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miércoles, 7 de noviembre de 2012

LLUVIA Y MEO

¿Qué es lo que pensamos del 8N? No. El asunto no es simple. Mitad porque acá, en este blog, cuando ha hecho falta hemos dicho que no estábamos de acuerdo con el gobierno nacional, con voz fuerte y clara, sin tener en cuenta, perdón, teniendo en cuenta que muchos de los defensores a ultranza del gobierno nacional no convalidarían las críticas.
Entonces ¿esto quiere decir que estamos de acuerdo con el 8N? No. Pero eso no significa que, por presentar un despacho en disidencia con el 8N vamos a dejar de criticar lo que consideremos que haya que criticar del gobierno nacional. Preservamos nuestra subjetividad. Si hay un gremio en el que no militamos es el de los fanáticos. Y tampoco existe aquí ningún tipo de verticalismo ciego, enamorado de su sombra. De ninguna manera.
Y como a este blog, seguro le ocurre a muchos por ahí que no están de acuerdo con el 8N pero no convalidan todas las acciones del gobierno nacional. Y esta situación no nos coloca en el “bando” del 8N. Como no aceptamos análisis simplistas ni divisiones maniqueas, provengan de donde provinieren, deploramos esa topología cartografiada por el sentido común que secciona al mundo en dos partes, en una de las cuales habitan los buenos y en la otra, claro está, los malos.
No es tan fácil, no es tan elemental. La sociedad y sus procesos por suerte son más complejos de lo que uno puede suponer. Digo por suerte, porque esa condición de los procesos sociales hace que cualquier análisis deba revisar su propia eficacia, su evidente contingencia.
Si ni siquiera en las ciencias exactas uno más uno es dos, calculá en el ámbito de lo social en donde los múltiples elementos de análisis ni siquiera pueden ser guardados en una gaveta con el nombre de “variables” para el cómodo uso del investigador (la pretensión de un lenguaje algebraico que se aproxime a la jerga de las ciencias físicas es eso: una pretensión que reduce el campo de estudio en vez de ampliarlo teniendo en cuenta las condiciones diferenciales del campo social).
Esa topología dicotómica y antinómica distorsiona cualquier análisis, pero también toda prospección que use como referencia ese mítico mapa. Por lo dicho, porque no hay dos mitades opuestas. Hay muy otra cosa. Claro que, para advertirlo hace falta salirse del cinturón de seguridad del sentido común mediático y enfrentar los vericuetos que caracterizan al mundo de allá afuera.
No todos pueden renunciar a una taxonomía que les simplifica la mirada. Tanto se las simplifica que terminan ciegos, y si se descuidan, sordos.
Volvamos al 8N, materia que nos mantiene caminando sobre carbones encendidos.
¿En qué no estamos de acuerdo con el 8N?
En primer lugar por las cosas que están ausentes en esa protesta, por las que no se quejan y que no les mueven un pelo. A saber, los pobres que siguen existiendo, los asesinados por los sicarios a sueldo de los sojeros, la represión a los pueblos originarios, la complicidad iglesia-gobierno en muchas provincias (como Salta, por poner un sólo ejemplo), la contaminación por el uso de glifosato, la pérdida de la soberanía genética y, en breve, de la alimentaria, la creciente concentración de capitales, la cooptación de la cadena productiva por parte de multinacionales, etc. Un largo etc. Estas cosas no son del interés de los que participan en el 8N.
En segundo lugar porque protestan por cosas que a nosotros nos parecen avances y no retrocesos. Enumerarlas sería tedioso, pero como ejemplo podríamos poner la Ley de Medios y otras iniciativas por el estilo. Y ya que estamos, hablemos del dólar: resulta ser que los dolarizadictos (y cuando pienso en esos dolarizadictos pienso en tipos que la han podido guardar porque para guardar algo bastante te sobra, o algo escondés, o de algún lado salen esas rupias no tan santas) han practicado el arte de llevarse sus ganancias a otra parte alegremente, a costa de todo el resto. Porque el dinero que se fuga en forma de divisas es parte de la riqueza social que acá ya hemos mencionado hasta la náusea.
Cuando alguien, aún tímidamente, les señala ese hecho mencionan que ha sido vulnerada su libertad. Extraña libertad que consiste en la convalidación de un despojo.
Cuando hablo de dolarizadictos no pienso en el tipo que quiere viajar porque quiere viajar y guarda guita para poder viajar o en alguien que tiene un par de mangos y los convierte en dólares porque el miedo no es boludo y acá nos enseñaron a tener miedo los gurúes de los que saldrán a golpear cacerolas el 8N. No pienso en peregiles.
En tercer lugar por el racismo apenas disimulado de muchos de los que protestan (no todos, porque ya se sabe que generalizar comporta un error de dimensiones épicas, tanto como pensar que hay un bando de los buenos y otro de los malos). Porque en el fondo de muchas consignas uno advierte la descalificación del otro como un otro: los negros de los planes, los piqueteros de la AUH, los peronchos de esto, los zurdos de aquello. El otro es malo porque es otro y no piensa como yo (véase que tal argumento también sirve para frenar esa crítica al 8N que se funda en las mismas razones pero al revés. Hay que combatir con argumentos, rebatir argumentos, no descalificar al portador porque de otra forma lo único cierto es la ruptura de cualquier diálogo, o sea, la cancelación de posibles acuerdos mínimos, aunque Barone diga que somos buenoides).
En cuarto lugar porque varios de los que organizan el 8N (¿qué tiene de malo admitir que hay un esfuerzo organizativo detrás de la protesta? Nada. Pasa que, si blanquean que hay una organización y quiénes son los organizadores podrían restarse varias adhesiones porque los objetivos que tienen no son confesables) pretenden alcanzar lo que las mayorías les niegan en el voto. Y que yo sepa, en una democracia la legitimidad se obtiene mediante el voto y además, la cacareada legitimidad de ejercicio se funda en esa primera opción. Cualquier otro camino que no se parezca a ése tiene un nombre concreto y nadie puede mirar para otro lado y hacerse el boludo como perro que volteó la olla. A muchos de los 8N les encantaría que su protesta diera por resultado la caída del gobierno nacional. Cuando alguien les pregunta a boca de jarro si lo que desean es la “destitución de la yegua” dicen “-No”. ¿Entonces? “-Que nos escuchen” Bueno, se los escucha bastante. “-Pero no hacen lo que nosotros queremos” Claro, porque las opciones a las que adhieren no fueron votadas. Se hace más o menos lo que la mayoría pidió (eludamos por ahora el dilema de representar o sustituir) mediante el voto emitido. “-Entonces esto es una dictadura” No, una democracia “-Qué democracia de mierda” ¿Qué dijo? “-No nada, no dije nada”.
En quinto lugar, por la referencia maniática a la “diKtadura”. Supongo que esta gente vivió en Argentina durante la dictadura. Si es así saben que las condiciones son otras. Por ejemplo, pueden organizar el 8N, salir a la calle, golpear ollas, marchar, decir que no están de acuerdo y no les va a pasar nada de nada. Saldrán indemnes, excepto por el dolor de patas de aquellos que no están acostumbrado a caminar y de repente arremeten contra el asfalto ciudadano. Eso en dictadura no ocurre, no ocurrió. Los que salían, los que se atrevían tenían un destino muy incierto. Un destino que a los protestantes del 8N les interesó poco y nada (recordemos que, según documentos reservados del departamento de estado de EE.UU. previos al golpe del ´76 las clases acomodadas aprobaban “en silencio” el accionar de la Triple A y luego convalidaron el terrorismo de estado). No hay impedimentos para que “expresen sus opiniones” , se los escucha fuerte y claro, por suerte, porque así corresponde a una democracia. No están presos, no están amordazados. Lo que molesta, lo que jode, es que otras voces digan que su punto de vista es un punto de vista entre otros y que esa mirada no es la única legítima y posible.
Podría seguir enumerando cosas hasta limarme los dedos, pero creo que más o menos el punto ha sido establecido.
Nos reservamos el derecho a criticar al gobierno nacional pero no vamos a protestar por las cosas que el gobierno, a nuestro criterio, hace bien o intenta hacer bien. Tampoco, como cierta izquierda dogmática y antidialéctica, pretenderemos que de una agitación “revolucionaria” surja el gobierno popular como por arte de magia.
Nada de eso. Los procesos de construcción son lentos, complejos, llenos de contradicciones, avances y retrocesos. Y el que no lo entienda, que lea a Gramsci, más que nada en el punto en que el italiano habla del bloque histórico.
El otro día un objetor de esos a los que les gusta el consenso me decía que nuestras teorías generaban muertos: dos cosas, los muertos los ponemos nosotros y los asesinos están en la otra vereda. Y los muertos son asesinados por entender cómo viene la mano, por establecer una diferencia taxativa entre lluvia y meo.
Lo mismo que hacemos nosotros con el 8N. Porque una cosa es la lluvia y otra cosa, muy distinta, es el meo.