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"Bueno", me dijo de improviso, "ahora tengo otros asuntos que atender". Se incorporó sonriéndome, es decir, ensanchando esa contorsión mórbida de su boca, y acto seguido, en tanto yo acababa de guardar la libreta y el grabador en un bolsillo del saco, me preguntó: "¿Y? ¿Todavía no se sabe quién te agredió en 1993?" Lo miré, creo, con perplejidad. No supe qué decir. En el camino hacia la puerta del despacho se puso a despotricar contra el hermano de Palito Ortega, Luis, intendente de General Sarmiento. "Es un mal tipo, me tiene podrido, ya le voy a cortar la cuerda." En cualquier novela policial mediocre y de desenlaces previsibles, el autor, en un lacónico punto aparte, habría de anotar: "Meses más tarde, Luis Ortega murió en un sospechoso accidente automovilístico". Que es lo que de veras ocurrió. Pero no viene a cuento hablar de eso. Los accidentes son, precisamente, accidentes, sucesos eventuales. La muerte, en éste país, es una eventualidad, un hecho conjetural, un avatar. De pronto ¡plash!, hay gente molesta que muere en accidentes plash y deja de fastidiar.
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("El Regreso del Otro", Hernán López Echagüe, pag. 44-45, E.Planeta, Buenos Aires, octubre 2010.)
