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Desde que Mauricio que es Macri ejecutó esa deplorable danza en el balcón de la casa rosada tengo la espantosa sensación de vivir en medio de una pesadilla. Cada día al levantarme y revisar por encima las ¿noticias? que publican los diarios de la prensa seria e independiente del país compruebo cómo Macri y la pandilla de turbios personajes que nombró en su gabinete de cómplices ataca y destruye el país convirtiéndolo en el Playhouse de la oligarquía.
Observo impotente la demolición del estado para transformarlo de nuevo es una estructura boba y sin peso específico.
Observo además como una recua de ¿ciudadanos? aplaude y festeja esta operación sin comprender el motivo de tanta algarabía.
Observo los despidos en sectores claves del estado, despidos que sirven para disciplinar y favorecer el ingreso de los "privados" en ciertos negocios para los cuales hay que desarmar por ejemplo los trenes, el desarrollo satelital, etc.
Observo la adopción de una política exterior de sumisión y dependencia.
Observo que la ceguera de los nuevos funcionarios nos puso en la mira del terrorismo internacional.
En fin, tantas cosas que apenas logro enumerar.
No me sorprende lo que hace Macri, Michetti, Vidal y compañía. Porque son ellos, porque nos avisaron, porque fueron explícitos en grado de obscenidad.
Me sorprende que los tipos que están sufriendo las consecuencias de la revolución de la alegría los hayan votado. Aún sabiendo que ellos eran el blanco de esas políticas, que la parca con forma de Prat Gay les estaba apuntando al cogote desde antes de que hubiera cualquier elección.
Me soprende que tipas y tipos tan preocupados por la corrupción hayan votado a un palurdo con 214 causas en su mochila, con un equipo de cosos que reunen causa sobre causa, procesamiento sobre procesamiento.
Me sorprende aún más que, con el evidente ataque a la clase media (o mierda) llevado adelante por todo el equipo de Macri, aplaudan como focas sin comprender, sin entender o, lo que es peor, entendiendo o comprendiendo lo que los convierte en sádicos.
Me sorprende.
No sé cuántos papanatas compraron lo de la "revolución de la alegría".
Lo que hay, lo que tenemos, lo que nos está ocurriendo en nuestras narices, es la revolución de la tristeza.
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