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Ya sabe cómo termina. Lo asumió verbalmente, traicionando a sus guionistas. No tiene conciencia, ni sensibilidad, ni nada que se le parezca, pero seguro, la imagen del helicóptero despegando desde la huerta del techo de la Casa Rosada lo mantiene despierto hasta la madrugada. Piensa en plazas llenas de furiosos orejones del tarro que esperan una sola oportunidad para tomar la justicia entre sus manos (es más, solo espera un "timbreo" para presentarle sus respetos como es debido). Tiene miedo, aludir a De la Rúa nos indica cagazo. Teme un final ignominioso. Y se lo merece.


