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Una de las características centrales del votante PRO es su incapacidad para conjeturar la existencia de un otro que es tan humano como él. Un otro en donde la espeficidad humana también está objetivada y que además de su derecho a la existencia concreta en cuanto ser vivo, también tiene derecho a desplegarse en el mundo como un ser autónomo, dentro de su propio proyecto. Por tanto, este otro que se aparece frente a mi necesita las condiciones objetivas para ese despliegue. Su despliegue es también mi despliegue en tanto yo también soy el otro en muchas relaciones sociales.
Esta situación abre una mirada novedosa en cuanto a la concepción de libertad que abandona el paradigma de autonomía parcelada, que se resta, para alcanzar la autonomía ampliada, colectiva, en donde soy más libre, más autónomo, en tanto el otro sea más autónomo.
El fundamento de un proyecto de emancipación se encuentra ahí: en considerar que la libertad se suma, no se resta.
El votante PRO no adscribe a esta forma de pensar la sociedad. Para él la libertad consiste en mantener su autonomía dentro de la parcela que tiene asignada, resguardando ese espacio y solo ese espacio. La ampliación de esa parcela solo puede corroborarse -considera el PRO- apropiándose de las parcelas de autonomía de otros actores, quitándoles posibilidades de despliegue para potenciar el suyo.
Por eso, para justificar esta exanción, el otro debe ser menos humano. De esta forma, una vez disminuido como sujeto, puede ser sometido, explotado.
De alguna forma es un proceso de anonimización progresiva en donde el otro desaparece como totalidad y queda en pie solamente su fuerza de trabajo. Si ya sé, esto lo dijo el barbudo hace mucho y sigue teniendo razón.
Esto además demuestra la condición de pensamiento sin profundidad ni densidad existencial del liberalismo, y en particular de sus nuevas formas. Pero esto es tema para otro post.
Este terminó acá.

