Mostrando entradas con la etiqueta maría eugenia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta maría eugenia. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de octubre de 2012

REQUIEM

De la parva de nietos de mi familia, pensaba que era el que más posibilidades tenía de estirar la pata. Y razones no me faltaban. Siempre anduve corriendo por donde los ángeles no pasaban ni volando. Subí montañas, estuve en una carpa bajo una tormenta de nieve durante días a menos de 20 grados bajo cero, con el viento tratando de llevarse la tienda con ocupante y todo, mi humanidad colgó sobre precipicios que asustarían a un ave, salté al vacío con una soga atada a las patas, navegué ríos furiosos, caminé días y días con una mochila en la espalda sin más compañía que las rocas y algunos árboles, etc.

Pero hay más: puse el lomo en esas paradas callejeras en donde llueven bastonazos y la atmósfera se oscurece bajo los gases lacrimógenos. Y no le esquive el bulto, al contrario. Me corrieron más de una vez policías, gendarmes, guardias de seguridad privada, etc.
Yo tenía todos los números para el sorteo de la parca. Pero sin embargo aquí estoy. Vivo de milagro si uno lee lo anterior.
Hoy me acordé de mi antiguo y refutado razonamiento (ya no voy a fallecer joven) cuando recibí la noticia de la muerte de mi prima, María Eugenia. Ella era joven, sufrió una larga e indefinida enfermedad (alguna vez hablaremos de los médicos por los que pasó sin que ninguno acertara un solo pronóstico, cosa que se está volviendo habitual en galenos formados al calor de las dádivas de los grandes laboratorios farmacéuticos aceptadas alegremente por universidades que más que profesionales de la salud forman empresarios). Su corazón no resistió el infarto que acabó con su vida.
Con ella se fue gran parte de mi adolescencia: aquellas charlas en donde nos tratamos de explicar eso que éramos, cuando mi condición de nómade asomaba en el horizonte de la mano de la mochila que era una extensión de los omóplatos.
Se fueron las vacaciones compartidas cuando purretes, la fiesta de quince, la maternidad, las comidas en lo de mi abuela, el viaje al casamiento de mi tío Juan en Beazley en el profundo sur de San Luis entre gentes que habitaban un siglo diferente, los fugaces reencuentros a la vuelta o a la ida de un viaje, el creciente acento puntano que tiñe la voz apenas uno se descuida, etc.
Hemos cambiado María Eugenia. No somos los de antes. Ahora yo soy padre (¿quién lo hubiera pensado no?) y hasta puedo hacerme pasar por un buen ciudadano si me esfuerzo un poco. Tengo el pelo más blanco y anteojos más anchos, los pibes me tratan de “Ud.” y me dicen “señor”. Mi cara de pocos amigos seguramente está peor, porque la edad endurece el gesto. Te fuiste vos primero. Hacia el misterio. Sabés que soy un agnóstico recalcitrante y que nunca tuve el auxilio de la fe, por tanto, no me sirve de consuelo la posibilidad de una ignota vida eterna.
Con cada muerte que acontece se acrecienta mi orfandad. Son partes de mi vida las que desaparecen, un territorio de recuerdos compartidos, de espejos que me ayudaron a pensarme en el medio de la tormenta.
Uno de esos espejos fuiste vos María Eugenia. Si algo tiene que agradecer mi hijo es que su padre haya conocido a personas que le dieron una mano cuando la cosa venía complicada, sin esperar nada, de puro buenas, de pura nobleza.
Eso vale para mi mucho más que cualquier eternidad.