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Hoy, precisamente hoy, comprendo un poco más (solo un poco más) al pueblo peronista que fue proscripto durante 18 años. Me imagino la angustia y el pavor de todos esos laburantes que por obra y gracia de un golpe de estado se quedaban sin protección, sin amparo. Y mucho peor, se convertían en el blanco móvil y débil con el que los salvadores del país, sus cómplices y las clases bien pensantes que festejaban la existencia del cáncer se ensañaban.
Toda la perversión provocada por el resentimiento que habían acumulado durante los dos primeros gobiernos peronistas debido al acceso del pobrerío a los bienes que estaban reservados para una clase social y sus acólitos bobos, se descargó de golpe sobre la espalda de los orejones del tarro. Estigmatizados, perseguidos, asesinados, vejados, lo que a vos se te ocurra.
Pero esa venganza dejó huellas profundas en el tejido social. Esa revancha provocó la resistencia peronista y luego, al calor de dictaduras cada vez más crueles que profundizaban los objetivos de la revolución libertadora, se volvió resistencia armada y por fin, ejércitos populares, guerrillas urbanas y rurales, etc.
Hoy, cuando todavía no han asumido su mandato, el PRO y sus cómplices (iba a decir UCR pero es un sello vacío) piden a los gritos lo mismo que exigieron sus ancestros en 1955: venganza. Esa venganza que se salía de madre cuando iban a marchar a una plaza con la excusa de la república. Se les cae la baba, con los ojos inyectados en sangre y piden la cabeza de este o aquel, lanzan pullas en las redes sociales con una impunidad sorprendente, muestran lo que intentaron esconder por tanto tiempo: quiénes son de verdad, no esos monumentos a la nada perfumados por dior, sino monstruos ávidos de revancha que podrían asesinar con sus manos a los negros de mierda (¿recuerdan la película Hostel? si tienen estómago véanla, hay ahí una metáfora digna de tenerse en cuenta).
Ensoberbecidos por el triunfo de su líder, reclaman dejar la tierra limpia de KKs, borrar la memoria maldita que los cuestionó durante doce años en donde no pudieron hablar solos, en donde se puso en duda cada cosa que decían, en donde los bajamos de los pedestales para que dieran cuenta de sus actos. Aún antes de tener nada en su poder. Ya planean una gestapo amarilla y ellos se ofrecen como camisas multicolores.
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No aprendieron nada de la historia. Ni un poco.
Esa venganza que piden y se huele en el gabinete clasista de Mauricio Macri provocará la reacción contraria. La provocación permanente, poner en puestos clave a personajes que causan una irritación infinita no saldrá gratis. Poner un revólver en la cabeza de los que no votaron a Macri (y los que lo votaron que sufrirán igual que el resto) no es un movimiento que pueda pasar así como así, sin consecuencias.
Deberían saberlo. Pero no lo saben o si lo saben, confían demasiado en sus propias fuerzas como para temer una respuesta. Ese juego es peligroso. La grieta que ellos mismos fundaron simbólicamente ahora es un zanjón del tamaño del Canal de Beagle. Ahora es real y palpable y los amarillos quieren perseguir a los que cuestionaron su infalibilidad.
Uno espera (en vano, creo) que algún asesor político de verdad, no Marcos Peña, les diga que hacer lo que están haciendo es casi un suicidio. Por el bien de todos, que alguien en el PRO despierte y los calme, les ponga un collar y los mande a dormir a la cucha. Porque, insisto, por este camino las cosas se ponen espesas.
Y anotá ésto: no hay fuerzas de seguridad suficientes para domar a un pueblo embravecido que deja de ser "gente" o "vecino". Este argumento puede parecer un pedo en un canasto, pero no lo es. Nosotros estábamos en la calle mucho antes que la multitud de los paraguas, sabemos cómo se hace, tenemos el cuero mucho pero mucho más duro, ya hemos estado ahí. No nos subestimen. No nos provoquen.



