sábado, 27 de abril de 2013

DE ALPARGATAS Y CHUPAYAS: EL REGADOR

Durante unos días me animaré a presentar algunos textos que, si alguna vez me cae de arriba la suerte, se transformarán en una porción de un hipotético libro.
El título que los encabeza es el nombre de una cueca cuyana de López Riverol y Jorge Viñas "De Alpargatas y Chupayas" (la chupaya puede escribirse chupalla o chupaya: es un sombrero artesanal hecho de paja que utilizan muchos agricultores en Mendoza) y tal como sospecharán los relatos tienen como eje una zona de Mendoza y parte de mi biografía, con las licencias literarias del caso.
No han sido sometidos más que a una o dos correcciones así que sin duda tienen errores. Pero creo que ya pueden salir al patio para que los toreen los chocos.
Por tanto, a peteco de los recuerdos, caminemos hasta donde topan las letras.
Con uds. el primero de los cinco relatos.
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1.-El Regador
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Hay palabras que recuerdan cosas y cosas que recuerdan olores y olores que recuerdan lugares y lugares que recuerdan momentos en los que uno fue otro el mismo, en distinto tiempo y espacio pero vaya uno a saber si es diferente ese tiempo y espacio o son tiempos y espacios que permanecen como una foto, como el recuerdo que recuerda otros recuerdos.
Lo cierto es que la foto estampa un instante. Nos queda esa breve captura de superficie para evocar lo que gira alrededor, lo que giraba alrededor que es también la evidencia de nuestra presencia y denuncia de la ausencia que somos, huyendo hacia delante montados en una inexorable escalera de minutos.
Hace poco, o quién sabe, hace mucho pero me enteré ahora, una canción me trajo a la memoria un implemento más bien tosco, elemental, con el que regábamos la vereda de tierra a la vera de una acequia. La herramienta es un tarro de lata, de cinco litros que puede ser de aceite comestible o de automóvil al que se le practican dos agujeros más arriba de la mitad del recipiente. Por esos orificios se atraviesa un palo, de álamo por lo general, que se ajusta y asegura con alambre y algún que otro clavo, aprovechando los bordes dentados que el agujero provoca en la lata y que se fijan a la superficie de la pértiga.
Ese artilugio se conoce, al menos en Mendoza, con el nombre de “regador”. En mi casa, cuando era un niño había varios y se usaban para aplacar la tierra brava, regar las plantas en los canteros y aprovisionar de agua a los animales domésticos.
Para regar con “el regador” había que poner en juego algunas habilidades tales como recoger el agua de la acequia proyectando el implemento contra la corriente del cauce de riego, elevar lo obtenido tratando de que no se perdiera en el camino, llenar el recipiente lo justo y necesario para que el peso no fuera demasiado o el líquido se escapara por los agujeros de la construcción.
Una vez con el agua en la mano, el brazo debía describir un arco largo y continuo, moviéndose en la dirección que se deseaba regar. Mientras un brazo sostenía el extremo del palo el otro dirigía la acción y era el encargado, en el momento final, de ejecutar el lanzamiento del agua elevando un poco la pértiga y luego, cuando el recipiente estaba casi paralelo al suelo, catapultar el contenido del tarro sobre lo que debía regarse.
Semejante despliegue requería coordinación y fuerza. No cualquiera.
Durante muchas tardes de verano practiqué estos movimientos hasta ser capaz de regar sin empaparme por completo ni quedar exhausto en el intento.
Cuando me confiaron el riego del patio y las plantas sentí que había conquistado un puesto en la consideración de los adultos que dejaban en manos del niño que era aquella tarea cuasi titánica.
Todavía recuerdo el olor de la tierra mojada y la fina capa de polvo que despedía cuando el agua caía encima de su árida superficie. Y como un recuerdo viene con otro porque son como una cadena inextricable, llegarán otros.
No sé si es una promesa o una amenaza, eso sí.

1 comentarios:

Iris van Kirsten dijo...

Ojalá salga ese libro que promete... va a estar bueno (¡ups!)