Ayer, por una circunstancia circunstancial, fui a un colegio. Y por otra circunstancia, entré en un aula. Un aula de primer grado. Como tengo la mala costumbre de observar, me puse a mirar la decoración que me rodeaba.
Entre toda la parafernalia que adornaba el salón había una curiosa adaptación de "Caperucita y el lobo". En ese parafraseo, Caperucita intentaba arrimarle a su abuela un celular reluciente.
La versión libre no me causó sorpresa.
Pero la forma en que estaba redactada si. Imaginen un enorme papel afiche amarillo escrito con letras negras, grandes. En el segundo párrafo campeaba la siguiente oración: "La Abuelita le pidió que le lleve...etc."
Casi se me salen los anteojos del susto. Evidentemente el afiche fue confeccionado por la maestra. En enormes y negras letras visibles desde diez metros de distancia. Y había escrito "le pidió que le lleve...", ignorando por completo la concordancia entre pasado y presente.
Lo peor, pensaba, es que ni siquiera debe haberse dado cuenta del horror que había plasmado en ese cartel. Lo peor, incluso, es que quizás hablaba tal como escribía y no percibía ningún error en ninguno de los dos campos. De hecho, ahí estaba la evidencia.
Permítanme en este punto un comentario: el docente, le guste o no, ocupa el lugar del intelectual. Quiéralo o no, está ahí como un intelectual. Y aunque no lo quiera tiene que estar a la altura de esa posición. Y si no está dispuesto a asumir su responsabilidad, debría cambiar de profesión. ¿Por qué la taxatividad? Porque el perjudicado es el pibe que está bajo su guía y que pensará que "le pidió que le lleve" es una forma correcta de expresar el pensamiento.
Deberán disculparme la irreductibilidad.