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martes, 5 de marzo de 2013

ACERCA DEL TODISMO

El Todismo es una doctrina polìtica sinecdóquica que pretende, mediante el discurso, transformar una mirada parcial en una postura homogénea y absoluta, compartida por un universo de sujetos invocados en ausencia que, supuestamente, coinciden en un todo con lo enunciado.
Así, en vísperas de nuevas convocatorias a cacerolazos nos encontramos con frases como "Argentina Unida" o el más combativo "Ahora el pueblo va por todo".
Hablemos un poco de estas expresiones que pertenecen al universo del Todismo.
El primer slogan "Argentina Unida" indica que la unión se produce en torno a la propuesta del cacerolazo. Por tanto, da por sentado que TODOS en Argentina comparten las consignas de la protesta. Pero como podemos deducir a simple vista, no todos comparten esas consignas. Ya que necesitamos un ejemplo para falsar el asunto, yo, que soy argentino, no comparto las consignas de la protesta. Por tanto, la consigna "Argentina Unida" es falsa en tanto al menos un argentino, en este caso yo, no comparte la naturaleza de la protesta.
Veamos la otra frase: "Ahora el pueblo va por todo". Aquí la pretensión todista está alojada en "pueblo". Una entidad vaporosa, un flatus vocis que engloba vaya a saber qué o quién. Veamos, si hay al menos un sujeto de ese pueblo que no comparte la naturaleza de la protesta convocada, en este caso de nuevo yo, la apelación "pueblo" como un todo homogéneo que comparte la necesidad del cacerolazo se desmorona porque hay al menos un integrante del universo invocado que no está de acuerdo con la protesta. Consigna refutada entonces.
Lo que pretende hacer el Todismo, expresado tan bien en estas dos frases, es sustituir a quien dice representar con sus consignas. Sustituirlo y convertir el silencio del ausente en anuencia. Una anuencia que luego es invocada como fuente de legitimidad. No cuenta la diversidad, ni el diàlogo, ni el consenso o el disenso. La proclamada apelación al intercambio de opiniones queda anulada por el tenor de las frases, que son profundamente violentas en tanto pretenden forzar un acuerdo en donde no lo hay ni lo habrá.
El todismo peina largas canas blancas. Un tipo como Ortega y Gasset se atrevió a decir (y muchos lo repiten como letanía y certifican su aceptación moviendo la cabeza) "Argentinos a las cosas". Una expresión todista en toda la línea. Obsérvese la pretensión del español: enrolar a todos los argentinos en la categoría de gente que habla y no hace nada, dejando pasar las oportunidades. Siguiendo esa línea de pensamiento, deberíamos concluir que Argentina fue construida por sujetos distintos a los habitantes del país, en tanto éstos se encontraban discutiendo y no haciendo nada.
La trampa consiste en transformar la parte en el todo. Quizás Ortega y Gasset estaban pensando en una porción de los argentinos, pero al expresar su dudosa afirmación generalizó características particulares. Si si, lo que Uds. piensan es correcto: ese es el dispositivo que utiliza el racismo. En el mejor de los casos es un estereotipo de sentido común que quizás nombre a una porción del universo aludido pero que no lo define como pretende Ortega y Gasset.
"Argentinos a las cosas" más que una frase admonitoria es una descalificación con sabor a superioridad poco disimulada.
Superioridad que es la piedra de toque del Todismo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

CONFORTMARSE

Este blog está un poco autobiográfico en etos días. Sepan disculpar las limitaciones que tal situación presenta, pero, como dijo Hume, hay que partir de la experiencia y, como martilló Kant, organizarla mediante la razón.
Durante mucho tiempo, y aún ahora, diversos y múltiples seres humanos me han calificado como un pesimista incurable. Uno que le busca la décimonovena pata al gato, que anda hurgando en cosas que nadie escarba para encontrar cuestiones que la mayoría prefiere ignorar. "-Así no se puede ser feliz" me dicen y se compadecen de que vea el mundo color negro tormenta.
Cuando recibo algún planteo de este tipo recuerdo inevitablemente a Antonio Gramsci. El Antonio que fundó el PCI, Partido Comunista Italiano. Seguro habrán escuchado mentar a Gramsci en estos días en boca de algunos tipos que retoman el concepto de "guerra de posiciones" sin entenderlo pero que se cuidan muy bien de citar "la reconstrucción del sentido común de la clase subalterna" que los haría retroceder espantados en tanto los subalternos podrían descubrir que además de la plusvalía, el capitalismo les ha robado la palabra y su sentido.
Decía que recuerdo a Gramsci y otro de sus conceptos: pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad. El sentido original de esta frase está enmarcado en la crítica al determinismo, el fatalismo y el escepticismo (cuántos "ismos") que imperaba en el PC italiano en formación.
Yo dialogo con ese concepto desde que lo conocí. Hace tiempo ya escribí un texto bastante elemental que involucraba lo dicho por Gramsci graficado por la oposición entre Ortega y Gasset y Jean Paul Sartre que formulé hipotéticamente.
Ortega y Gasset en el prólogo a su libro "La Rebelión de las Masas" indicaba la impertinencia de las revoluciones, su apuro e intempestividad:
Dice Ortega:
"En las revoluciones intenta la abstracción sublevarse contra lo concreto; por eso es consustancial a las revoluciones el fracaso. Los problemas humanos no son, como los astronómicos o los químicos, abstractos. Son problemas de máxima concreción, porque son históricos. Y el único método de pensamiento que proporciona alguna probabilidad de acierto en su manipulación es la "razón histórica"
La razón histórica nos muestra la vanidad de toda revolución general, de todo lo que sea intentar la transformación súbita de una sociedad y comenzar de nuevo la historia (...). Las revoluciones, tan incontinentes en su prisa, hipócritamente generosas,de proclamar derechos, han violado siempre, hollado y roto el derecho fundamental del hombre, tan fundamental que es la definición misma de su sustancia: el derecho a la continuidad. La única diferencia radical entre la historia humana y la "historia natural" es que aquella no puede nunca comenzar de nuevo. Köhler y otros han demostrado cómo el chimpancé y el orangután no se diferencian del hombre por por lo que, hablando rigurosamente, llamamos inteligencia, sino porque tienen mucha menos memoria que nosotros. Las pobres bestias se encuentran cada mañana con que han olvidado casi todo lo que han vivido el día anterior, y su intelecto tiene que trabajar sobre un mínimo de material de experiencias. Parejamente, el tigre de hoy es idéntico al de hace seis mil años, porque cada tigre tiene que empezar de nuevo a ser tigre, como si no hubiese habido antes ninguno. El hombre, en cambio, merced a su poder de recordar, acumula su propio pasado, lo posee y lo aprovecha. El hombre no es nunca un primer hombre: comienza desde luego a existir sobre cierta altitud de pretérito amontonado. Este el es tesoro único del hombre, su privilegio y su señal. Y la riqueza menor de ese tesoro consiste en lo que de él parezca acertado y digno de conservarse: lo importante es la memoria de los errores, que nos permite no cometer los mismos siempre. (...) Por eso Nietzsche define al hombre superior como el ser "de la más larga memoria".

Romper la continuidad con el pasado, querer comenzar de nuevo, es aspirar a descender y plagiar al orangután." ("La Rebelión de las Masas", Prólogo para franceses, José Ortega y Gasset)
...
Más allá de las imprecisas referencias y de los giros retóricos que ejecuta Ortega lo dicho es nada más ni nada menos que un elogio del status quo. Por más aderezos que se deseen agregar a esta ensalada de conceptos que Ortega vierte como al pasar uno puede detectar la trampa que se oculta detrás de la equiparación de reproducción natural y reproducción social que recorre el texto. Ortega, por error o ex profeso, dice que todos tienen derecho a la continuidad, o sea, a vivir mañana y que para eso, en el hombre, es necesaria la memoria, que es la memoria de la sociedad. Sin duda, el sujeto pretende persistir en el tiempo como condición implacable para su existencia y despliegue en el mundo. Pero hasta aquí llegó el acuerdo. Porque a continuación tendremos que pensar en los modos de esa reproducción social. O sea, reproducir la sociedad tal como está consolidando la estructura social conocida con sus injusticias, privilegios, clase hegemónica, etc. o cambiarla para reproducirla en otros términos.
Colocar en el mismo plano continuidad para sobrevivir y continuidad de la sociedad tal como está es un engaño que puede atrapar con facilidad a los desprevenidos.
Ortega y Gasset deplora cualquier alteración del status quo (como ya hemos dicho) y lo defiende elaborando una argumentación en donde mezcla sobrevivencia y reproducción social sin orden ni continuidad.
¿Es Ortega un pesimista o un optimista? En mi humilde opinión, lo de Ortega es pesimismo de la voluntad. Subyace en sus propuestas la consideración de la sociedad como anterior y superior al sujeto, inmutable, continuidad de la continuidad, en la que el sujeto tiene "derecho" (que en este texto designa más bien una obligación) a persistir en las condiciones en la que ésta se encuentra. Ortega es un optimista de la inteligencia porque le reconoce a lo concreto existente una lógica emparentada con las leyes naturales (aunque parezca lo contrario) y confía en ese orden a rajatabla.
Del otro lado del puente está Sartre.
Un existencialista, tal como dice Sartre, es alguien que postula que la existencia precede a la esencia y que cada uno es su propio proyecto. O sea, no es sino que se construye. No hay excusas, dice Sartre. Hay una dureza optimista, alejada del determinismo. Somos fruto de nuestras elecciones, somos lo que hacemos de nosotros.
Por tanto contruimos nuestra existencia individual y colectiva en la práctica y ésta va en la dirección que la lleven los actos y elecciones de los sujetos. La sociedad es la sociedad que construimos (a partir de lo dado, cosa que no podemos obviar).
Semejante planteo sugiere pesimismo, pero no. Lo que hay es, por fin, lo que Gramsci propone en su frase: pesimismo de la inteligencia. Lo dado, a lo que hemos arribado es un orden injusto, en donde unos explotan a otros, en donde campea el hambre, la guerra, la violencia, etc., pero mediante nuestros actos podemos modificarlo, no es solo continuidad, el status quo es una construcción. Pensar lo anterior es también considerar que el mundo no es inmutable: o sea, puede ahora ser una bazofia pero también existe la posibilidad de cambiarlo y convertirlo en humano.
El pesimismo de la inteligencia permite desmontar y analizar los componentes del orden social que se desea cambiar y el optimismo de la voluntad empuja la capacidad de modificarlo.
Los optimistas a ultranza son, en realidad, pesimistas, en tanto piensan que las cosas "son como son" y que lo único que resta es adaptarse. El pesimista, al menos el de mi especie, sostiene que el mundo se puede cambiar porque lo dado es nada más que una objetivación de procesos anteriores. De lo que se sigue que puede modificarse mediante acciones que vayan en otra dirección.
Eso, en definitiva, es lo que pienso, de un tirón sin repetir y sin soplar, cada vez que me dicen que debería mirar la vida con un filtro color de rosa.

miércoles, 15 de agosto de 2012

CON EL CULO NO

La tocada de culo cotidiana, permanente, persistente, es algo a lo que uno no debe acostumbrarse, porque en ese caso, la naturalizaría y sería más complicado entender que no está bien que te vivan metiendo el dedo en el tujes.
Y cuando digo ésto pienso en toda la multitud de a pata que viaja en el tren, en subte, en colectivo, que apenas llega a fin de mes, que intenta con la mejor buena voluntad apoyar un rumbo que promete mejorarle la vida en algún momento. Tan escasos estamos de esperanza que ni siquiera tenemos plazos perentorios. Esa multitud es la que experimenta la tocada de culo.
Si uno lo piensa, esa multitud, el famoso colectivo electoral que se objetiva en un caudal de votos, tiene el culo al alcance de la mano. Excepto en ese momento, el del voto, momento acotado, escaso, perceptible a nivel estadístico, la multitud tiene un tujes vulnerable. El que mete el dedo sabe que la memoria colectiva tiene baches que son fácilmente explotables y apuesta a que el olvido sobrevenga de la mano de algún paliativo momentáneo, tan efímero como el instante del voto.
Y si se enojan los podemos acusar de terroristas, resentidos, zurdos, utopistas, etc. y darles duro en la cabeza para completar el camino de Kundalini.
Esa multitud, que no es el hombre masa como decía el monárquico Ortega y Gasset sino el hombre apaleado, convertido en masa a fuerza de garrotazos, de los reales y de los otros que duelen tanto como los anteriores, es infinitamente vulnerable. A cada individuo de esa multitud se lo puede someter a presiones indecibles con la confianza de que no reaccionará. Para que reaccione deberá aclararse el agua del Río de La Plata. Se sabe que esa multitud identifica con poca eficacia al culpable de sus endechas, que no puede señalar con certeza a los responsables del quilombo que le aqueja. Entonces, el metedor de dedo habilidoso, transforma ese dolor, esa angustia informe en indignación. Indignación que es un sentimiento superficial, que se verifica sobre la piel y que, una vez vaciada en algún objeto de odio, se diluye sin mayores costos políticos.
Y continúa con la tocada de culo.
Desplazado el objetivo del enojo, él puede arrellanarse en su cómodo sillón y disfrutar de la impunidad que lo cobija.
Por supuesto, el culo del poderoso es más sensible. Por eso a ése no se le toca o, si eso va a ocurrir, le avisan con anticipación para que no se enoje demasiado. Es más, le ofrecen culos alternativos para que se rompan antes del suyo. Solo en última instancia le meten, tímidamente, el dedo ahí donde la espalda pierde su buen nombre.
Y al hacerlo, los tipos tiemblan, tienen pánico a la reacción del culo poderoso.
Por eso, la mayoría de las veces prefieren tocarle el culo a la multitud y dejar las asentaderas privilegiadas a salvo de cualquier percance.
Me encantaría decir que alguna vez nos cansaremos de la tocada de culo. No lo sé. Tanto tiempo hemos tenido el dedo metido sin decir este agujero es mío que ya no tengo la confianza de antaño.