viernes, 7 de junio de 2013

EL OFICIO DE ESCRIBIR


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Hace algunos años, varios ya, revolviendo anaqueles en una librería de saldos me encontré con el libro "Crónicas ejemplares" de Enrique Raab. Hasta ese momento no conocía al autor. Pero me llamó la atención el subtítulo de la obra: "Diez años de periodismo antes del horror". El precio del ejemplar era más que módico, por eso pude comprarlo pese a mi adelgazado bolsillo.
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Lo llevé a mi casa y lo devoré en una tarde. La palabra que puede resumir ese encuentro con la prosa de Raab es: placer. La escritura de Enrique Raab es exquisita: precisa, veloz, profunda y quirúrgica -lo que uno espera de una crónica periodística- pero además, de una belleza literaria notable (condiciones que uno extraña en estos días en los que no está una u otra o ninguna de las dos, o, si están, por lo general no se dan la mano)
Entre una serie de crónicas memorables se encuentra la que describe la salida de Montoneros de la Plaza de Mayo, el 1° de mayo de 1974. Raab contempla la escena y la cuenta para el lector, que siente la perplejidad y percibe el cambio ominoso que se aproxima en el horizonte. La intensidad del relato logra que la escena tenga movimiento, que no sea una foto sino la descripción de un proceso.
Raab era un crítico implacable. Sin formación académica (debía historia del secundario) era a la vez un erudito e intelectual agudo con la sensibilidad de un artista que crea dentro del periodismo.
Por suerte, la figura de Enrique Raab ha sido rescatada del olvido (al menos un poco que es bastante) y hay por ahí muy buenos artículos sobre él y su escritura. Por ejemplo éste o éste.
Raab fue secuestrado por la dictadura el 16 de abril de 1977. Estuvo en la ESMA de donde fue trasladado y continúa desaparecido.
Hoy, día del periodista, quería acordarme de él y traerlo un rato al espacio de este blog, esperando mover alguna curiosidad que permita la relectura de sus textos. Cuando leo, veo  y escucho a una serie de personajes que se llaman a sí mismos, periodistas, escritores o cronistas, me da por extrañar a Raab que tenía tanto de lo que los nombrados no tienen ni podrán adquirir jamás, aunque vuelvan a reencarnar tres veces. 
Y para dejar como muestra dos botones, copio dos crónicas de Raab, afanadas de otro blog. En este caso creo que el robo está justificado. Léanlas. No se van a arrepentir.
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Mirtha Legrand y el teatro japonés
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También Japón tuvo su Guerra de las Dos Rosas: durante cuarenta años –precisamente entre 1145 y 1185 a.C.– dos poderosas familias feudales, el clan Minamoto y el clan Taira, se disputaron encarnizadamente la hegemonía de las provincias orientales. Por fin, la famosa batalla de Dano-ura puso fin al largo pleito: Yorimoto, conductor de los Minamoto, derrotó a los Taira, desmembró a la extensa familia y adoptó, a partir de entonces, el título de Sei-i-tai Shogun; o sea, “el gran General que venció a los bárbaros”.
Por varios siglos, se enfundaron los sables y reinó la paz: a modo de represalia, el clan vencedor mandó castrar a los dirigentes Taira, mientras sus mujeres eran “destinadas a los prostíbulos del puerto de Shimonoseki”. Hasta el siglo XVIII las infelices mujeres alternaron la profesión con el culto de un género teatral sin precedentes en el mundo: un teatro gestual, sin más sentido racional que el mero ejercicio de la grafía física.
Las palabras –dicen los estudiosos japoneses, que vinculan el espectáculo de las Tairas con el posterior bunraku– no tenían ninguna importancia: la mujer se sentaba en medio del escenario, simulaba tomar el té o un vaso de sake, se abanicaba, recibía a las amigas- , airaba sus floridos kimonos, cambiaba quince o veinte atuendos durante la función y producía rápidos gestos con las manos, los antebrazos, las piernas y el cuello.
Practicado ante los comerciantes y marineros de Shimonoseki, el rito incluía sonidos y sílabas velocísimamente susurradas, frases corteses pero inconexas como música de fondo para este torneo gimnástico, donde lo importante era la multiplicidad de poses, la presteza en la mutación de los kimonos, la fabricada elegancia del signo físico. Expertos occidentales, como Emile Dujois, ven en el teatro japonés de las Tairas una clara tentativa de conjurar, mediante el vértigo de los gestos, una vieja angustia de la Humanidad: el horror al vacío.
Probablemente sin proponérselo –o sea, como simple intuitiva, no como erudita del teatro oriental–, Mirtha Legrand reedita en una de las salas del complejo Estrellas esta vertiente perdida del teatro japonés. Es ciertamente superfluo señalar que usa esta vez un texto ligeramente marchito y encantador de W. Somerset Maugham, como antes había usado las frivolidades de Barillet y Grédy o las peripecias jurídico-criminales de la pobre Mary Duggan.
Ni el texto, ni las situaciones, ni el espacio dramático tienen otro propósito que el de proyectar en dimensión suprapersonal los gestos, las manías, los guiños, los golpes de taquito y las apoyaturas de cadera de esta Mirtha que todos conocen. La modista Henriette proporciona los talleurs y vestidos que cumplen aquí la función de los kimonos en el rito Taira y el más eficaz de los gestos de Mirtha –de profundidad casi ontológica– consiste en un rítmico repicar de los dedos sobre ciertas partes de su cuerpo y, ocasionalmente, sobre su reloj pulsera: este memorable momento ocurre cuando la mucama le anuncia, al comenzar el segundo acto, que un remise espera con las valijas listas para la partida y Mirtha echa una veloz ojeada sobre su relojito, acomete con el golpeteo y le dice a su marido que todavía tiene tiempo de tomar el té.
Una constante del teatro de Mirtha Legrand –la complicidad de la actriz con su público– se verificó puntualmente en este estreno de Constancia, desde el pugilista Carlos Monzón hasta el ex presidente de la Cámara de Diputados Raúl Lastiri, pasando por una gama extensa de eso que la última página del vespertino La Razón llama la farándula, respondió sin desmayos al vértigo de robes, pasaditas y vueltas que Mirtha les proponía. Menos perfectos –quizá porque están menos imbuidos del rito–, los hombres que rodean a Mirtha en el Estrellas ensucian con algunos desplantes corporales esta fiesta de la diva: por ejemplo, Alberto Argibay, entrenado en otro tipo de teatro, occidental y post-stanislavskiano, quien se siente visiblemente incómodo en los sucesivos disfraces con los que el director Daniel Tinayre insiste en vestirlo.
Que la gran Ethel Barrymore haya estrenado The Constant Wife en Nueva York en 1926 es un dato apenas relevante, aunque ayudará a comprender –ya que la puesta no lo hace– algo de lo que Somerset Maugham quiso decir con su pieza. Las rígidas formas del teatro eduardiano sirvieron, se sabe, al autor de Servidumbre humana para marcar las tensiones implícitas entre los códigos morales de la década y el libertinaje subyacente: sin la profundidad de la Cándida, de Bernard Shaw, la Constancia de Maugham apunta en dirección similar y la gran madre de ambas, con otra garra, es nada menos que la Nora ibseniana.
Quienes han visto la versión que John Gielgud montó en Londres, hace dos años, para Ingrid Bergman, sostienen que el parentesco entre Constant Wife y Casa de muñecas se volvía evidente: nadie, en cambio, podía prever esta inesperada versión arqueológica, de raigambre nipona, que Tinayre ha inventado para Mirtha Legrand.
Porque, ¿desde cuándo el lugar físico de una obra puede transcurrir en Buenos Aires en el primer acto y en Nueva York en el segundo, sin que uno solo de los jarrones del living denote un cambio de domicilio? ¿Desde cuándo un brazalete, comprado en Ricciardi, cuesta unos cuantos millones de pesos al comenzar la obra, para costar hacia el final dos mil quinientas libras esterlinas? ¿Desde cuándo, por fin, los personajes tienen apuro, en el primer acto, para llegar al Colón y luego, en el segundo, en el mismo living, parlotean sobre la urgencia que tiene uno de ellos por irse de Nueva York?
Distracciones del traductor Augusto Ravé justificarán a algunos ávidos por minimizar esta experiencia casi vanguardista de Mirtha. La verdad es otra: Mirtha ha desestimado soberanamente los lastres de la dramaturgia burguesa; no ha vacilado en confundir monedas, ciudades, relaciones entre personajes porque su objetivo es, esta vez, la restitución de una vieja expresión, meramente gestual, del teatro japonés. Por eso, más que el complejo Estrellas, este espectáculo insólito parece destinado a otros ámbitos más experimentales: podría augurársele un éxito fulgurante si los organizadores del Festival de Nancy se animasen a invitar esta expresión insólita a su próxima competencia.
Pruebas al canto: en el puerto japonés de Shimonoseki, una vez cumplidos los cambios de kimono, los
parloteos y los abanicos para incitar a su clientela, las Tairas decían: “Waga nanji o aisuruga gotoku nanjimo wareo aiseyo”. O sea: “Ven y ámame, como yo te amo a ti”.
Sorpresa de las sorpresas: después de seis siglos, el programa de Constancia, confeccionado por el Estrellas, dice lo mismo: “Mirtha Legrand. Aquí está. Es de ustedes. Su público”. Y culmina con esta orden: “¡Amenla, como ella los ama a ustedes!”.
(La Opinión, 15 de agosto de 1975)
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Borges en la Galería del Este
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Las mojadas baldosas de la Galería del Este de Buenos Aires comenzaron a ensuciarse con el barro de la calle cuando, cerca de las 18 del jueves, unas doscientas personas confluyeron desde Maipú y desde Florida y se ordenaron disciplinadamente frente a las vidrieras de la librería La Ciudad. Casi a las 18.30, el escritor Jorge Luis Borges avanzó por la galería, pálido, con los labios musitando alguna inaudible plegaria y sostenido por su ocasional cicerone y secretaría Anneliese von der Lippe. La pequeña multitud se abrió y Borges, vacilante, fue empujado hacia una mesa. Sus manos se aferraron intuitivamente a una forma discernible: un florero –que él no veía– lleno de rosas rojas. Iba a comenzar la firma de ejemplares de su último libro de poemas, La rosa profunda.
La ceremonia no transcurrió sin incidentes. Por razón desconocida, la disquería El Agujerito, ubicada frente a la librería, interrumpió sus emisiones de Pink Floyd y de Mae MacGraw y esperó la entrada de Borges a La Ciudad para colocar en el plato del tocadiscos la versión de “La marcha peronista” cantada por Hugo del Carril. Borges decidió no darse cuenta, aunque luego, ya en pleno trámite de firmas, demostró poseer un oído finísimo al alabar cinco compases (de Debussy, provenientes de otro parlante). “Me gusta Debussy –acotó–, y también Stravinsky… Hay una gran felicidad en esa música.” La servicial señora Von der Lippe, ajetreada con el trámite del recambio de volúmenes bajo las manos del escritor, consintió: “Sí, Borges… claro… Pero yo soy muy anticuada… Prefiero a Haydn, Mozart, Bach…”.
Esta polémica musical no fue la única: minutos después de su entrada, Borges utilizó el inglés para protestar contra esa rutina mercantil que la fama le estaba imponiendo. Al firmar el tercer volumen, levantó su rostro inquisitivo hacia la señora Von der Lippe y estimó: “This will last for ever…”. Y luego, más enfáticamente, con cierta desesperación: “For ever and a day…”. El idioma de los británicos no tiene término más vasto para definir la eternidad, pero allí estaba, tranquilizadora, la señora von der Lippe: “Don’t worry, Borges… lt will be short…”.
Fue una mentira piadosa: a las 20.15, Borges seguía estampando, maquinalmente, firmas sobre libros que no veía. Un señor depositó sobre la mesa con el florero la edición alemana de sus poemas. Advertido sobre la variante lingüística, Borges chanceó: “¿Debo firmar en letra gótica?”. Y aprovechó la pausa para acotar: “Los alemanes… Un pueblo equivocado… Pero no es el único… Hay otro, que emitió siete millones de votos…”.
Un filólogo japonés, una alumna del colegio Champagnat y señoras de variada índole intentaron entablar diálogos. Borges se excusó siempre, aduciendo estar resfriado. Diligente, la señora von der Lippe hizo traer una naranjada y ofreció: “¿Un Desenfriol, Borges?”, a lo que Borges contestó con una sonrisa cansada.
La misma sonrisa cansada con la que contestaba a quienes, aparte de la firma, querían una dedicatoria. “No puedo… Estoy ciego”, repitió una y otra vez. Hasta que, en medio de los fotógrafos, un joven intimó con voz arrogante: “Una dedicatoria… Para Sánchez Sañudo… Sobrino del almirante…”. Borges inclinó la cabeza y preguntó: “¿Para quién?”. “Sánchez Sañudo”, repitió el muchacho. “Sobrino del almirante.” Borges esperó un momento, estampó su firma, apartó el libro con cierto fastidio y repitió: “No puedo… Estoy ciego”.
(La Opinión, 21 de septiembre de 1975)

PARA VOS, CRITICONA, STOP

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¿Vivir sin laburar?
Hacete "coaching" de todo eso.
Y se acabó la mishiadura.
Que facturan de lo lindo.
Sin trabajar, claro.

jueves, 6 de junio de 2013

CORNADAS ENTRE BUEYES

 
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Al menos en público.
Es casi una traición el asunto.
¿No?

LA ÉTICA DE LA COMPETENCIA


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Un comentario Rob K sobre este post en donde jugaba con la idea de la invisibilidad como causa de una serie de pisotones, codazos y otras delicias, me lanzó de nuevo en la persecución del motivo de esas conductas (que se han vuelto cotidianas y recurrentes) en donde un sujeto decide que el otro no tiene entidad alguna más que como obstáculo inanimado y en consecuencia, le pasa por arriba sin mediar siquiera una disculpa, o al menos, una imprecación que indique que el otro está ahí y se interpone en el camino. Simplemente se lo empuja, pisotea o agrede como si fuera nada más que una cosa que estorba.
Y, por esas asociaciones libres que me asolan como pulgas, recordé un dibujo animado de cuando era un niño. Un dibujo que ya era viejo cuando yo era pibe, calculá. Aviso que no recuerdo el nombre de los protagonistas por lo que, si alguno lo tiene en la memoria, dígalo nomás. Estoy casi seguro que era de la Warner, eso sí.
En esa animación, decía,  un perro y un zorro marchaban al trabajo juntos, charlando. Los dos llevaban la clásica cajita de lata con la vianda y departían amablemente sobre el día, el clima, etc. Llegaban al lugar, dejaban sus cosas, sonaba el silbato e inmediatamente el perro comenzaba a perseguir al zorro que se empecinaba en robar ovejas. Había golpes, explosiones, caídas, etc. Al final de muchas peripecias, volvía a sonar el silbato marcando el fin de la jornada laboral y el perro y el zorro abandonaban su papel de perseguidor y perseguido y volvían a retomar el diálogo anterior al trabajo. La última imagen eran ellos dos, de espaldas, con el sol cayendo en el horizonte, caminando abrazados hacia el hogar de cada uno.
Si, seguro que era de la Warner. Disney nunca se hubiera animado a tanto.
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(Se llamaba Sam  y El Coyote, aporte de Moscón)
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Veamos ¿por qué me acorde de esos dibujos? La respuesta es "relaciones sociales". Dije que la serie era vieja, por lo que reflejaba la ética de la era industrial fuerte de post-guerra, si no me equivoco. Era de algún modo un "business are business" que intentaba dejar claro que una cosa es la amistad y otra el trabajo. O sea, que son dos relaciones distintas, y que una no anula a la otra, aún cuando en el ámbito laboral, el papel a desempeñar sea el de enfrentarse al otro, competir hasta eliminarlo si es posible. Si al final del día los dos estaban vivos, entonces podian retomar la amistad. No había nada personal, solo negocios. La competencia no estaba basada en la antipatía sino en el lugar que cada uno tenía en la cadena productiva: al perro le tocaba ser perro y al zorro, zorro. Luego eran dos trabajadores que comentaban, como si nada hubiera pasado, las condiciones del día "-¿Qué tal tu día?" preguntaba el perro a un zorro las más de las veces maltrecho por los golpes. Y el zorro, con la misma deferencia, respondía.
Se puede ver cómo la ética capitalista regía el ámbito laboral, pero no el de las relaciones interpersonales fuera de el.
Ese dibujo era una foto del estado de las relaciones sociales bajo el capitalismo de una época en particular, en donde los valores asociados a la competencia y la colonización de todos los espacios de la vida (públicos y privados) no era tan potente todavía. Se podía, era deseable, separar ambas instancias: competir en lo laboral no era óbice para destruir a un sujeto fuera de esta particular forma de relación.
Pero ese estado de cosas cambió (vía revolución tecnológica, hay que decirlo): ahora las relaciones sociales promovidas por el capitalismo, la ética de la competencia y la moral que deriva de ella, han impregnado casi todos los espacios de la vida social, pública y privada. En casi todos los ámbitos se ponen en juego los parámetros de competencia a ultranza: ya no hay sujetos, hay individuos que, a lo sumo, a veces conforman grupos de trabajo, equipos de interés común.
Señalemos que esos valores y esa moral chocan de frente con la solidaridad, la cooperación, la ayuda desinteresada, etc. No es posible competir con todas nuestras fuerzas si al final del día volvemos al plano personal y el competidor es un amigo, o al menos, es alguien. Por lo tanto, se extiende la competencia también a ese espacio: la lucha debe ser completa y total, involucrando la vida del sujeto desde que se despierta hasta que se duerme. No puede perder el tiempo con miramientos o remilgos humanistas: debe competir.
Calculo que ahora ven para dónde va mi cerebruto.
A medida que el mercado invade y coloniza la totalidad de la vida social, también impone su ética y moral de mercado desplazando y haciendo estallar los lazos sociales que conforman el entramado de una sociedad de intereses mancomunados, reemplazándolos por los de una sociedad de la competencia.
En ese tipo de sociedad, la agresión es la regla, no la excepción. Una agresión que no necesariamente es física, pero que se vuelve más virulenta a cada momento.
Sospecho que en esa invasión se encuentra la razón de la creciente lucha que uno puede advertir cuando anda por la calle. Y también el fundamento del proceso de constante anonimización que convierte "otros" en objetos burocráticos (algo de lo que hablé alguna vez) que pueden ser manipulados, dado que se vuelven fungibles ad infinitum.
Y ya que estamos, esta mutación antropológica que sofistica la agresividad del instinto, está enmarcada en la condición fundamental del capitalismo: ser un dispositivo de cerco, creciente y continuo, condición que es un pilar de su funcionamiento.
Pero esto último será motivo de otro panegírico.
PD:
Decir "capitalismo salvaje" es una redundancia. El capitalismo es salvaje, por definición.

CINICOS II

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Será por eso que el PRO es masa miró para otro lado.

CINICOS

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¿Cómo se dice en griego "hijos de puta"?
Así creo κάθαρμα
En todo caso, y en cualquier idioma, cretinos.
Cínicos inescrupulosos.
Mierda de gente.

miércoles, 5 de junio de 2013

CONFUNDICIONISMO

"Confundicionismo" es la corriente de pensamiento y acción que impera en las redacción de varios conocidos medios de Argentina y porqué no, el mundo.
En este caso, elegimos la última tapa de la revista "Cosmopolitan" edición argentina.
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En la esquina superior izqeuierda, justo abajo del nombre de la publicación y justo al lado de la señorita que rie cómplice, hay un titular que dice: "SEXO, tu deseo prohibido: si pensás concretar tu fantasía más tabú, necesitás esta guía".
Veamos cómo opera el confundicionismo en este concreto y publicado caso:
En principio tenemos una confusión de orden semántico: "tabú" es un sustantivo masculino que, de acuerdo al contexto puede funcionar como adjetivo, como varios sustantivos. Por eso podemos decir "tema tabú", por ejemplo. Entonces, la expresión "tu fantasía más tabú" parece funcionar, al menos de acuerdo a lo anterior. Pero no funka. ¿Por qué? Porque una fantasía del orden de la planteada es parte de la definición de "Tabú". Una fantasía sexual puede ser una actividad o costumbre prohibida, moralmente inaceptable impuesta por una sociedad, grupo humano o religión, o sea, un tabú.
El problema se agrava por el uso de "más": algo no es más o menos tabú. Es tabú o no lo es. Y si es tabú contiene en si mismo toda la potencia de la prohibición colectiva. No hace falta que sea "más" tabú. Es tabú y eso es decir mucho y bastante.
Concluimos hasta aquí que la o el insolvente redactor de este titular buscaba reforzar el sentido de "deseo prohibido" mediante una construcción equivalente y no se le ocurrió mejor idea que poner "fantasía más tabú".
Con lo que, además del paupérrimo manejo de la lengua queda en evidencia un alarmante baldío intelectual que enarbola confundiendo términos. Acá tendría que meterme en honduras psicológicas, pero eso es "más tabú" ¿tendés?