la teleología que identifica el futuro como recompensa del presente. Una serie de futuros venturosos que exigen sacrificios para alcanzar ciertos rangos que son calificados por la ética reinante como fuentes de felicidad. Este razonamiento plantea anular el despliegue de cada sujeto en pos de un futuro despliegue al que podrá acceder una vez que complete su cuota de infelicidades, o sea, de retraimientos. Y esto no significa que no sea necesario el trabajo humano ni que para adquirir cierto volumen de despliegue no se requieran esfuerzos persistentes y sistemáticos. No es esto un elogio de la desidia. De lo que se trata es de que los esfuerzos lleven implícita la marca de nuestro despligue y que contribuyan a constituir un sujeto que va descubriéndose en las encrucijadas. Que nuestros esfuerzos no sean apropiados, no nos sean sustraidos, en función de una lógica finalista, por un sistema que se alimenta de la renuncia masiva de mucho sujetos a los que se impide la felicidad, o sea, el despliegue por el mundo.
Hay que desterrar esa ética, esa trampa que nos convierte en engranajes. No tenemos más tiempo que éste para desplegarnos por el mundo. No hay últimos que serán primeros ni primeros que serán últimos en el breve espacio entre los paréntesis inevitables.
Y ninguna institución que propugne la renuncia como condición de la existencia merece alguna consideración.
Quedará para otro momento la charla sobre la libertad como condición del despliegue por el mundo y la libertad de los otros como suma que permite el despliegue de la existencia individual, pero a la vez colectiva en un doble movimiento.
Me gustaría culminar estas reflexiones sueltas con una idea que le afané a Lyotard: lo acontecimental es infinito. Esa auspiciosa complejidad de lo real es lo que abona mi esperanza.