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miércoles, 1 de mayo de 2013

5.-Primero de Mayo
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El Club California del Este, dueño de mis simpatías pueblerinas, festeja su aniversario el 1° de Mayo. O sea, hoy. Por eso corresponde que describa esa bacanal colectiva a modo de homenaje a los laburantes y a los vagos porque uno nunca pierde la esperanza.
El nudo de la celebración es el almuerzo. Un almuerzo comunitario que tiene lugar en el salón del clú. Temprano a la mañana se limpia prolijamente el suelo con lampazos y se tienden largas filas de mesones, compuestos por tablones sostenidos por caballetes. Se cubren con manteles hechos con papel de envolver jaspeadito, ese que todavía se usa en algunos almacenes.
A veces, si hay damas dispuestas al trabajo manual, se decoran los mesones con algún arreglo floral o centros de mesa alusivos (obras maestras del kitsch por otra parte).
En la cocina del lugar ya están los manjares del banquete en proceso. Los cocineros (socios de la institución) guiados por el baqueano, elaboran los platos más relevantes.
Las heladeras desbordan de bebidas varias y para la ocasión se disponen tachos de 200 litros cargados con hielo seco. Allí reposa la cerveza, Andes, en cantidades prodigiosas.
El banquete del 1º de Mayo es una de las únicas citas a las que la gente del pueblo llega a horario en el año, con una puntualidad prodigiosa diría yo.
La comilona arranca a las 13:30 y más bien que comience a esa hora porque los que están sentados en los mesones muestran su impaciencia de inmediato.
A las 13:20 ya están todos ubicados y el salón repleto. El sonido de las voces que se eleva de los comensales disminuye cuando el locutor de la fiesta sube al escenario. “-Por fin” dicen algunos que aprestan la dentadura.
El hombre saluda con solemnidad a los comensales, destaca la presencia de las autoridades que se han comedido a asistir, le pide a las Reinas de la Vendimia que están presentes que saluden a sus súbditos, dedica el almuerzo a algún socio destacado o fallecido y pide un brindis por motivos varios. Con una sonrisa, a renglón seguido, declara que el banquete ha comenzado. Son, o´clock, 13:30.
Esa es la señal para que los mozos salgan a recorrer las mesas llevando el primer plato: empanadas. Empanadas que se amontonan en bandejas de cartón, una docena por bandeja y que, una vez colocadas al alcance de la voracidad de la concurrencia, desaparecen como si nunca hubieran existido.
Debo comentar en este punto cuál es el secreto del éxito del banquete: mucha comida, exceso de comida que por supuesto debe estar sabrosa y a la temperatura exacta. Si esto falla todo el resto no importa para nada.
Una vez dicho esto, sigamos con la relación.
Decía que las empanadas desaparecen a un ritmo vertiginoso. Cuando ese ritmo disminuye, cuando en las bandejas quedan una o dos que nadie toca significa que los comensales quieren pasar a otra cosa. Y lo que viene por lo general es pollo cocido trozado, aderezado con ajo y perejil, acompañado con ensalada de lechuga, tomate y pan que desborda las paneras que se colocan en las mesas en este momento.
Se repite el procedimiento. Los mozos sirven hasta que en las bandejas quedan algunas porciones. Inmediatamente viene el tercer plato que es lechón al horno adobado, también cortado en porciones.
De vuelta la comida desaparece a toda velocidad y cuando se verifica la presencia de la misma, sin tocar, en las bandejas se lanza sobre los comensales, que a esta altura debieran estar satisfechos pero no ni en pedo, el plato central del banquete: carne a la olla a la mendocina.
Se sirve hasta que la comida desborda los ojos de los asistentes. Se les nota en el gesto el atracón y en los ojos el exceso de vino tinto o blanco con el que han acompañado la comida. Pero todavía falta el postre, que llega apenas los mozos han despejado la mesa para que el helado se luzca.
Uno piensa “-¿En qué lugar van a meter el postre?” y para sorpresa de unos y otros, el helado desaparece, aunque ya se sabe que no se repite.
Cumplido el rito apabullante del almuerzo, manos solícitas desarman los mesones y hacen lugar en la pista para que el baile comience. Al costado se monta la mesa dulce para los golosos de último momento que son bastantes según dejan entrever las bandejas que se vuelven a vaciar en minutos.
Ahora todos bailan felices, por eso de pancita llena. Ese ejercicio sirve para bajar lo engullido porque puntualmente a las seis de la tarde se sirve el chocolate alusivo, que viene acompañado con medialunas y tortitas mendocinas.
¿Que esa gente ya no puede comer nada más?
No me hagan reír. No solo comen y toman chocolate sino que además, repiten una y otra cosa con entusiasmo sin igual.
La fiesta en algún momento termina, pero nunca pude saber el momento preciso en que semejante prodigio tiene lugar.

martes, 30 de abril de 2013

DE ALPARGATAS Y CHUPAYAS: QUINCE PRIMAVERAS

4.-Quince Primaveras
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En mi pueblo, el festejo de los quince años de una señorita es un rito ineludible. Nada de cambiar la fiesta por un viaje a Disney ni cosa por el estilo. La fiesta es la fiesta y hay que hacerla aunque vengan degollando.
Cuando era adolescente, dada la proximidad generacional, tuve que asistir a muchos de esos jolgorios. Algunos fueron muy divertidos y otros apenas un momento para cumplir las convenciones sociales.
Lo que contaré, a modo de relato que pone los pelos de punta, ocurrió a raíz de uno de esos cumpleaños.
Resulta que antes de ir a cualquier parte, nos juntábamos a jugar al billar en el bar “Los Amigos”, lugar que merecerá una descripción más detallada en otro momento. Por ahora basta con que sepan que una noche de sábado, justo antes de asistir a un cumpleaños de quince, disputábamos una feroz partida mientras lamentábamos la falta de movilidad. Ninguno tenía esa noche un auto para trasladar a la barra. Pero en cambio, y por suerte, el cumpleaños era bastante cerca: dos kilómetros que en mi pueblo es apenas un trotecito. Un ratito caminando y otro ratito a pie y listo.
Alguien recordó que tendríamos que pasar frente a una casa que tenía una fama ominosa. Según la imaginación exaltada del que contaba el asunto, en la casona abandonada se escuchaban ruidos muy extraños (y clásicos, cadenas, pisadas, cosas que se arrastraban) y en alguna ocasión alguien había recibido un piedrazo arrojado desde el interior del lugar y al ir a buscar al agresor las puertas y ventanas estaban cerradas con candado y pasador y ahí no vivía nadie che, cosas de aparecidos.
Ensayamos algunas explicaciones y descargamos la ansiedad que nos envolvió riéndonos de nuestra propia credulidad. Pero quedamos, hay que confesarlo, un poco asustados.
Y justo en ese momento me volqué una taza de café sobre la remera. En el instante en que comenzábamos a juntar ánimos para encarar el camino tuve que volver a casa para cambiarme la ropa.
Me dijeron: “-Te esperamos”. Con una falsa valentía que no quería confesar el julepe (lo de la casa embrujada que no existía pero que las hay las hay) respondí: “-No che, vayan, yo los alcanzo allá”.
Y se fueron nomás.
Yo, con más pose que convicciones, me cambié la malograda prenda y enfrenté el camino. Tengo que detenerme aquí para describir la naturaleza de ese camino: una calle que atravesaba la zona de cultivos, flanqueada por álamos a uno y otro costado que creaban el efecto de un túnel, sin luces, en una noche en donde ni siquiera se veían las estrellas. La famosa boca del lobo. En la mitad misma del trayecto, o sea, lejos de las luces del pueblo y del lugar de la fiesta, estaba la casa del espanto.
Pensé que podía desistir del cumpleaños, pero eso me convertiría en blanco de las cargadas de todos los salvajes que decían ser mis amigos. Y además comer de arriba no es un placer que debe despreciarse. Entonces, con las tripas convertidas en corazón enderecé el rumbo hacia la festichola.
La oscuridad y el cagazo son una mala combinación: a cada paso escuchaba ruidos extraños que añadían, si fuera posible, más aprensión a la aprensión. De forma tal que antes de atravesar el frente de la casa embrujada ya había sumado muchos porotos al estado general de susto que me tenía entre sus garras.
Llegué al fin al tramo más temido de la noche: ahí estaba la casa y yo tenía que sortear ese obstáculo para llegar a destino. Tomé aire y apuré las patas, dándome aliento en silencio. “-Vamos vamos, que los fantasmas no existen”
Y ahí se abrieron los avernos y ese infierno que temía me alcanzó desde el fondo de la oscuridad: frente a mis narices algo atravesó el aire golpeando el suelo con ferocidad, resoplando y bufando, haciendo vibrar la tierra con el peso de su impronta, seguido el estruendo por otro menor de la misma naturaleza.
Quedé helado. Lívido. Sin saber qué hacer suspendí cualquier movimiento, expectante. Ahora por fin comprobaría de qué estaba hecho lo sobrenatural.
Los diez segundos que siguieron al suceso duraron un siglo.
Y luego, escuché con claridad un relincho seguido del ladrido de un perro. Un caballo y un perro en plena carrera. Eso es lo que se me había atravesado en la oscuridad, nada de fantasmas, aparecidos o brujas. Un caballo y un perro.
No puedo describir siquiera la catarata de insultos que proferí. Fueron muchos y me acompañaron hasta la puerta del cumpleaños.
Al llegar busqué a la barra que se había ubicado en una mesa cercana a la puerta por donde salían los mozos (ya se sabe que de esa forma se pueden capturar algunas vituallas más).
-¿Y, te asustaron?” –me preguntaron apenas estuve en la silla.
-No che, no pasó nada, tanta casa embrujada, tanto fantasma, yo que esperaba que saliera una bruja para pedirle la escoba así no tenía que caminar tanto” – respondí con falso coraje.
Olvidamos el asunto hasta que llegó otro rezagado. Uno con el que no contábamos.
-¿Qué haces? Pensábamos que no venías”.
-Vine de pedo” – dijo el aludido “-Se escapó el caballo de la finca y hasta recién lo estuvimos buscando con mi papá”.
Estuve a punto de decir que había visto ese caballo. Pero preferí guardar un prudente silencio, no sea cosa que alguien hubiera escuchado el grito que seguramente lancé cuando el susodicho equino me asustó en plena oscuridad mientras era perseguido por el perro de la casa, que a todo esto, para completar el lugar común, se llamaba Sultán.

lunes, 29 de abril de 2013

DE ALPARGATAS Y CHUPAYAS: LA ESCONDIDA

3.-La Escondida
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Supongo que todos los que transitan este blog estarán al tanto de ese juego infantil clásico, cuya mecánica consiste en que un grupo de niños se esconde mientras otro niño del grupo espera de espaldas a los que se ocultan, “contando”, como una especie de cronómetro humano y luego de terminar la sucesión previamente establecida, sale a buscar a sus compañeros de juego. Si los encuentra se libra una carrera desaforada hasta la meta, la “piedra” según decíamos en mi pueblo, entre el encontrador y el encontrado y el que toca primero “la piedra” gana la justa. Este mismo procedimiento se repite para todos los contendientes.
Cuando era pibe, dado que los espacios para llevar adelante “la escondida” eran interminables, fijábamos límites al espacio en donde los participantes podían esconderse. Establecer esas fronteras generaba discusiones casi tan ríspidas como los litigios de límites entre países vecinos.
Nuestro escenario preferido para jugar era un baldío que tenía la nada despreciable extensión de una cuadra completa. Había sido parte de una finca dedicada al cultivo de vides. Para despejar el terreno las habían arrancado y quedaban los huecos en donde antes hubo cepas. Como la vid es brava, en los bordes del terreno seguían creciendo a partir de algunos gajos que sobrevivieron al destierro. También la geografía del lugar estaba plagada de cardos rusos, esos yuyos enormes que cuando se secan sirven para filmar películas del salvaje oeste, lanzándolos para que atraviesen la calle desierta antes de un duelo.
Por ende, ocultarse en medio de esas matas era todo un arte que, como buenos infantes de pueblo, practicábamos con entusiasmo.
Pero entre todos hubo uno que nos superó a todos en el juego de La Escondida: El Chiquito. Tal era su apodo y casi no le conocíamos el nombre. Como indicaba su alias El Chiquito era...chiquito. Excelente defensor, tremendo jugador de bolitas, diestro para elaborar barriletes y cerbatanas de caña, El Chiquito era un tenaz jugador de Escondida. Y aquella tarde nos demostró en qué consistía esa porfía que aún lo habita.
El juego arrancó como siempre: sorteamos quién comenzaba “buscando” y nos escondimos en esa cuadra prodigiosa. Con más o menos dificultad todos fueron apareciendo: al fin y al cabo el lugar no era infinito. Pero Chiquito no aparecía. Visto que los esfuerzos de uno solo de los nuestros no alcanzaban decidimos que todos, absolutamente todos los que participábamos de aquella partida trataramos de encontrar a Chiquito.
Y eso fue lo que hicimos invirtiendo la disposición habitual del juego: ahora todos buscábamos a uno y no uno a todos. Pusimos en ello el fervor que nuestros cortos años nos permitían pero Chiquito no aparecía. Nos reunimos en un costado del lugar y, luego de algunas deliberaciones, volvimos a rastrear al escondido.
Pero la tarde pasaba y de Chiquito ni noticias.
Volvimos a juntarnos para discutir las alternativas de la búsqueda. A esa altura ya habíamos renunciado al orgullo y pensamos que algo le podía haber pasado a Chiquito. Entonces mandamos un emisario a la casa del Chiquito para que pispeara si el aludido había vuelto al hogar, dejándonos como una manga de salames buscando a alguien que no estaba. El resultado de la expedición fue tan negativo que la madre misma del Chiquito le transmitió su enojo al mensajero: “-¡Decile que venga que tiene que bañarse!”.
¿Dónde estaba entonces?
Consultamos a los vecinos del lugar, preguntamos si quizás lo habían visto pasar yendo a cualquier otro lado y el resultado fue desalentador. Según parecía Chiquito nunca salió del baldío.
Se emprendió entonces una ronda de búsqueda a grito pelado: voceábamos el nombre de mi amigo a toda garganta. La respuesta fue el silencio.
El sol comenzó a languidecer en esa tarde de otoño y Chiquito no estaba o se había ido o la tierra se lo había tragado: en cualquier caso no lo encontrábamos.
Ya expuestos al desánimo y con la perspectiva de tener que ir a la casa del susodicho para avisar que se nos había perdido, comenzamos a salir de nuestra madriguera. Uno de nosotros, que venía caminando lanzando insultos de pura frustración, pisó al pasar un pequeño cúmulo de yuyos aplastados sobre uno de los huecos de vid arrancada.
Por ese lugar cruzamos mil veces y todos esquivamos la oquedad porque uno podía lastimarse las patas si embocaba de repente esos agujeros.
Decía, uno de los nuestros pisó la cobertura de yuyos del hueco y el hueco gritó, un estentóreo -¡Ayyyy!” de dolor. Extraño alarido para un vacío en la tierra.
Como picados por un escuadrón de mosquitos nos lanzamos de cabeza sobre el agujero, quitamos los yuyos aplastados y descubrimos, ahí en el fondo, a quien Uds. suponen. Allí estaba El Chiquito, hecho un ovillo, riéndose a carcajadas.
Supongo que algo en nuestras caras desalentó su alegría y el niño suspendió su festejo. A pesar de la hazaña: cuatro horas escondido en un buraco en la tierra cubierto por un camuflaje de yuyos, nadie celebró su sagacidad y mucho menos, la tozudez mostrada.
Pasa que hasta un momento antes de encontrarlo estábamos consternados, asustados, y pensando con qué cara le diríamos a la madre que su hijo no estaba. Y ahora El Chiquito aparecía frente a nosotros, luego de no responder ni a uno solo de nuestros llamados para que desistiera del juego, sonriente, como quien corona el Everest.
Recuerdo que ni siquiera me despedí de él. Creo que nadie se despidió. Lo dejamos en la esquina mientras nos desparramábamos camino a la cena.
Sin haberle confesado nuestro alivio.
Sigue siendo tan terco como cuando era pibe, pero por suerte ahora lo sufre su mujer.

domingo, 28 de abril de 2013

DE ALPARGATAS Y CHUPAYAS: LA TONADA

2.-La Tonada
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Domingo al mediodía. Mendoza. Una radio suena en alguna parte. De repente la voz de Don Ángel Rodríguez que viene desde otro tiempo, con tono épico declama “¡Por los senderos de la patria!”. Y comienza el programa que lleva más de 50 años en el aire de Radio Nacional Mendoza y que sintonizan con unción muchos paisanos de cuyo.
Porque “Por los senderos de la patria” dedica casi todo su espacio al folklore cuyano y, créanme, no hay muchos espacios como ése. Es que la música tradicional cuyana tiene mala prensa en Mendoza (en el país es casi exótica). Los motivos son varios pero calculo que el mote de “aburrida” es el que más se usa para descalificarla.
Pasa que el folklore cuyano no se entrega de buenas a primeras: ni para escucharlo ni para ejecutarlo. La tonada por ejemplo, un género musical que requiere un dominio avanzado de la guitarra ya que se “puntea” durante toda la canción y la base de la misma son arpegios sucesivos y vertiginosos, aunque el resultado parezca lento. De la misma forma, escuchar una tonada requiere atención. No tanto por la letra, que no presenta demasiada complejidad, sino por el conjunto formado por la música y la letra cuyo diálogo es distinto a otras formas del folklore argentino.
Cuando era pibe la tonada no me gustaba demasiado. En esa época el tiempo era veloz, no podía detenerme a escuchar a unos tipos que atajaban los segundos a fuerza de arabescos en las bordonas. Comencé a apreciarla arribando a ella desde otras formas musicales: el flamenco por ejemplo, en donde las guitarras hacen algo parecido a lo que dibujan en la tonada.
Logré comprender la trampa de esa aparente lentitud, el deseo furibundo de explorar toda la sonoridad del instrumento y a su vez, demorarse en el gusto por las cosas que el hombre tiene más a mano: la amistad, la música, el vino, la comida y los amigos. De hecho, la tonada no es tonada sin dedicatoria: la tonada se entrega como una ofrenda mediante alguna rima insertada en la letra de la canción o al principio o al medio de sus dos movimientos. Esta ofrenda se salda compartiendo el vino con el que la o el homenajeado “pagan” esa preferencia.
Entendí, tarde piaste, lo que está tramado dentro y fuera de una tonada, un universo de sentido que requiere una primorosa atención.
Descifré al fin, el gesto reconcentrado de los paisanos que escuchan tonada en silencio: no es apatía lo que expresan, mucho menos abulia. Es respeto por esa música complicada de tocar y cantar que se parece a su propia vida, igual de complicada y difícil. La tonada, descubrí, semeja a ese gaucho del desierto mendocino que atraviesa las distancias desafiando al paisaje (lo sigue haciendo todavía, por suerte)
Ahora, confieso, no puedo escuchar la tonada “Porque usted se lo merece” sin que se me anude la garganta, como si El Zonda, el temido viento de cuyo, estuviera azotando mi rostro.
Y acá está la tonada aludida, porque ustedes lo merecen.
El pago en vino esperará alguna ocasión en donde el gesto pueda objetivarse en un vaso repleto de esa noble bebida, ella sí, espirituosa.
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Nota:
El video de "Cuando el corazón se quiere quedar" fue filmado en el Festival de la Cueca y el Damasco" en los pagos de La Dormida, Mendoza, tierra del Dormidano.

sábado, 27 de abril de 2013

DE ALPARGATAS Y CHUPAYAS: EL REGADOR

Durante unos días me animaré a presentar algunos textos que, si alguna vez me cae de arriba la suerte, se transformarán en una porción de un hipotético libro.
El título que los encabeza es el nombre de una cueca cuyana de López Riverol y Jorge Viñas "De Alpargatas y Chupayas" (la chupaya puede escribirse chupalla o chupaya: es un sombrero artesanal hecho de paja que utilizan muchos agricultores en Mendoza) y tal como sospecharán los relatos tienen como eje una zona de Mendoza y parte de mi biografía, con las licencias literarias del caso.
No han sido sometidos más que a una o dos correcciones así que sin duda tienen errores. Pero creo que ya pueden salir al patio para que los toreen los chocos.
Por tanto, a peteco de los recuerdos, caminemos hasta donde topan las letras.
Con uds. el primero de los cinco relatos.
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1.-El Regador
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Hay palabras que recuerdan cosas y cosas que recuerdan olores y olores que recuerdan lugares y lugares que recuerdan momentos en los que uno fue otro el mismo, en distinto tiempo y espacio pero vaya uno a saber si es diferente ese tiempo y espacio o son tiempos y espacios que permanecen como una foto, como el recuerdo que recuerda otros recuerdos.
Lo cierto es que la foto estampa un instante. Nos queda esa breve captura de superficie para evocar lo que gira alrededor, lo que giraba alrededor que es también la evidencia de nuestra presencia y denuncia de la ausencia que somos, huyendo hacia delante montados en una inexorable escalera de minutos.
Hace poco, o quién sabe, hace mucho pero me enteré ahora, una canción me trajo a la memoria un implemento más bien tosco, elemental, con el que regábamos la vereda de tierra a la vera de una acequia. La herramienta es un tarro de lata, de cinco litros que puede ser de aceite comestible o de automóvil al que se le practican dos agujeros más arriba de la mitad del recipiente. Por esos orificios se atraviesa un palo, de álamo por lo general, que se ajusta y asegura con alambre y algún que otro clavo, aprovechando los bordes dentados que el agujero provoca en la lata y que se fijan a la superficie de la pértiga.
Ese artilugio se conoce, al menos en Mendoza, con el nombre de “regador”. En mi casa, cuando era un niño había varios y se usaban para aplacar la tierra brava, regar las plantas en los canteros y aprovisionar de agua a los animales domésticos.
Para regar con “el regador” había que poner en juego algunas habilidades tales como recoger el agua de la acequia proyectando el implemento contra la corriente del cauce de riego, elevar lo obtenido tratando de que no se perdiera en el camino, llenar el recipiente lo justo y necesario para que el peso no fuera demasiado o el líquido se escapara por los agujeros de la construcción.
Una vez con el agua en la mano, el brazo debía describir un arco largo y continuo, moviéndose en la dirección que se deseaba regar. Mientras un brazo sostenía el extremo del palo el otro dirigía la acción y era el encargado, en el momento final, de ejecutar el lanzamiento del agua elevando un poco la pértiga y luego, cuando el recipiente estaba casi paralelo al suelo, catapultar el contenido del tarro sobre lo que debía regarse.
Semejante despliegue requería coordinación y fuerza. No cualquiera.
Durante muchas tardes de verano practiqué estos movimientos hasta ser capaz de regar sin empaparme por completo ni quedar exhausto en el intento.
Cuando me confiaron el riego del patio y las plantas sentí que había conquistado un puesto en la consideración de los adultos que dejaban en manos del niño que era aquella tarea cuasi titánica.
Todavía recuerdo el olor de la tierra mojada y la fina capa de polvo que despedía cuando el agua caía encima de su árida superficie. Y como un recuerdo viene con otro porque son como una cadena inextricable, llegarán otros.
No sé si es una promesa o una amenaza, eso sí.