Don Jorge Mario Bergoglio sigue desparramando palabras con olor a azufre. Ahí, al fondo de tanta invocación a la virtud y las buenas costumbres, está el facón bajo el poncho: Bergoglio reclama injerencia en la "vida pública". O sea, en la política, en la cultura, en la educación, en la cama, en dónde sea. Tal como han hecho a lo largo de la historia con los resultados que tenemos a la vista.
Y parece que si no los dejamos meterse en donde no los llaman estaremos condenados al infierno (aunque ya nos habían condenado mucho antes por no creer en su burocracia trascendental).
Un ejemplo de amor al prójimo.
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