Años de adiestramiento nos han llevado de cabeza a la descalificación a priori de cualquier película cuyo origen sea distinto a la industria cultural de yanquilandia. No me refiero solamente a pelìculas argentinas (cuya sola mención parece causar urticaria a más de uno, acompañada de un gesto de asco similar al de la persona que pisa caca con las patas descalzas) sino a un sinnúmero de producciones de países diversos con una gran y rica producción cinematográfica.
De tanto bombardeo, nuestra percepcién estética legitima sin mayor inconveniente los cliches del cine de EE.UU. y juzga el universo del cine desde ese criterio (que de paso y salvo honrosas excepciones es estrecho, primitivo y cargado de una moralina insoportable) considerando que una película es buena en tanto se parezca al menos un poco al lenguaje promedio del cine estadounidense y no es aceptable si se aleja de él.
Adiestrados en los tiempos, tomas y guiones que impone la usina del norte, cualquier alteración de esa descripción del mundo (por ejemplo, una película en donde la noche sea noche y no esa media penumbra luminosa que pasa por noche en los filmes gringos) solo consigue "aburrir" al espectador, dado que sus esquemas perceptivos no reconocen lo habitual y condenan otras miradas.
Es ésta una discusión que deberíamos enfrentar con la mayor seriedad. Porque la apropiación de la representación del mundo es una derrota que no deberíamos pasar por alto.
Decálogo del Progresista Negro- actualización doctrinaria
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