miércoles, 13 de marzo de 2013

ELLA ESPERA MALHERIDA, PROHIBIDA O SEPULTADA, A QUE VENGA EL SEÑOR TIEMPO Y LE ILUMINE OTRA VEZ EL ALMA

Me gustaría dejar de ocuparme de la ¿administración? Macri. Sería un gran placer para mi no tener motivos para criticarlo, para desmenuzar sus intenciones y ¿actos? de gobierno. Pero no parece que vaya a poder abandonar el asunto. Porque cada día tengo nuevos motivos para deplorar lo que el PRO con Macri ¿a la cabeza? está haciendo en CABA. Más que nada porque yo, que provengo de Mendoza, me vine para estos lares enamorado de la ciudad de Buenos Aires. Y el motivo central de ese amor era la cultura que fluía por todas partes, tratando de encontrar nuevas formas de expresión, renovando con fervor las manifestaciones clásicas de la música, la pintura y la danza, aventurándose en el territorio de las mixturas, acariciando con su pátina de trascendencia los muros que de otra forma serían grises y monótonos.
Recuerdo mi entusiasmo recorriendo esas librerías que uno no sabe si alguna vez cierran, en donde conviven Arturo Uslar Pietri, Ciro Alegría, Juan Filloy, Platón y Discépolo. Una ciudad que a pesar de su dureza y crueldad se preciaba de poseer un sentido estético entrenado en mil batallas. La ciudad del Instituto Di Tella, del Alvear, del Centro Cultural General San Martín, del Teatro San Martín. Teatro en donde me desayuné con enormes películas de países inesperados, aprecié obras de teatro que cambiaron la mirada que tenía sobre el género, degusté exposiciones de fotografía que mostraban lo que nunca había visto.
La antesala para ir al ciclo Jazzología ahí atrás en el Centro Cultural. Tantas y hermosas cosas.
Una cultura que (percibida como un valor agregado enorme) las administraciones sucesivas de la ciudad habían respetado y, con buen criterio, muchas veces estimulado. Porque entendían que el hervidero cultural le daba a Buenos Aires un signo característico, cuasi inimitable. Podremos discutir sobre la falta de controles, las condiciones edilicias de algunas salas o teatros, etc. Pero no sobre la preponderancia del movimiento cultural que invadía Buenos Aires buscando un lugarcito al sol o en la consideración de los espectadores.
Todo eso cambió con el PRO. La cultura en la administración Macri está mucho más que última. La única cultura que importa es la que se puede vender. Si no se puede vender y obtener rédito inmediato no vale la pena. Los espacios conquistados por los artistas son fungibles porque son "un gasto", porque ocupan predios que podrían dar lugar a buenos negocios inmobiliarios, porque a quién carajo le importa un centro cultural que tiene talleres de pintura, teatro, cine, etc. excepto a los que no pueden pagar para aprender. A quién mierda le importa.
Al PRO no. Sin duda no le interesa. Mediada por esa concepción de cultura, que además contiene la partícula elitista del asunto (si quieren cultura páguenla) el PRO arrasó con el Teatro Colón. Destruyó su arquitectura original, reventó pisos, "olvidó" el archivo histórico que se está consumiendo en el olvido en algún galpón lleno de polillas, combatió a los artistas, convirtió al programa de conciertos en una tertulia para los copetudos de Barrio Parque, etc.
De la misma forma destruyó el Teatro San Martín abandonándolo, quitándole recursos, despidiendo artistas, en fin, colocando a la cultura en el lugar en donde el PRO cree que debe estar. Ese lugar en el que la gente que vota el PRO cree que debe estar la cultura. Porque, ya lo hemos dicho, refrendar con el voto una segunda administración macrista implica aceptar y legitimar lo que el PRO arrasó durante cuatro años.
Ahí está la cultura, malherida. La efervescencia de la que hablaba algunos párrafos antes ya no se ve a simple vista. Hay que bucear un poco bastante, evadir los lugares comunes culturales que son el alimento de los carteles amarillos del PRO, salirse de los megafestivales que antes mostraban a una ciudad que latía y ahora no son más que una etapa del tourist race: el festival de jazz, el de tango, el de teatro. Apenas resiste el Bafici. La cultura ya no es una marca registrada de Buenos Aires: es apenas la bijouterie para adornar algún que otro fin de semana.
En ese contexto lo ocurrido ayer en el Centro Cultural San Martín es esperable, previsible. Las explicaciones de Macri y de su ominoso compañero de aventuras, el ministro de seguridad Guillermo Montenegro causan estupor (ya que no indignación porque más de uno dice: "¿qué artistas? vayan a laburar vagos"). El olor a infiltrado, a montaje, a operación es apabullante. Hay heridos con balas de plomo. Montenegro, como si me viera la cara de pelotudo dice que la metropolitana no usa esas armas como si no supiera de las costumbres de esa fuerza (heredadas de la federal y la bonaerense) de llevar armas apócrifas y con balas de plomo para que luego no puedan ser detectadas. Vamos Montenegro ¿por quién me toma?
¿Así que en el Teatro San Martín había bidones de nafta y bombas molotov sin usar? ¿Cómo pudieron meter esas cosas en el Teatro cuando la custodia del lugar es férrea y persistente? Explíqueme Montenegro, acláreme.
Mauricio dice que nunca vio artistas con facas y bombas molotov. Yo resumiría la cosa diciendo que nunca vio artistas (excepto que consideremos que Miguel Del Sel pertenece a esa categoría). Para las declaraciones de Macri vale lo anteriormenete dicho. ¿Cómo hicieron para meter todas esas cosas con toda la vigilancia que tienen los que toman la Sala Alberdi? Debe ser magia, según infiero.
Apuesto mi glandula pituitaria sin temor a perderla que estamos ante una operación, burda por otra parte, destinada a desalojar a los que protestan y desalentar cualquier apoyo externo.
Y a esta altura no me sorprende dadas las muestras brindadas por la administración PRO en lo que concierne a estos temas.
Lo único que deseo, que anhelo, que quiero, es que la cultura, la que aguanta, resista. Que, atrincherada en los bordes, denostada, considerada un estorbo, un manierismo inservible, no deje de respirar. Para que, cuando pasen los tiempos de la langosta, vuelva a reconquistar la calle de donde con todo y petates la han echado. Porque los tiempos de la langosta, que no le quepan dudas, pasarán. ¿Y qué harán cuando el arte ataque?
Quizás los que apoyaron con su anuencia tácita o implícita la desaparición de cualquier manifestación del espíritu que no se pudiera vender contemplarán su esfigie y verán que están desnudos. O quizás volverán a conspirar para conseguir otra década de oscuridad. Uno nunca sabe.

8 comentarios:

Daniel dijo...

Excelente. Ahí lo subí a mi blog.

Daniel dijo...

Uy Dioca, Bergoglio Papa! Patapúfete! jaja.

Cosmocosme dijo...

Ahora sí que está en problemas, Dormi. Su amigo Bergoglio es ahora el representante de Dios en la tierra.
La que le espera...

Dormidano dijo...

Daniel:
Chas gracias.

Dormidano dijo...

Cosmo y Daniel:
Va post sobre el asunto.

ram dijo...

Dormi, ante este triunfo del oscurantismo, ¿no le da por extrañarlo al ratzi?.
Y usted hablando de cultura, mínimo lo excomulga... ¿se imagina al buenito de aguer de inquisidor?, paciencia, ya llegará...

Dormidano dijo...

Ram:
¿Se imagina?
Aguer al departamento de relaciones ecuménicas.
Christian Von Wernich a derechos humanos y Julio César Grassi a promoción de la niñez. No sé si me olvido de alguien.

iris dijo...

Le faltó un carguito para Arancedo.