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Hoy, en este momento, Bruselas, capital de Bélgica, está en alerta máxima luego de una serie de atentados en cadena que hasta el momento han dejado 26 muertos. Bruselas, capital de la Unión Europea, en donde hace algunos días fue detenido Salah Abdeslam, lugar que está en el medio de una línea de fuego establecida por las ¿democracias? occidentales: de aquel lado está el mal, encarnado por los fundamentalismos religiosos de corte islámico, incivilizados, bárbaros, fanáticos, irreductibles y de este lado el bien, la civilización y su pesada carga. El mundo no es tan simple, y esta división maniquea solo sirve para exasperar los ánimos y justificar nuevos asesinatos.
Hasta el 10 de diciembre nuestro país guardaba una respetable distancia de este conflicto que a todas luces EE.UU. ha declarado binario: una lucha entre el bien y el mal. Y no lo es. Hay mucha agua debajo de ese puente y los responables de la diplomacia de Argentina lo habían comprendido. Por eso no se pronunciaron nunca por el apoyo irrestricto a las hipótesis de conflicto del departamento de estado ni por la opción contraria, o sea, muerte a los infieles.
Esta equidistancia, la neutralidad activa que contenía también la búsqueda de diálogo y mediación entre las partes en conflicto nos sacó de la mira de ambos bandos, aunque los dos tuvieran ganas de meternos en el quilombo. EE.UU. no podía denunciar a un país como el nuestro que condena al terrorismo en todas sus formas (sobre todo el terrorismo de estado) y tampoco los regímenes fundamentalistas podían atacar a un país que intentaba dialogar con ellos, porque perder un posible interlocutor cuando nadie quiere hablar con vos es una verdadera pavada. Por eso y no por otra cosa estuvimos al margen del enfrentamiento, aún cuando las dos embajadas, la de EE.UU. e Israel intentaron a toda costa involucrarnos en un conflicto que no nos pertenecía y del que sólo podíamos salir perdiendo.
La actual alineación automática y genuflexa con EE.UU: y desde luego, con Israel, nos saca de ese lugar de seguridad. Todos los actos que el gobierno de Macri lleve adelante en ese sentido serán leídos como una provocación que ni siquiera es nuestra provocación, es el matón del barrio hablando por medio de su sicario más nuevo, el que tiene que pagar derecho de piso.
Sé que te puede resultar complejo entender estas cosas, cacerolo sin pasteurizar, pero el mundo está hecho de estos movimientos que definen posiciones geopolíticas y convierten a los países y pueblos en blancos no deseados. En este caso, de la mano de una administración que no tiene idea del quilombo en el que se mete al adherirse sin condiciones con un imperio en caída libre. Del quilombo en el que nos mete. Por impericia, por ignorancia, por estulticia. No es negocio tener relaciones carnales con EE.UU., ni en lo económico ni en lo geopolítico. Lo saben los socios de EE.UU. que de a poco van derivando su apoyo hacia otros lugares..
No lo sabe Macri ni su operadora diplomática, Susana Malcorra. Aunque Malcorra quizás lo sepa, porque estuvo en el medio de la rosca. Si lo sabe y sigue en la dirección que va, tiene aún más responsabilidad que su jefe (en realidad, no sabemos muy bien quién es su jefe).
Lo de Bélgica debería servirnos de advertencia. Pero, como tantas cosas, reconocer los signos de una amenaza requiere una inteligencia y una sofisticación argumentativa de la que un empresario neoliberal caprichoso y resentido carece.

