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martes, 18 de abril de 2017

CINE MUDO

Demasiado
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Para ahorrar gastos (ahora que está de moda) fusionemos todo en un solo lugar: ya que se gobierna desde los estudios de Canal 13 y TN traslademos toda la estructura de la Casa Rosada a Constitución y vendamos esa propiedad. Imaginate las torres de ocho mil pisos que se pueden levantar y tendrías una vista privilegiada: de un lado el Cabildo, la Catedral y la Plaza de Mayo y del otro lado el Río de la Plata. Negoción.

viernes, 5 de julio de 2013

LA MALDICIÓN DE LOS ZOMBIS

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Ayer, encerrado en casa disfrutando de una tos que insiste en quedarse, tuve la peregrina idea de pegarle una mirada (on line) a la nueva película de Brad Pitt "Guerra Mundial Z". Por supuesto, la versión que encontré había sido grabada en una sala de cine y se escuchaban las voces de los grabadores. Bastante bizarro el asunto te voy a decir.
Decía, intenté verla pero no pude pasar de los veinte primeros minutos. Por que me sentía bastante mal y porque las películas con zombis (al igual que las de vampiros fashion) me tienen un poco cansado. Entonces, a pesar de la profusión de escenas de acción y al abrumador depliegue de efectos especiales, me aburrí.
Pero algo me quedó en la cabeza.
Hubo una escena que me impresionó. No por su intensidad o solvencia actoral sino por la metáfora subyacente.
Paso a describir el asunto: Brad Pitt y su familia han descendido de su vehículo. Se observa en la calle que la gente escapa, huye aterrada. Lo que asusta a las personas está ahí detrás, en el horizonte que por ahora no se alcanza a ver.
Pitt saca a su familia del auto y les indica que tienen que correr. Pero él se queda mirando a un señor, un señor muy clase media, remerita y camperita haciendo juego, saludable como protagonista de comercial de Colgate. Como él, el tipo huye de la hecatombe que se avecina.
El aludido señor observa un instante hacia atrás, luego sube al vehículo e intenta darle arranque. En ese momento un zombi (creo que mujer, lo que reforzaría lo que estoy a punto de decir) se estrella contra el parabrisas, lo atraviesa y muerde al señor.
Pitt no se pierde detalle de la situación, siempre está observando, esto hay que tenerlo en cuenta.
El mordido cae aparatósamente del automóvil y en un primer momento, estira la para con el mayor éxito. Pero luego, en medio de una contracción general del cuerpo, resucita, esta vez convertido (como todos sospechan) en un zombi que a su vez ataca a otro vehículo. Y así ad nauseaum.
Ahora hagamos la exégesis correspondiente.
Pitt es testigo de una metamosfosis prodigiosa: un tipo común y silvestre, el sujeto por antonomasia que ensalza la publicidad de casi cualquier cosa, inofensivo, incapaz de hacerle mal a nadie es inoculado vía mordida con un agente patógeno que lo transforma en una amenaza.
Calculo que ya se habrán dado cuenta del rumbo de esta pequeña reflexión apresurada.
Podríamos resumir la conclusión de esta manera: cualquier sujeto es una amenaza, incluso los que no parecen ser una amenaza. El mal puede inocularse en el tipo más bonachón del planeta y convertirlo en una máquina asesina. Póngale Ud. al patógeno citado el nombre que quiera: mordida de zombi, ideas revolucionarias, fanatismo religioso, etc. Cualquiera de estos factores puede hacer que cualquiera se vuelva peligroso, a punto tal que la única salida es exterminarlo.
Para evitar el daño que pueda causar y, menudo detalle, el contagio.
En cualquier lugar puede estar el enemigo: no solo bajo la forma de un tipo armado hasta los dientes trepado a una camioneta apuntándonos con su AK47. No, también en la casa de al lado en la persona de un señor que cumple con todas sus obligaciones, es un esposo fiel y padre amoroso que puede ser inoculado con algún peligroso virus.
Hay que sospechar de todos dado que cualquiera es un enemigo mortal en potencia. Por supuesto, la vigilancia está plenamente justificada: puesto que el otro es un un peligro latente, aunque ahora nos de la mano y pregunte por nuestra familia, se hace imprescindible controlarlo, espiar su intimidad, vigilarlo y tratar de descubrir sus motivaciones íntimas, diseñando escenarios de respuesta por si se vuelve un enemigo.
Porque todos, absolutamente todos, son zombis en potencia.
Por eso hace falta la mirada panóptica superpoderosa que nos permite estar a salvo. Incluso de nosotros mismos.
Dije que hablaría de una metáfora.
Eso he hecho.
Cualquier parecido con la realidad, etc...

viernes, 25 de enero de 2013

LOS PERRITOS DE PAVLOV IV

Imágenes del Naufragio:
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1.-En la pelìcula "Todopoderoso" protagonizada por Jim Carrey, Morgan Freeman y Jennifer Aniston, debido a una serie de situaciones bastante imprecisas, el protagonista, Jim Carrey, obtiene los poderes de Dios. ¿Qué es lo que hace entonces? ¿Usa ese poder para mejorar el mundo? ¿Mitiga el hambre de millones de seres humanos? No. Aumenta el tamaño de los senos a Jennifer Aniston, hace que su perro mee en el inodoro y le levanta la falda a una señorita para mirarle el culo, entre otras hazañas. No vaya a ser que, puesto en posesión del poder de la divinidad se le ocurra cambiar el mundo, aunque más no sea en una película de cuarta.
2.-En una escena de la saga "Indiana Jones", Harrison Ford, que encarna al personaje principal, se enfrenta a un árabe, creo. El nativo blande con una habilidad envidiable un sable y despliega frente al elemental "aventurero" una serie de movimientos destinados a amedrentarlo. Indiana Harrison Ford entonces lo mira con desdén y le dispara con un arma casi con indiferencia.
Este gesto muestra en una sola escena la actitud que despliega el Tío Sam por el mundo: la prepotencia de la superioridad técnica, el desprecio a cualquier forma de cultura que se interponga en su camino, la indiferencia con la que aplasta a cualquiera que se atreva a cuestionar su pretendido papel de justiciero del mundo.
3.-La película "Hostel" producida por Quentin Tarantino (cuya adicción patológica a la violencia empaña, a mi juicio, su producción cinematográfica) es una apología de la tortura. En países como Argentina, Chile, Uruguay, etc., "Hostel" es una afrenta, dado que muestra con lujo de detalles una serie de torturas varias con una cámara que no cuestiona la inmoralidad de las mismas sino que se enamora, con sadismo perverso, de cada una de las situaciones. Y luego lanza al protagonista a otra orgía de violencia mientras se venga de los torturadores, otorgándole una legitimidad fuera de discusión a unos y a otros.
Una escena de ese filme muestra a un yanqui, un wasp de pura cepa, torturando a una chica oriental. Para torturarla usa las manos. A los gritos, el torturador indica que tiene que aplicar tormento "a la manera norteamericana", o sea, con la misma prepotencia e impunidad, valiéndose solo de su fuerza, o sea, de la posición de superioridad que conforma una víctima atada a una silla y un victimario que no tiene que dar cuenta de sus acciones a nadie.
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De muestra bastan estos tres botones ¿no?
Si se les ocurren más ejemplos, bienvenidos sean.

miércoles, 23 de enero de 2013

LOS PERRITOS DE PAVLOV III

Señalemos al menos uno de los vicios de ciertas películas del cine argentino: algunos filmes nacionales recurren al viejo truco de oscurecer y enturbiar el agua para que parezca profunda. Y a renglón seguido desdeñan cualquier crítrica señalando que no comprenden el lenguaje cinematográfico que usan.
Esto no es así ni un poco: quienes de verdad pegan un salto cualitativo en cuanto al lenguaje cinematográfico lo hacen buscando un medio más idóneo, más contingente con las historias que pretenden contar. Pero lo que antecede a ese salto es la necesidad, la urgencia, de encontrar nuevos medios expresivos para reflejar lo que se quiere contar, relatar, etc. Hay algo para decir y los medios formales con los que cuenta el director no alcanzan para reflejar su mirada.
Pero hay algo que decir. Ahí está la diferencia. Sobre ese punto no hay confusión alguna. Hay un mensaje que quiere ser expresado y el director necesita desarrollar sus propios medios expresivos a fin de poder decir lo que quiere decir de la manera más fiel.
Al contario, cuando lo que se quiere decir es banal, pagado de si mismo, esa metafísica de la fiaca que algunos directores enarbolan como un surrealismo de entrecasa.
Algo que, por ejemplo, no impresiona a un tipo como Carlos Sorín que, sin ampulosidad ni prosopopeya se propuso contar en "Historias Mínimas", e hizo justo éso, contar historias mínimas con una solvencia que impresiona. Historias comunes pero no desprovistas de poesía. Con lo que tenía a mano.
Eso nomás.
Nos vemos.

martes, 22 de enero de 2013

LOS PERRITOS DE PAVLOV II

Esta semana venimos cinéfilos. Que lo parió.
Continúo con el razonamiento medio esbozado ayer en el post de marras. En este caso, como ejemplo del adiestramiento mentado, cito una anécdota que me relató una amiga del trabajo hace un par de años.
La cosa es sasí:
Mi amiga y su novio concurrieron a uno de esos multicines de shopping a ver la pelìcula "Déjame entrar". Aclaremos: el tema secundario de esa película es el vampirismo, pero no es el leiv motiv del filme. La historia gira sobre otros ejes bien distintos y la condición vampírica de uno de sus protagonistas es una circunstancia. Por supuesto que esa condición determina cierto tipo de relación y una distorsionada línea de tiempo, pero la narración recorre otros derroteros, profundos, polémicos, contradictorios.
Pero la pancarta de publicidad de "Déjame Entrar" indicaba que había un vampiro involucrado y las buenas gentes acostumbradas a la mirada que tiene yanquilandia sobre los vampiros creyeron que verían una historia plagada de acción, sangre. monstruos fantásticos y justicieros armados con estacas nucleares. Entonces compraron la entrada y se acomodaron en sus asientos esperando ser asustados de la forma convencional.
¿Y qué ocurrió?
Que en la pantalla apareció en toda su belleza la película "Déjame entrar". Y nunca hubo vampiros monstruosos, ni héroes armados hasta los dientes, ni explosiones, ni estallidos, ni invocaciones altisonantes acerca del bien y el mal que definen por penal, según Divididos.
Lo que hubo fue cine, con un lenguaje diametralmente opuesto al de la usina estadounidense, fundado en la mirada de un director sueco, Tomas Alfredson y los dilemas que esa sociedad presenta, mostrados con una precisión cuasi quirúrgica.
Y eso tomó por sorpresa a casi todos los espectadores de la sala.
Mi amiga me contaba que la mayoría abandonó sus asientos al promediar la primera media hora (luego de constatar los espectadores que no habría explosiones sangrientas ni vampiros vestidos como Tarja Turunen) y el resto aguantó quince minutos más. Al final de la proyección en la sala habían quedado una veintena de personas. Veinte personas felices, a juzgar por los aplausos que le propinaron a la pantalla.
Salieron, decía mi amiga, ella y su novio del cine con una sonrisa de oreja a oreja.
Afuera, decía mi amiga, había una cola nutrida para ver la última comedia de Jennifer Aniston.
Los perritos de Pavlov.

lunes, 21 de enero de 2013

LOS PERRITOS DE PAVLOV

Años de adiestramiento nos han llevado de cabeza a la descalificación a priori de cualquier película cuyo origen sea distinto a la industria cultural de yanquilandia. No me refiero solamente a pelìculas argentinas (cuya sola mención parece causar urticaria a más de uno, acompañada de un gesto de asco similar al de la persona que pisa caca con las patas descalzas) sino a un sinnúmero de producciones de países diversos con una gran y rica producción cinematográfica.
De tanto bombardeo, nuestra percepcién estética legitima sin mayor inconveniente los cliches del cine de EE.UU. y juzga el universo del cine desde ese criterio (que de paso y salvo honrosas excepciones es estrecho, primitivo y cargado de una moralina insoportable) considerando que una película es buena en tanto se parezca al menos un poco al lenguaje promedio del cine estadounidense y no es aceptable si se aleja de él.
Adiestrados en los tiempos, tomas y guiones que impone la usina del norte, cualquier alteración de esa descripción del mundo (por ejemplo, una película en donde la noche sea noche y no esa media penumbra luminosa que pasa por noche en los filmes gringos) solo consigue "aburrir" al espectador, dado que sus esquemas perceptivos no reconocen lo habitual y condenan otras miradas.
Es ésta una discusión que deberíamos enfrentar con la mayor seriedad. Porque la apropiación de la representación del mundo es una derrota que no deberíamos pasar por alto.